Los violentos choques entre las fuerzas policiales y los grupos judíos ortodoxos – en Nueva York como en Israel – debido al incumplimiento de normas elementales dirigidas a contener al covid-19 – suscitan en ambos lugares un justificado enojo. El considerable respeto que regularmente estos grupos han gozado a pesar del incumplimiento por su lado de normas civiles fundamentales puede trocarse en franca hostilidad.

En el caso de comprenden a algo más de un 15 por ciento de la población, que se multiplica con rapidez debido a las normas que prohíben limitar el número de hijos en las familias. A los estratos jóvenes que prevalecen en estos segmentos el virus regularmente no los afecta, o bien resultan sus efectos son mínimos. Pero cuando se trasladan de las sinagogas a sus hogares generalmente estrechos considerando la extensión de las familias, las personas mayores se convierten en sus víctimas.

El resultado: más de la mitad de los hoy afectados en por el virus pertenecen a la minoría ortodoxa. Un hecho que implica, por un lado, una sobrecarga en los hospitales que de todos modos están abrumados con los casos que se presentan diariamente, y, por otro, acentúa el resentimiento ciudadano por el lugar deliberadamente marginal que ocupan estos círculos en la economía y en la defensa del país.

En vísperas de los jubilosos días de Simhat Torá el gobierno israelí – incluyendo a las fuerzas policiales – han reiterado los llamados a las comunidades ortodoxas dirigidas a celebrar los festejos con mesura y cuidando distancias. Advertencias que hasta las últimas horas no merecen atención. La obligada renuncia del profesor y médico Moti Ravid como director del hospital Mayan Hayeshuá localizado en el barrio religioso Bnei Brak debido a sus contra líderes ortodoxos es un hecho lamentable. Revela que no pocos rabinos y políticos que adhieren a sus postulados están actuando de un modo que al final de cuentas pondrá al descubierto no sólo el incumplimiento de normas básicas de salud; también una costosa auto- marginalidad de la sociedad que les será muy difícil justificar y preservar.

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Invitado por la UNAM llegué a México desde Israel en 1968 para dictar clases en la entonces Escuela de Ciencias Políticas y Sociales ( hoy Facultad). Un año después me integré a la CEPAL con sede en México para consagrarme al estudio y orientación de asuntos latinoamericanos. En 1980 retorné a Israel para insertarme en las universidades Tel Aviv y Bar Ilán. En paralelo trabajé para la UNESCO en temas vinculados con el desarrollo científico y tecnológico de América Latina, y laboré como corresponsal de El Universal de México. En los años noventa laboré como investigador asociado en el Colegio de México. Para más amplia y actualizada información consultar Google y Wikipedia.