A día de hoy, unas 40.000 personas profesan el judaísmo en España. No hay datos exactos del número que hay en , pero sí se sabe que es la comunidad judía más grande de España, formada por unas 10.000 personas. Estrella Bengio, presidenta de la Comunidad Judía de Madrid, explica a LA RAZÓN que se trata de un grupo realmente diverso, con orígenes enraizados en todo el mundo. La junta que ella preside desde diciembre de 2020 es la encargada de realizar las actividades ligadas a esta fe. Hannukah, la fiesta de la luz y de la libertad, que se celebró entre el 28 de noviembre y el 6 de diciembre, es ejemplo de ello. «Como judíos y madrileños no podemos imaginar mejor lugar que las calles de para celebrar esta fiesta tan importante para nosotros», apunta Bengio.

Asimismo, realizan actividades orientadas al diálogo interreligioso, en comunión con otras religiones presentes en la Comunidad de Madrid, como es el caso del Día de la Fraternidad, que se celebraba la pasada semana. «También es muy importante para nosotros el Día de la Memoria del Holocausto», señala. «Este año se han unido nueve ayuntamientos de la Comunidad, y la Asamblea de ha sido pionera en conmemorar este día en el que se promueven valores esenciales como la tolerancia y la justicia», explica.

Visita guiada a la Sinagoga de la calle Balmes en Madrid, la discreta casa de los judios en la capital.

Visita guiada a la Sinagoga de la calle Balmes en Madrid, la discreta casa de los judios en la capital. FOTO: ALBERTO R. ROLDÁN LA RAZÓN

En se encuentra, de hecho, la sinagoga Beth Yaacov, un punto de encuentro tanto para los judíos de como para los que llegan de cualquier lugar del mundo. Sin embargo, Madrid –y España en general– no han sido siempre el crisol de religiones y culturas que hoy tiene la oportunidad de volver a ser. Y esta sinagoga, y los objetos que guarda en el museo de su centro cultural, son testigos de ello. «En 1492, los Reyes Católicos ordenaron la expulsión de los judíos de España, dando dos opciones: o marcharse o convertirse al cristianismo», explica Victoria Atlas, guía oficial de la sinagoga. Para ella, es muy importante recordar esto porque, a pesar de la expulsión, «España nunca perderá sus raíces judías», que se vuelven fundamentales «para comprender lo que es nuestra cultura». Los ejemplos hablan por sí solos: «Figuras como san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús… son personajes que presentan una raíz hebrea aunque sea inconsciente», apunta Atlas, quien asevera que «la convivencia durante siglos en España de judíos, cristianos y musulmanes dio lugar a una cultura que era la luz de Europa».

Una patria a la que volver

En 1492, los judíos que se aferran a su fe salen de España y pasan a conocerse como sefardíes. «Ese año se trunca el hilo más largo de la vida hebrea en un lugar», explica Atlas. Y es que, incluso de la tierra hebrea «hablamos de 1.000 años de presencia como mucho». En cambio, en España, dependiendo de la fuente a la que acudamos podemos estar hablando de presencia hebrea «como poco del siglo I de la era común, a la par que los romanos», relata la experta. «Esto lo indican los hallazgos arqueológicos, pero también, si nos remontamos a los textos bíblicos podemos hablar, incluso, del siglo IV antes de Cristo, ya que la profecía de Abdías habla de ‘nuestros hermanos de Jerusalén afincados en Sefarad, topónimo bíblico para referirse a la Península Ibérica». Pero, incluso, siguiendo las explicaciones de Atlas, podemos remontarnos a la construcción del Templo de Salomón, cuando hebreos y fenicios llegaron en busca de plata y otros materiales para su construcción.

«Esto explica el tremendo drama que supuso para el pueblo hebreo tener que dejar sus raíces», dice, y añade que «los sefardíes abandonan su patria, pero se la llevan en el alma». En 1834, con la abolición de Inquisición en España, se empiezan a poner en marcha algunos mecanismos que permiten la vuelta de los judíos. «En primer lugar, por el telégrafo, y en segundo lugar, a través de la necesidad de modernización y de traer tecnologías como el ferrocarril de otros lugares de Europa, abriendo así la puerta a profesionales judíos», apunta.

Además, Atlas relata una curiosa anécdota. «En 1904, Ángel Pulido, un médico español, visita a su hijo, que estudiaba medicina en Viena. En un crucero por el Danubio, escuchó a una pareja ‘hablando el español del Quijote’, y no pudo evitar acercarse a ellos para preguntarles si eran españoles. Ellos respondieron que nunca habían estado en España, sino que eran descendientes de aquellos que habían sido expulsados 400 años antes». Fue en aquel instante en el que Ángel Pulido se hizo consciente de que había cientos de miles de personas por el imperio Austro-Húngaro que seguían hablando aquel castellano de cuando habían sido expulsados de la que era su patria, por lo que, desde aquel momento, se convirtió en un auténtico abanderado de la causa sefardí y del derecho que tenían de volver a España. «Es un derecho porque es una identidad española, hasta tal punto que descubre que el documento del matrimonio que se firma en una boda judía sigue rezando: ‘Según la ley de Moisés, la tradición del pueblo de Israel y las costumbres de nuestros padres de Castilla’», añade Atlas.

Muro con nombres de de víctimas del Holocausto en la sinagoga Beth Yaakov de Madrid
Muro con nombres de de víctimas del Holocausto en la sinagoga Beth Yaakov de  FOTO: ALBERTO R. ROLDÁN LA RAZÓN

No fue hasta 1917 que se consigue abrir la primera sinagoga hebrea en la calle Príncipe de Madrid, casi 500 años después. «Ya no existe, pero hay una placa que la recuerda», dice. Se funda así la primera comunidad judía de Madrid, y será Primo de Rivera quien, en 1923, legisla el derecho de la naturalización de los sefardíes como españoles. «Pensamos que fue en 2015 cuando se puso en marcha la ley que les otorgaba la nacionalidad española a los sefardíes descendientes de los expulsados en 1492», explica Atlas, «pero realmente esta ley es una réplica de la de Primo de Rivera».

Durante la Guerra Civil se desintegra la comunidad judía de Madrid. La que hoy acoge a la comunidad judía se encuentra en la calle Balmes, 3, y se alza sobre una piedra angular traída desde el mismo templo de Jerusalén. «Es un auténtico milagro», dice Atlas, «porque Franco autoriza su construcción justo un año después de la Guerra de los Seis Días, y con ella se cierra este periodo de expulsión del pueblo hebreo de una patria de la que se ha enorgullecido tanto que, a lo largo de los siglos, ha conservado su lengua y sus costumbres a pesar de estar en el exilio»