La Torá nos exhorta a trabajar con honestidad. Perjudicar al prójimo constituye un delito, pero no se refiere únicamente al daño monetario, sino también a la palabra que provoca vergüenza o manifiesta desprecio.

El Jafetz Jaim tenía una tienda de comestibles que era atendida por su esposa. Todos sus clientes estaban sumamente impresionados por su honestidad y la alta calidad de su mercancía. Cualquier cosa, aunque estuviese un poco manchada, era retirada inmediatamente del comercio. Todas las pesas y medidas eran exactas, y los precios los fijaba de acuerdo con los principios de la ley judía.

Debido a su integridad, todos los residentes de la ciudad de Radin corrían a comprar en ese almacén. Pero en lugar de sentirse complacido con el éxito que tenían en su establecimiento, el Jafetz Jaim estaba preocupado por el hecho de que la gente tenía preferencia por adquirir sus productos y sus vecinos competidores veían afectarse sus ventas.

Esto podía disminuir los ingresos de los otros comerciantes y por ello decidió cerrar su tienda por las tardes, para que la gente comprara en los comercios de sus competidores.