Marcelo Cantelmi prologó mi libro con esta sabia apreciación: “La crisis de Oriente Medio es como un hombre mutilado marchando constantemente frente a nuestra mirada. Siempre veremos su dramática carencia. Lo que grita este drama es la deuda que desde la mitad del siglo pasado mantiene la humanidad con el compromiso del nacimiento de dos estados en la originalmente provincia otomana de Palestina. Se cumplió con la instauración nacional de Israel, sólo la mitad de aquel acuerdo legado de las negociaciones entre los escombros que dejó la Primera Guerra Mundial”[1].

Fuera de la intransigencia de la mayoría judía en la sociedad israelí, un consenso generalizado en el mundo, incluyendo al Primer Ministro Netanyahu, coincide con la necesidad de materializar esa vieja promesa histórica del derecho palestino a su estado independiente como la vía más apropiada para desactivar el detonante más peligroso del conflicto. No solo se escucha esa concordancia de visiones, sino que los principales centros de poder del mundo, como solistas, en cuartetos o a coro, manifiestan sus serias intenciones de invertir denodados esfuerzos diplomáticos y económicos para conformar con la mayor prontitud ese sueño que hasta se lo cataloga universal.

Los países implicados y comprometidos en este conflicto, Israel, Autoridad Palestina, EE. UU, Países Europeos y Liga Árabe nos están prometiendo durante décadas una majestuosa función coral con una armónica versión de Aleluya. Lamentable y prácticamente, a diario solo llegan a nuestros oídos los cacofónicos acordes de una desafinada Sinfonía Inconclusa.

Todos ellos maniobran diplomáticamente con mucho aspaviento haciendo creer como que invierten toda su voluntad en resolver el problema, cuando en realidad la mayor parte del tiempo lo patean adelante. Todos bicicletean. Uno por interés, otros por no tener posibilidades.  

El último tiempo fuimos testigos de dos iniciativas nacidas con mucho bombo y platillos. El Informe del Cuarteto para el Medio Oriente (EE. UU, Rusia, y Comunidad Europea) y el intento francés de convocar una Conferencia de Paz de Medio Oriente. Sin que se encuentre culpable directo del fracaso, ambos proyectos están siendo velados para su próximo sepelio en el Panteón Histórico de Medio Oriente.

Para captar esta preocupante e incomprensible contradicción, es necesario analizar la disposición y distribución de tres elementos fundamentales de la realidad en Medio Oriente: poder económico, poder militar y poder de injerencia diplomática de cada uno de los partícipes de este proceso.

En sus pocos años de existencia independiente, Israel logró desarrollar un gigantesco poder militar que lo ubica entre las primeras potencias del mundo. Su economía crece lenta, aunque permanentemente, y se está acercando a la primera liga dentro de OECD. Con todo ello, su sólido posicionamiento estratégico en el mundo es el resultado del excepcional poder de injerencia diplomática en el mundo, especialmente en EE. UU, como consecuencia del inusitado poder de influencia de instituciones judías en el continente americano.

Esta exitosa combinación se convirtió en el determinante del progresivo endurecimiento en las posiciones israelíes en el conflicto, hasta arribar a la situación de las dos últimas décadas en donde las políticas, con promesas falsas y pretextos inadmisibles, se centraron en imponer y consagrar la consigna “mantener eternamente el statu quo a todo precio”.

La Autoridad Palestina (AP) es la parte más débil de este tablero levantino. Pese a tener en la mano el derecho histórico, carece totalmente de los tres elementos básicos de poder estratégico en la región. Bajo esta abismal desigualdad, aceptar la condición israelí de negociaciones directas sería considerado más bien un suicidio nacional, destino que la AP, con razón, se niega a aceptar.

Pese a la presión de ciertos sectores de su población que promueven la vía violenta y la continuidad del terrorismo en sus distintas versiones, el de Al Fatah optó por renunciar a la vía armada. Mahamud Abbas continua inexorablemente en el único camino diplomático que le resta: la búsqueda de una resolución de las grandes potencias que coaccione a Israel a retirarse de todos los territorios ocupados en 1967 y acepte la instauración de un Estado Palestino independiente. 

EE.UU dispone de un inmenso poder económico y militar, como así también, de un significativo poder de influencia diplomática en todo el mundo, salvo en Israel. La descomunal fuerza de influencia de organizaciones judías americanas sabotea toda posibilidad de tomar decisiones que se contraponen a intereses de Jerusalén.

Las potencias europeas hacen gala de una economía y ejércitos fuertes, aunque a mucho menor escala que EE.UU. Su potencial de injerencia diplomática en otros países menguó significativamente durante las últimas décadas, y en general, se convirtieron en la segunda fila detrás de los estadounidenses.

La impotencia diplomática de estos centros mundiales de poder frente al predominio judío e israelí determina que todos sus proyectos tan aparatosos y exagerados no son más que una expresión de intenciones ficticias. Se conforman con criticar a las partes, pero están totalmente disuadidos de tomar acciones prácticas. Sus preocupaciones por la paz en la región no son más que promesas escritas sobre el hielo. El calor levantino las derrite y tras pocas horas solo restan los recuerdos.

La Liga Árabe decidió en el año 2002 dar un significativo aporte a la solución del conflicto palestino-israelí. Su iniciativa se basó también en el principio de dos estados y prometió el reconocimiento de Israel por parte de todos sus miembros. El recrudecimiento del enfrentamiento entre las diferentes facciones dentro del islam determinó que sus preocupaciones por el destino de los palestinos deberán ser materializadas por otros en algún futuro.

Bajo esta constelación internacional, la ilusión palestina cada día se aleja en el horizonte. Los únicos frutos que los satisfacen momentáneamente, aunque con vistas a convertirse en eternos, son las abultadas dadivas económicas y políticas que temporariamente los mantienen en el poder y los protegen de Hamas. La situación es desesperante, pero al mejor estilo levantino: se puede esperar, no hay apremio.       

La solución del conflicto palestino-israelí quedó aprisionada en un status quo sustentado por todas las partes y participes enfrascados solamente en bicicletear la única salida con la que todos coinciden. Así como hoy ya cumplió 4 generaciones, probablemente continúe festejando muchas más.

Como única modificación prevista en el futuro, vale la pena mencionar que la aversión por la actitud israelí, como estado judío, en ojos de la mayoría de los pueblos del mundo, probablemente convierta el en un movimiento universalizado y legítimo. Como ya se puede constatar en distintas sociedades, la vida de los judíos en la diáspora puede llegar a convertirse en insoportable.

Ojalá me equivoque

Daniel  Kupervaser

Herzlya – Israel 30-7-16

[1] “Israel se emborrachó y no de vino”, Daniel Kupervaser, Ed. Dunken, Buenos Aires 2014, pág. 15

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Argentino de 65 años y vivo en Israel desde 1973.Licenciado en Economía de Argentina.Prolongada vinculación con la agricultura de Israel, incluyendo proyectos en diferentes países del mundo.Actualmente asesor inmobiliario en la empresa Anglo-Saxon Raanana.Guía de turismo en la ciudad de Tel Aviv (Hobby).Disertante de actualidad israelí a grupos de habla española.Creador del Blog "Ojalá me equivoque" ( http://daniel.kupervaser.com/blog/ ) donde trato de exponer mis puntos de vista como sionista respecto de lo que considero el camino erróneo que transita Israel y el judaísmo del mundo en los últimos años.