La traducción es un componente esencial en mi vida. He traducido obras clásicas y contemporáneas, en algunas ocasiones del español al inglés, en otras viceversa, o del yiddish al español, del español al hebreo, etc.

He traducido también del o al spanglish. Y a veces lo he hecho de lenguas que no conozco, como el árabe, el ruso y el chino. Este componente existencial—la traducción—vine del ambiente políglota en el que me eduqué. Y de la decisión de emigrar no solamente a otros países sino a otras lenguas.

Mis propias obras se han traducido a muchos idiomas. En ocasiones, yo mismo he hecho las traducciones, aunque prefiere que otros las hagan porque traducirse a si mismo es un riesgo con desafíos múltiples. Es más fácil para mí traducir a Shakespeare o a Cervantes que traducirme a mi mismo.

Uno de mis momentos más felices, en lo que compete a la traducción, es la versión que hace poco hizo Beruriah Wiegand al yiddish de mi libro La desaparición y que publicó Beit Leyvik en Tel-Aviv. Por razones históricas y mercantiles, son pocas—muy pocas—las traducciones que se hacen al yiddish en la actualidad. Por ejemplo, hay muy pocos lectores que pueden leerlas. El libro está formado de un cuento largo, “Morirse está en hebreo”, y dos cuentos cortos, “La desaparición” y “Xerox Man”. Cada uno ha tenido una vida rica: han sido adaptados al cine, al radio, al teatro y demás. Escribí los originales en un caso en español, en otro en inglés, y en el tercero en español y en inglés (pero no en spanglish). No sé en qué lengua se sienten mejor.
La traducción de Wiegand es estupenda. Puesto que el yiddish es la lengua que ocupa el lugar más profundo de mi ser, siento, al leer esa traducción, que mis cuentos están a salvo.

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