¿Cuál fue el objetivo del proyecto sionista? Normalizar las condiciones (políticas, de producción, culturales, etc.) del pueblo judío. Lo que siempre reclamamos los sionistas convencidos, es que los judíos tenemos derecho de aspirar a la autodeterminación nacional como cualquier otro pueblo en el mundo. Y lo conseguimos. Hace poco tiempo festejamos con orgullo los setenta años de independencia. Somos, dice el discurso oficial, una nación que creció, se desarrolló y llegó a una etapa de madurez... perdón, pero aquí tal vez hay una equivocación. La nación creció, se desarrolló y debió haber llegado a una etapa de madurez, la cual, a mi entender, no logramos alcanzar. ¿De dónde proviene esta precariedad de la identidad judía e israelí que se revela y se expande en el último tiempo? Como si fuéramos niños aún, luchamos por la aceptación y el reconocimiento de los demás, como si dentro de nosotros permaneciera la certeza de que, de no recibirlo, extraviaríamos nuestra identidad. ¿De dónde viene, después de tantos logros esta incertidumbre de quiénes somos y qué merecemos?

En condiciones de plena soberanía, nos ha invadido la percepción histórica de ser un pueblo desvalido y perseguido. Pareciera que nos ha sacudido el trastorno narcisista. Desde esta perspectiva, todos deberían anteponer nuestras necesidades a las de ellos; por otro lado, nos comportamos indiferentes a las necesidades y derechos del prójimo al cual no vemos como una persona única sino que consideramos su valor sólo en función de la utilidad que puede prestar a nuestros objetivos. Si se nos confronta nos enfurecemos, pues el trastorno narcisista no nos permite asumirnos en contra de la idealizacion que tenemos de nosotros mismos.

En función de estos parámetros –que recalco, no son propios del pueblo judío sino específicamente de la línea oficial del gobierno israelí actual y de las corrientes de Hasbará que lo sustentan- el mundo no tiene otras consideraciones más que nuestro destino. Y desde ahí, las conclusiones son contundentes: el héroe Messi nos ha traicionado.

Cuando la frágil identidad judía busca refuerzos por doquier, no hay otra opción mas que transformarnos en el ombligo del mundo. Todos los factores internacionales toman decisiones y se posicionan en función de su odio o amor a los judíos. La selección viene a Israel, y por tanto, se planea, llevémosla a jugar a Jerusalén, utilicemos el evento deportivo para reforzar nuestra endeble identidad, y llevemos a Leo Messi a besar el Muro de los Lamentos. Lo que necesitamos es una imagen triunfalista, avasalladora, que ponga en relieve nuestro orgullo nacional, porque de no ser así, el mensaje quedará ambiguo, y nuestro debilitado. Jerusalén es nuestra y sin ese reconocimiento nos quedamos vacíos, desolados.

Pero la selección de se negó a ser un instrumento en este juego. Y si no nos quieren ser útiles, entonces nos odian. No sólo los jugadores, nos odia Argentina, nos odia Messi. No Messi el hombre sino Messi el símbolo. Bajo este trastorno narcisista, el que no es útil a la idealización que tenemos de nosotros mismos, merece nuestro desprecio. Circulan artículos y comentarios en las redes que remarcan que, aquel que no es cómplice de nuestros intereses, nos detesta o simplemente es sujeto de una vulgar cobardía. Artículos se escriben para recordar las históricas afrentas de la nación contra el pueblo judío. El evento reciente es, según esta narrativa, la culminación de una crónica previamente anunciada. El terror ha triunfado, nos dicen, después de que el gobierno israeli se ha enorgullecido de vencer con astucia al terror. "Messi cobarde, argentinos antisemitas." Si nosotros no somos el centro de la historia, entonces ¿cuál es el sentido de la historia?

Es probable, que la selección haya tenido sus propias consideraciones, que desde un principio el juego en esta fecha, a menos de una semana del mundial, no haya sido del todo cómodo para ellos, que a pesar de todo hayan aceptado jugarlo en las condiciones en las que se fijó en un principio, y que tras la controversial politización del partido al trasladarlo a Jerusalén, hayan preferido bajarse del carro. ¿Podrá ser que en ese momento pensaron en lo que era mas conveniente para ellos, como deportistas, como selección, y no en la metahistoria del pueblo judío y su eterno vínculo con Jerusalén? ¿Sería muy descabellado pensar que no todo el mundo se despierta todas las mañanas pensando cómo puedo serle útil al nacionalismo judío del siglo XXI?

Esta lamentable visión de las cosas es, a mi parecer, producto de una ola de ultranacionalismo que se abalanza sobre el pueblo judío (aunque no solamente) y que orquesta de manera eficiente, desde la tarima, el gobierno actual de Israel. Pero no sólo eso, lo lamentable también es que consigue echar raíces alimentándose de la precariedad y la debilidad de la identidad judía, de todos aquellos que sin este tipo de experiencias, viven una identidad judía endeble y vacía de contenido. Al igual que los narcisistas, si alguien nos hace sombra o nos indica que no somos su centro, debemos socavar su prestigio y reputación. ¿O acaso hay alguien más importante que nosotros?

Por último, a raíz de los recientes acontecimientos, muchos blogueros y autores de artículos se encargaron de trazar la histórica trayectoria antisemita de Argentina. Muchos aprovecharon para mencionar el trágico y aberrante atentado de la AMIA que sigue sin ser resuelto, así como la recepción en de criminales nazis durante los años posteriores a la segunda guerra mundial. Menos mención se hizo de la desaparición y el asesinato de miles de judíos argentinos en manos de la dictadura de fines de los años setenta. Y menos aún se mencionó, dicho sea de paso, el respaldo militar que ese gobierno dictatorial y antisemita recibió del gobierno de Israel. Pero para qué mencionarlo. ¿Acaso es útil para reforzar nuestro orgullo nacional?

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