Sociales por excelencia

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Sociales por excelencia

La existencia de cualquier especie viva es producto de al menos un macho y una hembra de su especie. En el mundo vegetal existen variedades de ejemplos que una sola planta contiene su lado macho y hembra en la misma planta, pero para fertilizar debe aunar esas partes en algún lugar de su cuerpo o incluso fuera de él. De todos modos, es imperante que antes de ser uno, haya sido más de uno. Y para que estos existan, sea una especie macho y hembra o sean dos especies, fue necesario el mismo proceso.
En el reino animal también podemos observar que para la existencia de cualquiera de ellos es necesaria la gestación proveniente de dos partes, una macho y otra hembra. En algunos casos, como el tan cariñoso caballito de mar, vemos que el que gesta la mayor cantidad de tiempo es el macho.

En el caso del ser humano sucede lo mismo. Es imprescindible la unión de un hombre y una mujer para que sea la mujer la que quede preñada y así dar a luz a otro ser humano. Nada influye en la intención ni en los pensamientos, sino que si una mujer se junta sexualmente con un hombre, las posibilidades de embarazo son muy altas.
Como consecuencia de esto, deducimos que desde el nacimiento somos seres sociales que nos relacionamos con seres de nuestra misma especie para la reproducción.
Las plantas carecen de esa conciencia y por eso pueden adaptarse a la soledad, pero no se adaptan a no reproducirse, pues ya que así fue como nacieron, resulta que en la genética tienen ese dato como supervivencia. De manera tal que continúan reproduciéndoce desde que el mundo existe y por siempre.

Los animales, que también carecen de conciencia, ellos tienen algo más fuerte que es el instinto. No es que ellos saben, sino que en su ser interno cerebral traen ese “chip” de reproducción, mas no de familia. La importancia entre ellos radica más en las manadas que en la familia y el parentesco. Buscan a sus madres para alimentarse por instinto y no por amor. De tal manera que una vez alimentados se alejan y comienzan la búsqueda de sus propias presas o escapar de otros depredadores. Incluso hemos visto que muchas veces hay madres en el reino animal que para alimentarse se comen a sus propias crías. Eso no es ni canibalismo ni falta de amor, pues no pueden tener carencia de algo inexistente en ellos. Nosotros, como humanos, tendemos a ver todo de una manera morfológica encontrando comportamientos humanos en casi todo. Tal es así que al ver una mancha o una nube, es muy probable que nuestra mente nos haga ver un rostro. Pero no por eso debemos afirmar que eso es verdad, sino que nuestra mente trabaja de esa manera para solidarizarnos con nuestro entorno, ya que somos la única especie viva que usa el sentido de la razón y la lógica. Los animales que comen a sus crías usan su instinto de supervivencia y también así es como en muchos casos logran proveerse de las vitaminas necesarias para lograr reproducirse nuevamente, salvarse de depredadores y cazar a sus presas.


Los seres humanos, al ser que usamos la razón desde cierta edad en adelante, o que al menos tenemos esa posibilidad de usarla, entendemos que nuestros hijos harán lo mismo que nosotros, y que nosotros hemos hecho lo mismo que nuestros padres, que es proteger la especie, perpetuarla, cuidarla y continuar la reproducción. A diferencia de los demás seres vivos, nosotros buscamos, no solamente al sexo opuesto para tal fin, sino también al que más nos convenga a nosotros y a nuestros futuros hijos, dado que también buscamos cómo educarlos de la mejor manera.
Esto sucede incluso cuando tenemos una pareja con la cual no deseamos tener hijos, pues también pertenecemos al reino de los seres vivos que nos manejamos por instinto, aunque debe preponderar la razón. Buscamos a la mejor persona, según nuestras conveniencias, para tener hijos aunque no los deseemos. Pretendemos que sea un buen ejemplo para ellos, aun siendo estériles. Eso es el instinto.

Al final, somos seres que nacimos por medio de dos partes, es decir una sociedad, para lograr ser más de dos y tener un hijo aunque no lo deseemos. Es decir que en nuestro instinto está eso de perpetrar y agrandar la sociedad. Y ese hijo que tengamos, sabemos que será una parte fundamental que, al unirse a alguien de sexo opuesto sexualmente, tendrá más hijos. Todo eso está en nuestro instinto aun cuando estemos operados para no tenerlos, aun seamos estériles, aun nuestra pareja no sea del sexo opuesto.
En resumen, somos seres sociales por excelencia y no hay manera de escaparse de esa ley biológica. La única manera sería existir sin haber sido gestado por nadie ni ovulado por nadie. Mientras existan factores sociales que hayan logrado que nuestra existencia sea una realidad, siempre seremos seres sociales por naturaleza, por instinto.

Todo esto fue a modo de prólogo para explicar por qué deseamos tanto estar con alguien, por qué nos duele la soledad. Nos duele la soledad porque tendemos a creer que seremos el último escalafón de una historia milenaria hasta nuestra existencia. Y nos duele aun si no quisiéramos tener hijos, eso es instinto. Y nos duele aun ya no tengamos edad para reproducirnos. Nos sentimos señalados por una sociedad. Sentimos que nos señalan con miradas de enojo por ser culpables de acabar con una cadena milenaria. No, no es que lo pensamos ni siquiera en el subconsciente, sino que eso es parte de nuestra genética.
Claro está que no siempre es así. Hay muchas personas que prefieren la soledad aun no hayan tenido hijos. Esas personas, generalmente no viven alegres y felices. Si ya han tenido hijos y desean la soledad, es más comprensible, pues han cumplido una misión genética que no está ni en el subconsciente, sino en la naturaleza como humanos. Tal vez sea por eso que en las parejas homoparentales, al principio se ve mucha brillantez y generalmente terminan deprimidos, al menos una de las partes. Pues como humanos, al ser que somos seres sociales por naturaleza, y al ser que de las leyes naturales es imposible la evasión, se cae en ese flagelo.
Que quede claro que no estoy hablando de amor, sino del sentido natural de la reproducción genética por instinto biológico innegable.

Entonces, cuando estamos con alguien, generalmente del sexo opuesto, nos sentimos realizados, y cuando ese alguien ya nos deja por gusto o por muerte, nos sentimos dolidos. Y tendemos a buscar otra persona que nos cubra esa necesidad. Reitero: aun si no pensamos en engendrar más hijos, aunque no hayamos tenido ni uno, porque del instinto natural biológico no se puede escapar ya que así fue como hemos nacido.

Cuando esa persona querida nos deja, nuestra decepción y tristeza es por creer que ya no somos útiles para ser lo que somos: humanos. Pues ¿qué finalidad tiene vivir sin tener sentido en nuestra naturaleza genética? No, eso tampoco lo pensamos, ni siquiera lo sentimos, tampoco está en el subconsciente, sino que está en nuestra ontología genética, en nuestro chip del ADN, en nuestro código natural.
Si nos ponemos a pensar nos daremos cuenta que nosotros seguimos siendo lo mismo que éramos antes incluso de conocer a esa persona que ya no está. Y, dadas las experiencias adquiridas, probablemente seamos mejores, más sabios.
Si nos salimos del cuadro del ‘yo’ que nos inunda y nos impide vernos desde la realidad sin ser juez y parte de nosotros mismos, entenderemos que la realidad no ha sido modificada, sino más bien ha sido mejorada en miles de millones de potencias elevadas. Sabremos que ahora somos miles de millones de veces mejores. Entonces, si es que aún continuamos en la búsqueda de una pareja, no debemos hundirnos en el capricho de buscar a alguien, ni parecido al que se fue, ni parecido a lo que buscábamos cuando lo encontramos, ni siquiera parecido a lo que deseábamos en aquel entonces, pues ese que antes deseaba no es este mismo que ahora desea. El que antes deseaba era mucho más inexperto que el de ahora, que es ya todo un académico y letrado en las artes del encuentro.
Nuestro valor se ha elevado, se ha potencializado en demasía comparado a ese mismo ser que éramos hace algún tiempo.
Y esto no es solamente cuando esa persona nos deja, sino que más fuerte aún es cuando todavía está.
Y para que una pareja esté acorde, se amen y puedan lograr al menos una convivencia armoniosa entre ellos, ambos deben pensar de igual manera en ese sentido: que cada uno se está elevando gracias a los conocimientos y experiencias adquiridas por estar con esa persona.

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Acerca de Rob Dagán

Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.

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