Era un día de diciembre, cuando en México debería hacer frío, el calor estaba intenso, tanto como el detenido en medio de una carretera sin salidas. Largas filas de camiones, automóviles, motos y camionetas conformaban el caos vial avanzando tan lentos que los vendedores ambulantes aprovecharon para ofrecer sus refrescos, cigarros, cacahuates, botanas y dulces. Ellos caminando y todos los demás conduciendo sus motores. Ellos avanzaban con más velocidad, ya que hacían sus caminatas de ida y vuelta mientras todos los demás nos manteníamos en la misma posición, tal vez a unos metros más adelante. Tener las ventanas cerradas era un sacrilegio dentro de una camioneta sin aire acondicionado, y abrirlas permitía escuchar las músicas de todos los que gustaban de oír a todo volumen sus cumbias y norteñas de las más baja calidad artística. Mientras el humo de todos me iba ahogando al son de los motores destartalados.

Sin señal de internet no podía saber qué pasaba más adelante. ¿Accidente, arreglos en la carretera, procesión guadalupana…? Qué importa, si de todos modos nada podía hacer al respecto. La radio del celular no funcionaba por no tener señal y en la camioneta no tenía equipo de sonido. ¿Qué hubiera hecho si no existiría el celular ni la radio?¿Por qué me frustra no tener nada que hacer mientras espero cuando antes ni siquiera existía nada de eso?

De pronto se oyen los típicos ruidos de los tráileres pesados de doble semirremolque cargados con varias toneladas y mi camioneta es invadida por una sombra interminable. Atrás de la camioneta venía un coche moderno, de esos que no miden más que el tamaño de sus dos puertas. Me puse a pensar en la vida… Aunque tengas un camión con cabina de doble altura, doble semirremolque, con un largo de 28 metros, vas a llegar al mismo tiempo que la miniatura que viene tras de ti. Camionetas, camiones, colectivos, autobuses, lo que sea, todos van a pasar por ese camino y no hay salida para nadie. La única manera de avanzar es con respeto, sin cambiarse de carril, sin estorbar, sin provocar accidentes, sin correr. La única manera de avanzar es el respeto mutuo y la tolerancia. Por más camión grande que tengas, por más claxon que toquen, nadie podía moverse hasta que no se libere el paso, avanzando de a uno por ese embudo interminable.

Así es la vida misma, y no respecto a los demás, sino a uno mismo. Los berrinches y las broncas, los enojos y las frustraciones, no harán que avances más rápido, que llegues antes ni que te aventajes a los demás y menos a ti mismo. La mejor manera de avanzar es con respeto a ti mismo. Para llevar una vida más plena, pon música si puedes o descubre tus dones de canto o pensamientos. El calor o el frío seguirán su curso natural y el no dejará de existir aunque grites. La música de mala calidad seguirá escuchándose mientras tú les prestes atención. Ese lapso de “tráfico” en la vida es un momento que tenemos para nosotros, para probar nuestras capacidades de tolerancia y para conocernos a nosotros mismos aflorando al máximo nuestros talentos para pensar, cantar, hablar con Dios o hacer lo que te venga en gana mientras sepas que toda crítica, queja, berrinche, falta de respeto y atropellamiento, no harán más que entorpecer y alentar el aletargado momento que en cada uno está convertir en dulzura.

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.