Diario Judío México - Tropas rusas en la frontera de y un referéndum ayer domingo preocupan a observadores temerosos de una segunda guerra fría o una tercera mundial caliente.

La tensión coincide con fechas y regiones de la Gran Guerra: su estallido cumple hoy un siglo y mi padre estaba ahí ese día de 1914. En sus memorias escritas en México alrededor de 1965 dedica algunas páginas a su estancia en Odesa, principal puerto ucraniano sobre el mar Negro, donde su trabajo de vendedor viajero de libros lo obligó a vivir algunas semanas. Fue testigo de hechos históricos.

Relata: “La casa familiar en Bialystok (Polonia) se me hacía estrecha. Debo irme, debo viajar. Pero ¿a dónde y cómo? Pienso, no duermo y decido ir a Odesa. Mi madre se entera de mi plan. Pregunta asombrada: ¿por qué tan lejos como Odesa? No tienes a nadie ahí. ¿Por qué no vas mejor a un lugar más cerca, Varsovia, Lodz? Hago entender a mi madre que en estas ciudades polacas tengo muy pocas oportunidades de conseguir trabajo, mientras que en el comercio de libros rusos, los grandes editores y lectores están concentrados en Petersburgo, Moscú y Kiev. He decidido ir a la gran ciudad de Odesa y creo que allá conseguiré qué hacer y aunque no tengo ahí ningún amigo ni conocido, los encontraré. “Quédate tranquila, mamá, no me perderé”. “Ojalá”, sonrío amorosamente.

“Mi decisión era firme: el curvado maletín de paja con las cosas necesarias ya estaba empacado. Viajo en tren, cuarta clase.

“Han pasada tantos años y no puedo olvidar la ciudad de Odesa. Quedó grabada en mi corazón. Veo a lo lejos sus bellas y alegres calles. No sería exagerado decir que era una de las ciudades más hermosas de la antigua Rusia. Sus habitantes eran orgullosos de su ciudad, la llamaban “Mamá Odesa”. Decir “yo soy de Odesa” era suficiente, como un pasaporte. Más no se necesitaba.

“En Odesa quedó, de los franceses, la palabra monsieur en lugar de la rusa gospodin (señor). En Odesa se vivía libre y sin formalidades. La comida era absurdamente barata. Con un rublo se podía pasar un día y todavía ir en la noche a un o a un cabaret donde se oían chistes y cuplés que harían ruborizar a un cosaco.

“Se hablaba un ruso maltratado, made in Odesa, sin gramática, sin sabor y sin el bello acento moscovita. Se cantaban a diestra y siniestra las canciones populares: ‘Entre nosotros en Moldabanke vivía un sastre muy pobre y enfermo’. Después de esto el artista comenzaba a describir las siete hijas del sastre. El contenido de la canción era muy vulgar. Se cantaban cientos de canciones picantes. Traeré como muestra una canción que una dama medio desnuda, con el rostro pintado, cantaba en una escena inicial en un parque; se puede traducir así: ‘Mi marido se fue a buscar cómo ganarse la vida. Vengan conmigo yo les daré…’ estruendo y gritos del público interrumpían la canción y concluía: ‘…un aromático vaso de té’. El Moldabanke era un barrio densamente habitado por miles de trabajadores judíos y gente del pueblo. Había calles repletas de siniestros personajes del submundo.

“Cuando en México estoy frente al de Bellas Artes y veo San Juan de Letrán me parece estar en el centro mismo de Odesa, en la calle principal llamada Deribasovkaia, mismo movimiento, misma vida y también el célebre , copia de la ópera de París.

“Una mañana fui a vender libros a Tiraspol y Bender. El lodo de aquellos pueblos era negro, espeso y se pegaba como grasa. Metí un pie y no lo podía sacar. Pronto perdí mis botas compradas unos días antes. Pregunté a los vecinos: “¿Cómo viven acá en un infierno tan lodoso?”. Se rieron de mí: “Esto no es nada. Mientras podamos sacar las orejas para nosotros todavía no está tan lodoso”.

“En el verano de 1914, como un trueno en medio de un día claro, llegó la terrible noticia de que en alguna parte había estallado la guerra. ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Quién y desde dónde?

“La vida normal se vio repentinamente conmocionada. Se produjo formidable revuelo. Sobre las calles y los bulevares aparecían multitudes de personajes sospechosos, florecientes transportadores del retrato del Zar Nicolás cubierto con banderas nacionales. Se pronunciaron discursos, se alborotó y gritó. En largos lienzos estaba escrito que todos iríamos, como uno solo, a defender nuestra patria hasta la última gota de sangre. No la del zar, por supuesto.

“Enseguida vimos que nada podía hacerse: me tocó estar ahí el día que empezó la guerra, se llamaba al combate, cada quien debía tomar su rifle y lanzarse al frente. Echamos de nuevo un vistazo a la bella ciudad de Odesa: había perdido su brillo durante la noche y mostraba un rostro totalmente distinto”.

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