Diario Judío México -

“Cuando mis padres, Kurt y Lore, mi abuelita, mi hermana Ruth y yo salimos de Frankfurt, Alemania, en 1936, dejamos atrás no sólo un régimen racista contra los judíos, que después se amplió contra los gitanos y se volvió genocida y criminal, sino propiedades y pertenencias familiares. Mi padre supo prever la situación que vivirían los judíos en Alemania y tomó la decisión de salirnos trayendo con nosotros sólo lo entrañable”, afirma el doctor Rodolfo Stavenhagen, profesor investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores (SIN) y del Colegio de , Premio Nacional de Ciencias y Artes 1997, autor de 20 libros y más de 300 artículos traducidos y publicados en varias partes del mundo, quien, a su edad, tiene tras de sí, un bagaje académico, cultural y humanístico envidiable. Este sociólogo y activista defensor de los derechos fundamentales de las etnias, con premios y reconocimientos en más de 14 países, escribió en su tesis, bajo el título Los Derechos de los Pueblos Indígenas, “que el siglo XXI será una oportunidad para que consoliden su presencia visual y activa en los procesos sociales y políticos contemporáneos y logren, definitivamente, obtener derechos humanos que durante tanto tiempo les fueron sustraídos”.

Entrevistado en su casa, en esta ciudad de Cuernavaca, él mismo sale al patio a recibirnos, al fotógrafo Roberto Sánchez y a mí. Con licenciatura en Harvard, maestría en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, título de Bachelor of Arts en la de Chicago, doctorado en la Universidad de París, Dos Honoris Causa obtenidos en las universidades de Noruega y Holanda, se siente orgulloso de haber sido nombrado “Anciano Honorario” de la Tribu Endorois, en Kenia.

Sencillo, afable, siempre con la sonrisa a flor de piel, Ni sus lentes -que jamás abandona- logran ocultar su mirada inteligente y la pasión que aflora cuando habla de cultura, justicia y reconocimiento a la labor que iniciaron sus padres cuando, tras obtener su visa mexicana, luego de un periplo de cuatro años por varios países europeos huyendo del horror nazi y casi recién llegados a la Ciudad de , en 1940, su madre compró, dos o tres años después, una escultura prehispánica en La Lagunilla para regalársela a su esposo en su cumpleaños. “A mis padres les encantaba chacharear los domingos. Y lo que es la vida: con la primera mirada de mi padre hacia esa bella pieza que obtuvo por su cumpleaños nació su enamoramiento por estas culturas y su obsesión por adquirir todas las que le vendieran a lo largo de su vida con el fin de legarlas algún día a ‘que tan generoso nos recibió’, repetía a menudo. Por desgracia, parte de los abuelitos y otros familiares fueron asesinados en los campos de concentración; algunos lograron sobrevivir, muy pocos.”

Instalados en la terraza de su céntrica casa que rezuma mexicanidad, buen gusto y que comparte con Elia, su hermosa esposa chiapaneca, escuchamos, bajo la fronda de un jardín que recuerda un tanto la región selvática del sureste, su apasionante vida plagada de aventuras, estudios y reconocimientos. Ha sido nombrado Académico Sobresaliente de la Universidad Nacional Autónoma de .

“Son 2 mil piezas clasificadas que entregué en diciembre pasado a la UNAM, mediante un convenio firmado por su rector, don José Narro. Se exhibirán permanentemente 400 en el Museo del CCU-UNAM Tlatelolco. Estarán en un buen lugar, donde hace siglos hombres como Sahagún salvaron de la destrucción parte de la cultura antigua que los soldados de Cortés destruían. Es un buen lugar”, reflexiona satisfecho. “Ya antes mi padre se había comprometido a entregar valiosas piezas al Museo de Xalapa. La única condición que puso en ese entonces fue que estuvieran juntas bajo el nombre de Colección Stavenhagen. Así se lo prometió el gobernador Acosta, a principios de la década de los 80, poco antes que mi padre muriera; no le dio tiempo de firmar el acuerdo: lo hice yo. Años después visité el museo, y la directora que estaba ni siquiera sabía que existiera tal acervo, localizó algunas piezas, en fin…”, dice con pesadumbre. “Pero no nos rendimos”, vuelve a asomar a su rostro la casi eterna sonrisa.

“Lo increíble es que, aunque en Alemania mi familia pertenecía a una clase media, culta y acomodada (fueron exitosos joyeros por generaciones), mi padre, de formación netamente europea (Erich Fromm fue su condiscípulo en la Universidad Goethe y ya aquí, en Cuernavaca, se reencontraron) tuvo la visión, al llegar a , de apreciar su cultura. Amigo de Diego Rivera y Frida Kahlo, Miguel Covarrubias, Carlos Pellicer y otros coleccionistas, ante la falta de control que en ese entonces había al respecto, intercambiaban piezas entre ellos para completar sus propias colecciones. Claro, con Diego, esto se dio antes de que iniciara su proyecto del Anahuacalli.

Nos despedimos del laureado académico recordando parte de su azarosa infancia, “que para mí, niño, fue toda una aventura. Imagínate, estando en Holanda, ya casi a bordo del barco en el que saldríamos en el año 40 con otras familias, justo ese día, invade Alemania a Holanda y bombardean el puerto de Amsterdam. Al ver que no estaba dañada la línea de flotación, repararon los daños rápidamente y, en total oscuridad, había que evitar submarinos y aviones, cruzamos el Canal de la Mancha y custodiados por los ingleses. Éramos varias familias divididas en distintas embarcaciones, partimos rumbo a Nueva York, atravesamos EU por tierra y entramos, al fin, por Laredo, a , con nuestra visa mexicana. Tenía yo 8 años.

“Hago un reconocimiento a mi padre que, al mirar, por primera vez, ese arte, quedó atrapado, enamorado de su cultura, y desde entonces comenzó un auténtico diálogo con esas piezas bajo el concepto del escultor Henry Moore y su relación con el arte antiguo. Ya había leído de André Malraux, su obra “Las voces del silencio”. No sé si me explico”, me dice de pronto.

-Perfectamente, doctor, respondo.

Miro el reloj. De verdad siento terminar esta entrevista y cerrar este espacio. Antes de cruzar la puerta de la calle, alcanzo a atrapar del aire una de sus frases que, con orgullo, la aterrizo en esta página: “Todo esto, decía Kurt, mi padre, al señalar su inmensa colección, es de México y sólo para México. Esta es la historia de la Colección Stavenhagen”, dice al despedirnos. Rodolfo, el hijo de Kurt, el activista en derechos humanos e indígenas, el académico de excelencia, al fin lo cumplió. Honor a quien honor merece. A padre e hijo.

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