Diario Judío México - Son las once y media de la noche. La fiesta de quince años de Sarita está muy animada. Los invitados forman un bullicioso coro de alegres risas de jóvenes adolescentes, unos bailando y otros cantando y aplaudiendo al compás de la estruendosa música de “heavy-metal”. El amplio salón de fiestas del edificio de la familia Faingold luce hermoso con los adornos y luces multicolores.

El ambiente se hace frenético cuando el sonido cambia a “rap”. Los brazos se elevan, las figuras parecen entrelazarse; la iluminación se vuelve destellos de todos colores. Los equipos de aire acondicionado esparcen oxígeno frío sobre el tumulto.

En un trapecio pendiente del techo se mece una joven; las lentejuelas de su diminuta vestimenta hacen brillar su figura.

Los meseros deambulan entre el tumulto repartiendo bebidas “energéticas” combinadas con licores diversos – lo de moda.

Paulatinamente la atmósfera se hace más densa; en un extremo del salón, un grupo de jovencitas, vaso en mano, rodea a dos que discuten acaloradamente.

Una de éstas arroja su bebida a la cara de la otra, que a su vez le asesta un puñetazo a la primera. Se abalanzan una contra otra, cayendo al suelo entre los gritos del grupo que trata de detenerlas. Cuando finalmente se logra separarlas, sólo se escuchan los insultos que se intercambian.

Unos pasos más allá, un jovencito está acostado en el piso, con los ojos brillosos y balbuceando incoherencias. Alguien intenta ayudarlo a incorporarse sin conseguirlo.

Mientras tanto, la música sigue a todo volumen y la euforia de la multitud continúa, sin darse cuenta de los incidentes – o quizá tomándolos con naturalidad.

A medida que transcurren los minutos, las voces se vuelven más estridentes convirtiéndose en gritos de ellas y aullidos de los muchachos.

Los meseros, en su labor, sirven bebidas a diestra y siniestra, utilizando los vasos y las copas sin lavar o usando los residuos para rellenar los siguientes.

Uno de ellos circula entre los jóvenes, ofreciendo su “mercancía” en voz baja y con la mirada concentrada en cada “prospecto que dé el perfil “.

Con aparente disimulo, el “prospecto” coloca su mano junto a la cintura sosteniendo unos billetes. El traficante, con un hábil movimiento de mano, toma los billetes y al tiempo, entrega la “tacha” al cliente.

Unos minutos después, los baños del salón de fiestas están siendo ocupados por grupos de adolescentes que “se meten” la droga.

La combinación de bebidas energéticas y licor, mezclada con enervantes, provoca un cambio en el ambiente: la actitud de los jóvenes se vuelve escandalosa y agresiva ; las muchachas pierden toda inhibición.

Unos y otras suponen que pueden, ahora sí, seguir bebiendo sin riesgo de que “se les pasen” las copas.

La droga también les hace sentir gran ánimo para bailar, cantar por largos minutos o confraternizar incluso con quienes nunca se atrevieron.

Son las dos de la madrugada. Por allá suena la llamada de un celular; por acá, un “beeper”. En un rincón del salón están dos muchachitas, casi niñas, sentadas en el suelo, con el maquillaje resbalando por sus rostros, con la mirada fija en las luces multicolores. No se entiende lo que hablan.

Un pequeño grupo de muchachos, con ojos lascivos y mirada burlona, se acerca a ellas y las rodea. Uno de ellos se inclina y murmura algo al oído de las chiquillas, mostrando en su mano un diminuto envoltorio blanco.

Ambas se levantan del piso. Sus frágiles cuerpos se balancean, inseguros por el efecto del alcohol. Caminan con dificultad hacia el baño, apoyándose en los jóvenes. El grupo entra al sanitario; alguien corre el cerrojo.

Paulatinamente, la música cambia de ritmo: se vuelve lenta, melodiosa. Las luces se atenúan hasta la penumbra. Los cuerpos se abrazan, moviéndose con suavidad. Las manos viajan sobre las figuras. Los aromas de perfume y bebida se mezclan en el aire frío.

Al otro extremo del salón, un jovencillo regordete se tambalea de pie sobre una mesa; con el rostro descompuesto por una risa sardónica, se arroja sobre un nutrido grupo de jóvenes que lo reciben, cayendo todos al piso entre risotadas e improperios.

Mientras tanto, la entrada al salón sigue resguardada por un par de hombretones de “seguridad”, saco y corbata.

Ahora la música cambia a tropical. Parece inyectar nuevos ánimos a los jovencitos, Vuelan prendas de vestir por todo el salón. Ya las “tachas” y las “piedras” corren abiertamente.

Un muchacho abre la puerta de cristal de acceso a la piscina. Un grupo se lanza en tropel al agua, entre gritos y risotadas.

No lejos de ahí, dos jovenzuelos discuten acaloradamente. Uno derriba al otro con un empellón; éste se incorpora, coge una botella y se arroja sobre aquél.

Pronto se ven rodeados por otros que gritan, animándolos a pelear. Forcejean y se intercambian insultos. La reyerta se hace más violenta; el coro de animadores crece. Ya hay sangre en el rostro de uno de los rijosos.

Uno de los guardias de seguridad se abre paso violentamente hasta llegar a detener la riña. Algunos reclaman. Quieren que continúe. La torva mirada del hombretón basta para acallarlos.

La música se detiene. El bullicio se traslada a la salida. Paulatinamente, el salón se vacía. Afuera comienza el desfile de autos…

(N.B.: Este relato no es producto de la imaginación del autor. Es fiel reproducción de lo narrado por algunos de los concurrentes).

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Preguntará el lector: ¿ Por qué “TU PROBLEMA, MI PROBLEMA” ?

La juventud del mundo atraviesa hoy por un campo minado, lleno de drogas.

Los padres de familia necesitamos reconocer que nuestra capacidad de supervisión y defensa de la generación siguiente es limitada, por lo que es indispensable acercarnos lo más posible a ella; estar al tanto de sus inquietudes y angustias; de contribuir con ella para ubicarla en la realidad positiva, evitando el escapismo o la satisfacción artificial inmediata.

Sí, ya sé que se habla de valores, pero éstos, como conceptos aislados, no sirven. Debemos hacerlos funcionales, desarrollarlos en la conducta de los jóvenes.

Lo que suceda con TUS hijos le pasará a los MIOS, a los de todos.Vayamos uniendo nuestros esfuerzos. Comencemos por reconocer que debemos ser actores responsables, no sólo testigos.

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1 COMENTARIO

  1. Seria bueno preguntarles a los politicos si la solucion a estas situaciones la tienen contemplada en sus agendas como "importantes".
    Y preguntarles si saben o no saben que la juventud es el futuro del pais.

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