Esta vez, simplemente quiero daros un consejo, el cual lo he escrito para mi. Me gustó y creo prudente y necesario compartir.
Muchas veces debemos hacer frente a situaciones en las que debemos exponer nuestros argumentos, ya sea por un pleito que desea resolverse o simplemente aprender algo nuevo.
Todo pleito es deseable que sea resuelto, ya que nadie en sus cinco sentidos prefiere el pleito a la comodidad de la paz, la tranquilidad de la misma tranquilidad.
Cuando dos personas o más intentan exponer cada uno sus ideas, argumentos y opiniones, si la finalidad no es exponer sino imponer, lo mejor que debes hacer es retirarte de esa conversación. La retirada debe ser de manera diplomática, con elegancia y sutileza, ya que la retirada sin decir nada, así como muchas veces el silencio mismo, es en sí mismo una opinión que si no se lleva a cabo de manera correcta, se tornará ardiente. Es por eso que es tan importante saber hablar y saber callar.
Tanto para hablar como para callar, es importante saber cómo hacerlo. El “cómo” incluye tiempo exacto, el momento preciso, la duración de ese tiempo, los movimientos que se hagan en ese momento, los gestos, el tono de la voz, el timbre de la voz, el temblor de la voz, el espacio entre palabras y la velocidad del habla.
Esto es conocido como lenguaje no verbal, que es el 97,5% del mensaje que damos o recibimos de las personas. Solo el 2,5% restante son las palabras en sí mismas.
Es por eso que hoy quiero daros este mensaje que estuve estudiando en la sociedad, siempre basado en mi mismo y me ha dado grandes resultados.
1) Antes de hablar, escucha.
Esto quiere decir que escuches como si fuera un audio de WhatsApp al cual no se puede interrumpir.
2) No interrumpas.
Aparentemente, este consejo es igual al primero, pero no. Este quiere decir que de ninguna manera, es decir, ni siquiera con gestos, ni mirando para otro lado. Sabiendo manejar la mirada sin tanta intensidad para no incomodar al que habla.
3) Seguir la conversación.
Esto quiere decir nunca cambiar de tema, y si por esas casualidades, tanto tú cómo el que habla, se van del tema. Si fuiste tú, intenta disculpare y regresar, y si fue el que habla, intenta con toda sutileza regresar, demostrando así total interés. Eso hará que te “metas a la bolsa” al que te habla y anticipadamente querrá dos cosas:
A– Escucharte: o sea, con verdadero interés. En principio porque te verás frente a esa persona como alguien interesante y especialmente pensante y analítico. La persona querrá escucharte con mucha atención dado que lo que sea que tengas para decir, has demostrado que lo has analizado, pensado, deshebrado, colado y buscando la manera de decirlo de la manera más clara. Pues al escuchar a la otra persona, esa persona creerá que no solamente lo escuchaste atentamente, sino que ahora sabes cuál es su manera de escuchar, en base a cómo habló, para que tú le contestes en ese lenguaje que él quiere escuchar y sabe comprender. Además, al ser que has tenido es acto tan altruista, esa persona se sentirá medianamente obligada a corresponderte casi como una deuda que tiene contigo.
B– Darte la razón.
No quiere decir que seguro te va a dar la razón, ya que como hemos aclarado en la explicación previa, una plática es en sí misma una discusión, que es el intercambio de opiniones a fin de enriquecerse conociendo las ajenas. Una discusión no es como muchos creen, una pelea. La pelea suele suscitarse cuando en lugar de exponer se pretende imponer.
No 3s que la otra persona te dará la razón, sino que deseará escuchar tu argumento abriendo su mente sin cerrarse a lo que sólo él ha expuesto.
Este método es infalible, aplica para maestros, alumnos, médicos, padres e hijos, y especialmente en una pareja.
Claro que es muy importante la mirada, que no sea ni distraída ni muy fija, sino sutil.

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.