Diario Judío México - La reciente contienda presidencial en se desarrolló en medio de una grave crisis de representatividad política entre ciudadanos y gobierno. La democracia representativa, recordemos, es caracterizada como una forma de gobierno fundamentada en la opinión propia del demos sobre la res publica. Y la opinión, dice Sartori, es “doxa, no es epistème, no es saber y ciencia, es simplemente un ‘parecer’, una opinión subjetiva para la cual no se requiere una prueba” (2017: 76). Luego, la opinión es cosa maleable y frágil, susceptible al cambio dentro de los constantes y diversos flujos de información en una sociedad.

El sexenio del presidente Enrique Peña Nieto se ha caracterizado por numerosos agravios políticos en todos los niveles de gobierno, por la implementación de múltiples políticas de seguridad fallidas que han dejado al país sumido en la violencia, y por la desconfianza y el descontento generalizado hacia el sistema político nacional, rasgos que estuvieron latentes en la sociedad mexicana durante el actual periodo de elección presidencial. Según el último Latinobarómetro (2017), prestigiosa encuesta de opinión que analiza 20.000 entrevistas realizadas en 18 países, la mayoría de los mexicanos dijo no creer en la democracia del país, mientras que el 90% juzgó que solo se gobierna para los intereses de unos cuantos grupos poderosos.

En este escenario, fue complicado para los candidatos a la presidencia poder construir un discurso que lograra generar credibilidad entre los votantes mexicanos. El discurso lopezobradorista, sin embargo, parece haber sido el único capaz de recuperar, en gran medida, la confianza del electorado a nivel nacional. Conviene, por lo tanto, analizar algunas posibles causas que hay detrás de la eficacia del discurso político del candidato Andrés Manuel López Obrador.

Son tres los tipos de argumentos persuasivos, nos dice Aristóteles en su Retórica, que debe considerar el que intenta, por medio del discurso, convencer. A saber, los que atienden el logos del discurso, es decir, los tipos de razonamiento lógico; los que radican en el ethos del orador, esto es, aquellos que se fundamentan en la condición moral del que emite el mensaje; y, por último, los que se ocupan de valorar los sentimientos (pathos) del oyente para poder situarlo en cierto estado de ánimo (2013: 87). La retórica, no olvidemos, es instrumento fundamental del quehacer político, pues es considerada como el arte de la persuasión, y como tal, se sirve de los medios de comunicación disponibles en la sociedad para lograr sus fines.

Las nuevas herramientas de comunicación han transformado la manera de hacer política en la actualidad. El paradigma de la política contemporánea es la llamada “video-política”, entendida como la incidencia predominante de la imagen en los procesos políticos. En esta, más que transmitir mensajes, nos dice Sartori, el vídeo-líder es el mensaje (2017: 116). Las ideas, los conceptos y el discurso razonado, por lo tanto, son opacados en la actualidad, la mayor de las veces, por el peso visible de la imagen. Y los mensajes de la imagen, captados a través de los sentidos, producen mayor efecto en los sentimientos del espectador.

Para lograr un mejor entendimiento de cómo los mensajes llegan a incidir en las opiniones del público, es necesario conocer, lo más posible, los rasgos culturales del destinatario que, en este caso, es el mexicano. Para tal propósito, nos serviremos de las reflexiones expuestas por Octavio Paz en su magnífico ensayo El laberinto de la soledad, texto donde trata de comprender la esencia de la individualidad mexicana. Según las reflexiones del autor, el mexicano es un ser hermético, lleno de contradicciones y de gran sensibilidad; asimismo, sus relaciones se caracterizan por un gran recelo, ya que “cada vez que […] se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se ‘abre’, abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega” (2000: 33). Este miedo de confiar en el prójimo, de abrirse frente al exterior, alimenta su profundo sentimiento de soledad.

En este sentido, la polémica invitación del que fuera candidato republicano a la presidencia estadounidense, Donald Trump, a Los Pinos por parte de la actual administración en 2016, ilustró de manera clara el profundo recelo que guardan los mexicanos en relación con el prójimo y el exterior. Con la justificación de buscar el diálogo con los homólogos del norte para generar mayor certidumbre en ciertos temas económicos y diplomáticos, el actual gobierno, al parecer, cometió la equivocación de “abrirse”, de confiar en el otro, pues la visita de Trump, en territorio nacional, hizo que los temores de los mexicanos se convirtieran en realidad al ser espectadores de las ofensas y la actitud de altanería manifestadas por el ahora presidente de los Estados Unidos. La consecuencia de esta precipitada reunión, como sabemos, fue una crisis diplomática que derivó en la renuncia del Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, una semana después.

Siguiendo las reflexiones de Paz, todo el complejo grupo de actitudes que conforman el carácter del mexicano se puede reducir a lo que él llama “moral del siervo”, entendida “por oposición no solamente a la ‘moral del señor’, sino a la moral moderna, proletaria o burguesa” (77-78). Es decir, una conducta que presenta rasgos de gente dominada, consecuencia de nuestra historia. En el silgo dieciséis, nos cuenta Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo, “algunos teólogos de la iglesia católica legitimaban la conquista de América en nombre del derecho a la comunicación. Jus communicationis: los conquistadores hablaban, los indios escuchaban” (2009: 279). Heredero de este sistema, el mexicano está más acostumbrado al monólogo del poder que al diálogo, de ahí su actitud de resignación y escepticismo ante el poder.

La visible falta de indignación en ante la crisis social, económica, política y de seguridad en el país, que se traduzca en movimientos y protestas semejantes a las que han tenido lugar en diferentes partes del mundo, como Movimiento 15-M, Nuit Debout, Occupy Wall Street, entre otros, evidencía esta conducta servil del mexicano, pues como afirma el filósofo griego, las personas de espíritu servil no son fáciles a la indignación, porque no existe nada de que ellos piensen ser dignos (159). La “moral del siervo”, por lo tanto, sigue siendo una característica válida para expresar, en la actualidad, el carácter de una gran parte de la población mexicana.

De lo susodicho, se puede comprender la disposición de ánimo de los oyentes durante el proceso electoral, pues las emociones, desde una perspectiva constructivista, teoría que considera al ser humano como constructor activo del conocimiento de la realidad por medio de sus experiencias, son una construcción social que vienen determinadas por el sistema de creencias y valores culturales. Por lo tanto, ante la compleja situación política y social que hemos descrito anteriormente, y con base en los rasgos culturales del mexicano, podemos inferir que gran parte del electorado tenía razones válidas para sentirse iracundo y avergonzado hacia la mayoría de la clase política durante el periodo de las campañas electorales del presente año.

La ira, nos dice Aristóteles, “es un impulso, acompañado de tristeza, a dar un castigo manifiesto por un manifiesto desprecio de algo que toca a uno mismo o a alguno de los suyos, lo cual no era correcto despreciar” (138). El desprecio, además de generar ira, provoca deshonra, y esta, nos dice el filósofo, causa un sentimiento de vergüenza en el que la padece (152). La ira y la vergüenza, por tanto, parecen ser el resultado de que los mexicanos hayan renunciado a su soledad para abrirse al otro, es decir, de haber entregado su confianza para luego, verla continuamente ultrajada por aquellos que no tenían motivo alguno para despreciarla y así, convertir a los gobernados en objeto de injusticia y oprobio.

Por otro lado, de que el orador sea digno de crédito, nos dice el Estagirita, son tres las causas, a saber: la prudencia, la virtud y la benevolencia (138). Es necesario, por lo tanto, que el que intenta persuadir, se muestre poseedor de un carácter virtuoso y se encuentre dispuesto de ánimo para con los oyentes. En este contexto, creemos que López Obrador fue capaz de construir, mediante su discurso, una imagen que respondía adecuadamente a los sentimientos del electorado mexicano. Al respecto, los historiadores Curiel y Argote, señalan tres elementos discursivos con los que el candidato por la coalición Juntos Haremos

Historia fue construyendo su imagen a lo largo de los años. Estos son, la reiteración de una mafia del poder, el fomento del héroe y la invención del mesías (PortalPolítico.tv, 2018).

El primer elemento discursivo, la reiteración de una mafia del poder, respondió a la necesidad de señalar y delimitar al responsable de una gran parte de las adversidades e injusticias de las que han sido víctimas los mexicanos. En su libro El futuro es nuestro.

Historia de la izquierda en , el historiador Carlos Illades, señala que una diferencia

importante entre las nuevas izquierdas y la narrativa lopezobradorista es la concepción del

conflicto y la dinámica del cambio social: “para el tabasqueño la fuente del conflicto no surge en la sociedad misma —el antagonismo entre las clases— sino entre el pueblo y un Estado secuestrado por una minoría corrupta” (citado de Nexos, 2017).

El segundo elemento discursivo, el fomento del héroe, respondió al sentimiento de ira y de vergüenza que devino por el desprecio y la falta de consideración que ha mostrado el régimen hacia una gran parte de los ciudadanos. Pues su discurso abogó impetuosamente por la dignidad de esta gran mayoría de la población que ha sido relegada y abandonada: “Por el bien de todos, primero los pobres”. Además, como único candidato de izquierda, su discurso versó sobre la defensa de la soberanía y dignidad nacional ante los intereses ajenos. Y en este sentido, se presentó como el único candidato con la ambición y legitimidad de continuar la lucha que nos han heredado nuestros héroes patrios.

El tercer elemento discursivo, la invención del mesías, respondió a la creencia de que se hará justicia respecto a la conducta desaforada de aquellos que han ostentado el poder en el país durante los últimos años. Al ser pueblo católico, el mexicano guarda la esperanza de que la divinidad acuda en ayuda de los oprimidos, es decir, de quienes han sido objeto de injusticias inmerecidas. Gracias a que López Obrador supo mostrarse cercano al pueblo mexicano, esto es, como alguien semejante a aquellos que sufren las desgracias, su discurso se distinguió del resto al mostrar auténtica compasión para con la mayoría del electorado. Este elemento discursivo, por lo tanto, ayudó a infundir valor en los oyentes, pues este, como dice Aristóteles, promueve la esperanza de que las cosas salvadoras se encuentran cerca (150).

En conclusión, podemos afirmar que la eficacia del discurso lopezobradorista consistió en la habilidad de construir, a través de elementos discursivos del fomento al héroe, de la invención del mesías y de la reiteración de una mafia del poder, una imagen de un candidato honesto y justo, pues la compasión y la indignación, sabemos, son virtudes

propias de un carácter noble. Y así, lograr mover los sentimientos de ira y de vergüenza de gran parte del electorado mexicano, para luego mitigarlos inspirando sentimientos de valor y esperanza en cuanto a la restauración de la dignidad nacional y a un cambio posible en la manera de ejercer el poder en .

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(Ciudad de México, 1992). Licenciado en Comunicación por la Universidad de las Américas Puebla (con Mención Honorífica). Colaboró en el área de investigación del programa de televisión “El Interrogatorio”. Ha sido profesor universitario de Teorías de la Comunicación. Actualmente labora como consultor de comunicación y está en proceso de comenzar un posgrado en Sociología.