Ser español: Amazon.es: Julián Marías: Libros¿Qué es ser español? Desde luego, si la pregunta hubiese de ser respondida hoy, ahora mismo, la respuesta podría resultar trágica. Sin embargo, en otros tiempos, “ser español”, si no “la cosa más importante que se puede ser en este mundo” (como con estúpida altanería proclamaba la propaganda del régimen político franquista, sus apologistas y corifeos), sí que fue algo verdaderamente importante, para el Mundo y para la propia . Y, de esa gloriosa importancia histórica es de la que trató de dar explicación rigurosa, y lo consiguió más que aceptablemente, aun de una forma inconexa, o dispersa, por yuxtaposición de épocas y personajes, pero dentro de una cierta conexión interna, aquel gran filósofo, que fue Julián Marías, a quien habría que llamar “hijo del sol”. Porque fue el propio Marías quien dijo en cierta ocasión, que “el sol”  -sin duda por su cegadora claridad-  era su egregio maestro, Don José Ortega y Gasset, y yo modestamente así también lo creo.

Julián Marías, no hace tanto tiempo desaparecido de entre nosotros, abordó tal tarea, la de explicar lo que significa “ser español”, en el libro que hoy ilustra este artículo, y cuyo título responde a tal propósito. Pero, el título del libro, “SER ESPAÑOL”, lleva un subtítulo que, si se amplía la imagen que arriba se ofrece, podrá leerse nítidamente: “Ideas y creencias en el mundo hispánico”. Es decir, son dos las cuestiones que este subtítulo contiene y plantea.

En primer lugar, la esencia de lo español, no sólamente se refiere a las ideas, sino también a las creencias. La distinción entre ideas y creencias -de raíz puramente orteguiana- no es fácil de explicar. Yo trataré de hacerlo, para su mejor comprensión general, con un ejemplo muy sencillo, que creo recordar empleaba el propio Ortega, y que era este: Cuando yo, antes de depositar el vaso de agua sobre la mesa, pienso que el vaso se caería, al soltarlo de mi mano, a causa de la ley de la gravedad, pero, a su vez, también estimo que, como el tablero de la mesa participa activamente del principio de impenetrabilidad de los cuerpos, no habrá problema alguno para que yo suelte el vaso, sin que éste se haga añicos y el agua que contiene se vierta sobre la alfombra o el “parquet” del salón. Ah…!, excelente solución. Ya puedo depositar el vaso de agua sobre el tablero de la mesa…

Pero, a lo que vamos: Cuando yo, antes de dejar el vaso, pienso de esta manera, es decir, razono acerca de los efectos y las causas de situar en la mesa el vaso de agua -eso- es una idea. Pero, si, en lugar de razonar nada, de un modo completamente instintivo y natural, deposito el vaso de agua sobre la mesa, entonces, esto otro, ya no es una idea, es simplemente una creencia. En consecuencia, las ideas, están asociadas a la razón, precisan de ella de un modo esencial, de tal manera que, sin raciocinio, sin juicio o discurso racional, no puede darse ninguna idea. Por el contrario, las creencias, nada tienen que ver con la razón, se basan en otro factor, residen en otra causa, más sutil aún y desde luego más poderosa. En síntesis no son racionales y, por tanto no son ideas, pero si son -siguiendo el símil del vaso de agua- mucho más vitales y prácticas. En cierto modo, entre ideas y creencias, podría mediar la misma o análoga relación a la que existe entre razón y fe, o entre ciencia y religión, o entre cálculos matemáticos y sentimientos del alma. De tal modo, el amor, la piedad o el honor, no serían ideas, sino creencias. Y dice Marías, siguiendo a su maestro Ortega, que en toda forma de vida humana, las creencias son mucho más fuertes e importantes que las ideas. Mientras “tenemos” ideas, las creencias “nos tienen” -nos sostienen-. Las ideas tan sólo tienen la función de suplir a las creencias cuando éstas faltan, han perdido vigor o entran en conflicto entre sí.

En segundo lugar, el subtítulo del referido libro de Julián Marías, no limita restrictivamente, “pueblerinamente”, las ideas y creencias de lo español a los españoles de la Península Ibérica, que no son sino una parte mínima de ellos, sino al Mundo hispánico. También, por tanto, a todos los seres humanos que constituyen ese mundo, a esos españoles del otro lado del inmenso Mar, a través del cual, un día, Tres Carabelas arribaron a un Nuevo Mundo. Todas estas personas, también son “españoles”, al margen por completo de los Estados independientes y soberanos, de los que son ciudadanos, y en los que se organizan las respectivas convivencias políticas nacionales. E incluso también, al margen de la procedencia u origen -étnico, lingüístico, religioso, cultural o de cualquier otro posible signo- de las personas que allí realizan y organizan su vida. Todos ellos, también son “españoles”, les guste o no, dentro de sus respectivas particularidades o diversidades.

Por ello, el libro de Julián Marías, que parte de la psicología del español, de Cervantes y la cervantina, para recalar, a grandes saltos si se quiere, en Jovellanos, el ilustrado; en Moratín y la unidad de Europa; en Valera y la tradición olvidada, sin olvidar tampoco las tragedias y perversiones más próximas a la destrucción de la imagen de , deliberada o miope, o ambas cosas, alcanza un punto extraordinariamente importante. Este punto es el de la Lengua española como instalación histórica, que el lector podrá encontrar en la página 287 del libro. Naturalmente, no se trata aquí de reproducir, ni siquiera de sintetizar, lo que en este crucial punto se contiene. Para ello, quiénes se interesen por ello, pueden acceder al libro. Muy en breve, sí hemos de decir que tal cuestión, la de la “instalación de la lengua”, parte de las categorías antropológicas de “instalación” y de “vector”, inseparables entre sí, de tal forma que toda instalación humana es vectorial; esto es, orientada, dirigida a algo con una u otra intensidad. Instalaciones vectoriales son las categorías, mundo, cuerpo, sexo, edad, clase… Y, por último, también la lengua. Me permito la acotación, por mi libérrima parte, de distinguir entre lengua y habla, de tal forma que, en cierta perspectiva esencial, es igual hablar en castellano, en andaluz o gallego que en argentino, mejicano, cubano, o en cualquier otro tipo de habla de entre las que se utilizan en el mundo hispánico. Y, en este sentido, la instalación de la lengua española, implica la superación del concepto, o de la valoración, de que todas las lenguas son iguales. Por supuesto que lo son, entiende Marías, pero no en cuanto lenguas y mucho menos en cuanto a instalaciones. La morada lingüística del español es dilatadísima y, con independencia del tiempo y el espacio. Esto es, del español hablado por Cervantes en el Quijote, por José Hernández en el Martín Fierro o, en lo que respecta a Méjico, por Manuel Acuña, Octavio Paz o Juan Rulfo, por no citar a Sor Juana Inés de la Cruz, la novohispana llamada “Décima Musa” o la “Fénix de América”.

La instalación de la lengua española en sus límites espaciales, contempla a más de 580 millones de seres humanos y más de una veintena de países en el mundo, que se expresan y entienden en español. Y propone Marías otra especie de ejemplo, consistente en comparar al hispanohablante con cualquier otro hombre de otras lenguas no universales, aún habladas también por millones de personas. Este último, cuando sale de su país, se encuentra en un mundo ajeno. Aquél, dispone de muchas Casas y puede venir a cuento aquello que tanto honra a nuestros hermanos colombianos, entre los cuales es frecuente decir que, cuando vienen a , “no vienen, van”. Y esto mismo podemos decir todos los demás hispanohablantes, respecto al “venir cuando vamos” a cada una de las muchas casas lingüísticas propias, fuera de nuestros respectivos países.

Por último, de tres graves peligros alerta Julián Marías, para que nunca llegue a quebrarse esta privilegiada situación lingüística del mundo hispánico: El primero, nos concierne en exclusiva a los españoles, entre los pocos en esta penosa época capaces de pensar: Creer que la lengua española es propiedad de , porque aquí estuvo la “fábrica”, ignorando que, además de la Real Academia Española, existen las correspondientes Academias de la Lengua en los diversos países de nuestra América y que la propia RAE ha aceptado infinidad de términos allí acuñados para incorporarlos a nuestro amplio acervo lingüístico. El segundo de esos peligros es, una vez más el de los particularismos lingüísticos, y más en esta hora desgarradora por la que cruza , pero también de los que puedan surgir en el resto de las Naciones que hablan en español. Y, por último, el tercero, dice Marías, -y yo le aplaudía a rabiar mientras lo leía- un grave peligro es el de caer en la tentación, dentro de ese engaño, de esa añagaza tendida y urdida por Francia (esto lo digo yo), de creer que existe una “ latinoamericana”, adjetivo este último ya de por sí inaceptable -porque eso de “América latina” es un invento francés”- y porque tal , no existe. Con independencia de los matices propios o singulares de cada país hispánico, y como es lógico y natural de Brasil por entero, la única que a nuestra América concierne es la española, como propia y común de todos los países que escriben, para crear belleza, para enseñar o, a cualquier otro fin, en español. Que Dios nos libre de todos y cada uno de estos tres terribles males.

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Nace en León (España), el día 19 de Mayo de 1936, en el seno de una familia cristiana. Pertenece por tanto a la generación que no tomó parte en la Guerra Civil española (1936-1939). Cursó estudios de Bachillerato en el Instituto Nacional Masculino de Enseñanza Media "Padre Isla", de León. Licenciado en Derecho por la Universidad de Salamanca. Ejerce la Abogacía, ante los Tribunales de Justicia, desde el año 1967, siendo en la actualidad el Letrado 9.336 del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid. Escribe Poesía, de cuyo género es autor de 9 Poemarios, todos ellos inéditos, así como Ensayo sobre temas históricos y filosóficos. Ha escrito también una novela, "El secreto para ser feliz", ambientada en la India, en la mitología hindú y el panteón hinduista, asimismo inédita.