Todo , por definición, nos exige: voluntad, compromiso, fe, recursos, etc.
Por otro lado, su transcurso es conocido: una etapa en la que primero negamos lo ocurrido, para pasar a enfadarnos y sentir rabia al respecto, después se nos viene el mundo encima y la tristeza se vuelve el color emocional predominante para finalmente, aceptar lo ocurrido.

Pero, durante todas estas fases sufrimos y en ocasiones ese sufrimiento nos lleva a estancarnos en alguna de ellas.
Puede que nos pasemos una larga temporada negando esa ruptura que se ha producido: nos duele mirarla a la cara.
Quizás, nos resulte más sencillo enfadarnos, culpar a otros o al mundo de lo ocurrido. Por ello, nos quedamos ahí sin permitirnos llorar, estar tristes y liberar lo mal que nos sentimos por dentro.

No hay que se cure sin dolor
Puede parecer paradójico, pero es que no hay que cure sin dolor. Es necesario hundirnos en el pozo de nuestros sentimientos. Notar cómo nos dejamos caer mientras intentamos negar lo ocurrido, nos enfadamos y, posteriormente liberamos toda la tristeza que se ha instalado en nuestro interior.
Es, en esta penúltima fase en la que la desesperanza hace acto de presencia y la situación se vuelve más crítica por el peligro de abandono.
La desesperanza nos quita las ganas de todo. Nos invita a sentirnos víctimas de las circunstancias y a que vayamos en búsqueda de la depresión, la cual llamamos con nuestras acciones de manera inconsciente.
Creemos que no tenemos fuerzas para seguir adelante y salir de ese pozo en el que nos hemos sumergido.

¡Un pozo que no parece tener salida!
No obstante, todo es fruto de nuestra perspectiva, o al menos una buena parte, dado que nosotros creamos una buena parte de la realidad que así deseamos percibir.
De alguna manera si en esos momentos de dolor, este es tan profundo que creemos que no hay esperanza para nosotros, así será.
Nos hemos metido en un cuarto oscuro del que no tenemos fuerzas para salir, por ahora.
Puede que pasen semanas, incluso meses, en los que esta sensación nos mantiene atrapados. No obstante, el dolor que alimentamos terminará cesando y nos cansaremos de esa situación en la que nos hemos visto involucrados y un día nos levantaremos con ganas de salir de ese pozo de tristeza donde nuestras propias lágrimas nos estaban ahogando.

Cuando no nos queda otra opción que lidiar con lo que hemos experimentado, ponemos determinadas estrategias en práctica para evitar sentir dolor; de esa manera vamos pasando por todas y cada una de las fases del duelo, siendo unas más dolorosas que otras.
Todo por no llegar a la fase final. Esa que tanto evitamos, pero que nos liberará.
El pozo, no es tal en realidad, ¡es un túnel!, el cual debe de ser transitado y entramos en él y tenemos que salir de él.
Más, sin embargo en nuestro miedo por sentir, experimentar y aceptar lo vivido y nuestra falta de esperanzas, nos hace percibirlo como un pozo en el que todo carece de sentido.
Por eso, en ocasiones con la muerte de un familiar o la ruptura de una pareja y otros creemos que no encontraremos de nuevo la manera de sentirnos bien, de ser felices y seguir adelante.

Consideramos que después de ese final ya no habrá más obras ni más aventuras. Nos aferramos tanto a esas personas y situaciones vividas con ellas que creemos que no tenemos ninguna otra oportunidad. Más, no obstante, esto no es así.
Para comprenderlo hay que abrazar el dolor, sentirlo y, finalmente, aceptarlo para poder seguir adelante.

Si requieres apoyo para superar tu duelo, comunícate al 5552925131 en Maayán Hajaim podemos ayudarte.

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