En las primeras noches de noviembre de 1938 comenzaron a escribirse los episodios más dramáticos y crueles de la de la humanidad. Fue aquella la crónica de una muerte anunciada contra millones de judíos y sería una de las sombras más nefastas que recuerda el mundo entero.

Hoy, 79 años después, esa realidad sigue en el consciente colectivo.

La comunidad judía fue linchada de forma premeditada y sus bienes reducidos a los escombros. El silencio de las autoridades imperó. No hubo nadie para protegerlos.

Lo recuerdan como y su nombre es alusivo a la violencia que perpetraron alemanes extremistas sobre las personas y sus comercios.

También irrumpieron y destruyeron sinagogas. escuelas, hospitales y casas, fueron saqueados, destruidos y demolidos a mazazos.

La “Kristallnacht” (así se le denomina en hebreo) fue seguida por una persistente persecución política y económica a la población judía, considerada parte de la política racial de la nazi y el paso previo al inicio de la solución final y el Holocausto.

Hubo más de 30 mil detenidos que fueron llevados a los campos de concentración.

La comunidad internacional guardó silencio, nadie alzó la voz, nadie protestó, no hubo reacciones ante la brutal agresión, el silencio fue cómplice.

La indiferencia marcó la vida de millones de personas y enlutó a una cantidad similar de familias. Además, abrió el paso al desprecio, a la discriminación y la masacre. Pasaron años y nadie reaccionó.

En estos días cientos de velas se prenden en memoria de quienes defendieron su vida, sus bienes y su credo. Es el espacio apropiado para comprender que el mutismo del resto del mundo fue cómplice de tan despreciables situaciones.

Hoy nos sigue golpeando esa indiferencia, ese egoísmo, ese silencio. Y hablamos de todos los ámbitos de la vida, pues muchas personas se niegan a levantar banderas, a defender derechos y a clamar por los que menos tienen.

Pero ese silencio no es único de este episodio. La humanidad ha callado por años las injusticias, no sabemos si por miedo o apatía.

Lo cierto es que esa incapacidad de hablar ha sido el cómplice despiadado de la discriminación, el irrespeto y la intolerancia.

Muchos humanos cerraron la boca y limitaron las letras para denunciar, criticar y detener los abusos.

Hace casi ocho décadas el pueblo judío sufrió, pero también en 1994 se dio el intento de exterminio de la población tutsi por parte del gobierno hegemónico hutu de Ruanda. Y más cerca de nuestro país, los actos contra la población maya ixil en Guatemala entre otras poblaciones indígenas. La guerra en Siria llegó a sus dimensiones por la inercia del orbe. Son muchos los hechos donde la quietud social se unió con la discriminación.

Ni qué decir de los cientos de miles de personas que han fallecido a manos de los grupos terroristas, esos “exterminios” porque no tienen otra palabra, perpetrados contra civiles de ciudades estadounidenses y europeas, que han sido adjudicados a grupos radicales.

Isis acaba a cientos de seres humanos cada semana sin la menor piedad. La humanidad sigue viendo la insensibilidad de cerca. Eso es un horror.

Actualmente la indiferencia sigue goleando en la cara a niños, mujeres, discapacitados, refugiados, desplazados e indigentes. Los ojos de los pueblos se han hecho casi de piedra e invisibilizan las realidades.

Hablamos de respeto, de unión y dignidad, pero cada vez al enfrentarnos a grupos o comunidades con credos, modos de vida y pensamientos diversos, la intolerancia se convierte en el arma letal.

Y es que el principio es básico, no todos creemos, pensamos y sentimos igual. No todos vemos, oímos u olemos del mismo modo. Cada ser humano es diferente, único y especial. En esas diferencias debe radicar el respeto, pero ante todo la solidaridad.

¿Por qué la sociedad sigue empeñada en resolver por la fuerza aquello que le parece diferente?

Tal vez algún día encontremos una respuesta a tanto odio e incomprensión que la verdad pocas razones le sustentan.

Qué razón tenía Mahatma Gandhi (1869-1948), político y pensador indio, al decir: “lo más atroz de las cosas malas, de la gente mala, es el silencio de la gente buena”.