Gran inseguridad reinaba en Bohemia en los tiempos del rey Juan de Luxemburgo, quien solía encontrarse más en los campos de batalla de toda Europa, en busca de hazañas y conquistas, que en su reino. Quien tenía algún poder lo utilizaba a su gusto y en su propio provecho y ninguna persona honrada se sentía libre de amenazas y peligros en un país del que parecía haberse esfumado todo orden, sustituído por la ley del más fuerte.

Así las cosas, al rey le nació un hijo. Cuando se esparció la noticia, los habitantes de Praga concibieron la esperanza de que el rey, pensando en su heredero, se ocupara más de los asuntos del lugar, y de acabar con las bandas de maleantes y con el abuso de los poderosos. Decidieron congregarsepor gremios y visitar por turno el castillo para rendir homenaje al príncipe recién nacido. Reinaba un ambiente de alegría, y por doquier se oían vítores y alabanzas a la familia real. También los judíos se dispusieron a enviar a sus representantes con algunos presentes para el príncipe.

A la sazón vivía en el barrio judío de Praga un comerciante, ya de edad avanzada, llamado Pinhas Schalum. Era un hombre honesto, conocido y respetado por toda la ciudad por sus virtudes y su sagacidad para los negocios. También era admirado por sus conocimientos acerca de la Torah y de los grandes sabios del Judaísmo, y hasta los propios rabinos consultaban con él muchas cuestiones. Tenía varios hijos varones, ya casados, que vivían en otras ciudades, y una hija, nacida en su vejez, llamada Dina. La mujer de Schalum había muerto cuando su hija era aún una niña, y en pocos años Dina se había transformado en una hermosa doncella en edad casadera, a quien admiraban y alababan cuantos tenían oportunidad de verla, fascinados por su belleza, su dulzura y su modestia.

Hacía tiempo que Dina deseaba visitar el castillo de Praga, de cuyos maravillosos jardines le habían contado maravillas. También le habían dicho que en honor de la familia real se organizarían juegos y exhibiciones, precisamente en los jardines aledaños al castillo, y rogó a su padre que le permitiera ir. A Schalum no le gustó la idea: asuntos urgentes le impedían acompañarla y le parecía peligroso dejarla ir sola con la sirvienta a un lugar en el que se reuniría toda clase de gente. Intentó convencerla de que debía quedarse en casa, pero Dina insistió, rogó y hasta lloró alegando que apenas salía de su casa ni tomaba parte en diversión alguna. El padre reconoció que era cierto, y como adoraba a su hija y no quería afligirla, accedió finalmente, no sin hacerla prometer que no se mezclaría con la multitud ni se separaría de la criada, a la que encomendó a su hija con mil consejos y advertencias.

A medida que se acercaban al castillo, más gente veían acudir de todas partes a la fiesta. Dina apresuró el paso, con temor de que la multitud no la dejara ver el espectáculo, y así, sin darse cuenta, se vió separada de su acompañante, que era vieja y no podía caminar a su ritmo. Se puso a buscarla, pero mientras más caminaba llamando a la sirvienta, más se extraviaba por las calles. En eso, vio doblar por una esquina y enfilar hacia el lugar donde se hallaba un grupo de jinetes y de lanceros reales a todo galope, a cuyo frente cabalgaba un pregonero que gritaba:

– ¡Abrid paso a los jinetes!

Dina intentó huir, pero no sabía hacia dónde, y los caballos se acercaban, atropellando a los lentos y desprevenidos. Los vecinos, que desde las ventanas presenciaban aquello, no se cuidaron de ofrecer cobijo a la joven, sino que, tomando aquello como una diversión más, gritaban:

– ¡Eh, tú, preciosa, a ver si encuentras marido entre la tropa!

– ¡A ver cuál se la lleva de encuentro!

– ¡Esta hermosa joven será el premio del certamen!

Dina temblaba de vergüenza y de miedo al ver a los jinetes casi sobre ella, cuando de repente, se abrió una puerta, alguien la agarró por un brazo y tiró de ella hacia dentro, hecho lo cual cerró la puerta con fuerza. Los caballos pasaron de largo.

– Perdonad mi atrevimiento al tomaros del brazo, pero estábais tan confusa que no me hubiérais oido y no podía dejaros a merced de esa plebe. ¿Puedo seros útil en algo más? Dina se atrevió a mirar a su salvador. Era un apuesto joven muy bien vestido y de maneras corteses. No pudo evitar ruborizarse al responder:

– Si queréis ayudarme, señor, os rogaría que me llevárais a casa. Tenía razón mi padre al no querer que viniera.

– ¿Quién es vuestro padre y dónde vivís?

– Es Reb Pinhas Schalum, el comerciante. Vivimos en el barrio judío.

El joven quedó pensativo durante unos minutos. Entonces abrió una poterna, comprobó que la multitud había desaparecido, e indicó a Dina que podían salir. La condujo hacia una parte poco frecuentada de los jardines del palacio, y desde allí le mostró los juegos que se desarrollaban un poco más lejos, pero Dina tenía miedo y le rogó ir a casa sin más demora.

Atravesaron calles tranquilas hasta llegar a la judería. En la puerta de la casa de Schalum, el joven se despidió de Dina. Ella le propuso entrar a saludar a su padre, pero él denegó cortésmente la invitación y se marchó.

Schalum recibió a Dina con regocijo, pues ya la criada le había contado cómo la multitud las había separado, y tras reprenderla con dulzura por su obstinación en ir a un lugar nada seguro para una doncella, le anunció que, durante su ausencia, lo había visitado un comerciante, que hacía tiempo le había enviado una casamentera para proponerle casar a su hijo Isaac con Dina, y habían acordado anunciar el compromiso, aunque el padre le había pedido esperar un poco para preparar a su hija para tan trascendental momento, pues la falta de su madre había hecho que nunca se le hablara del matrimonio.

A Dina se le fue el alma a los pies, pues el joven desconocido le había causado una fuerte impresión y no podía olvidar su rostro, su voz, su cortesía para con ella. Pero por nada del mundo hubiera llevado la contraria a su padre, que parecía muy contento. Intentó olvidar al desconocido, pero pasaron unos meses y Dina no podía apartar de su mente al que la había socorrido aquella tarde. Día y noche pensaba en él y hasta lo veía en sueños.

Schalum era un hombre bueno y caritativo. Abría su bolsa siempre para los necesitados, y hasta mantenía por agradecimiento a una pobre viuda cristiana, cuyo marido, cuando ambos eran jóvenes, había arriesgado su vida para salvar la del padre de Schalum. Visitaba de cuando en cuando a la anciana para saber qué precisaban ella y sus hijos. En una de esas visitas se encontró con que uno de ellos estaba gravemente enfermo. Mandó llamar a un médico y después él mismo visitó al boticario para adquirir las medicinas. Ocupado en estos asuntos, no se percató de que se hacía tarde.

Esa noche debía estar temprano en su casa, para celebrar el compromiso de Dina. Era un helado día de diciembre y oscurecía muy temprano. Para colmo, había comenzado a nevar. Se apresuró cuanto pudo en busca de un rincón tranquilo en el que pudiese rezar, según manda la Ley. Encontró un nicho en un muro en el que se resguardó, se frotó las manos con nieve, a modo de ablución, dirigió su rostro hacia el este y comenzó a orar.

De pronto se sintió agarrado por unas fuertes manos y rodeado por dos o tres hombres, que comenzaron a acusarlo a gritos. Eran miembros de la guardia, encargados de patrullar las calles, que perseguían a unos malhechores que habían robado precisamente en la iglesia en cuyo muro se había refugiado Schalum a rezar. Lo tomaron por el ladrón y, tras atar sus manos a la espalda con fuertes nudos, se dirigieron con él hacia la cárcel, congratulándose por el camino de la recompensa que sin duda iban a recibir.

El pobre Schalum juraba y perjuraba que era inocente, sin recibir más que burlas y algún empujón por respuesta.

– ¿Y quién te va a creer, judío? Da igual si has sido tú o no: hoy te ha tocado y no quisera estar en tu pellejo.

Schalum era un hombre viejo y achacoso. No podía seguir al mismo paso a sus carceleros, jóvenes y fuertes. Le faltó el aliento y se desvaneció. Quedó tirado en la calle cubierta de nieve. Los guardias le cayeron a puntapiés para que se levantara y continuara. El anciano sangraba por la boca, que se había roto al caer y no volvía en sí. De pronto apareció ante ellos un hombre, señorialmente ataviado y con aires de mando, que los increpó:

– ¿Qué le hacéis a ese desdichado? ¿No véis que es un anciano? ¡Por Dios que daré cuenta al rey de vuestros abusos! Al oir hablar del rey y ver el distinguido porte del desconocido, los soldados se amilanaron.

– No os preocupéis, señor: no es más que un judío. Estamos seguros de que ha sido él quien ha robado en la iglesia esta tarde. Schalum entretanto había recobrado la conciencia, aunque las ataduras y el dolor de los golpes le impedían levantarse, y dijo con voz débil:

– ¡No les creáis, señor; me había metido en un nicho a rezar y estos hombres me han atado y maltratado! ¡Ni siquiera sabía que habían robado en esa iglesia, pues vivo al otro lado de la ciudad!

– ¡Tú cállate, imbécil! Y si vives tan lejos, ¿qué hacías por aquí?

– Y el soldado propinó un nuevo puntapié al adolorido Schalum.

– Ten por seguro que perderás tu puesto y quizás mucho más, si vuelves a golpearlo

– Amenazó el caballero con aire de pocos amigos

– ¿Tienes pruebas de que ha sido él el ladrón?

– ¡Por supuesto que ha sido él!

– El soldado miró con rencor al caballero

– ¿Y quién sóis vos para meteros en esto? No sóis juez ni mi capitán. ¡Seguid vuestro camino!

El caballero alzó la mano y les mostró su anillo. Los soldados palidecieron y se deshicieron en excusas.

– ¡Señor, no sabíamos!

– ¡Señor, servíamos a la justicia!

– ¡No digáis nada de esto en nuestra guarnición, os lo rogamos!

– Marchaos de aquí ahora mismo o no sé lo que haré.

– Ordenó el caballero

Los soldados se alejaron rápidamente, contentos de haber salido tan bien librados. Entonces el caballero ayudó a Schalum a levantarse, cortó las ligaduras con su daga, y le dijo:

– Os llevaré a vuestra casa. Por el camino, contadme qué ha pasado realmente. Ahí detrás nos espera mi carruaje.

Schalum narró al caballero lo sucedido, y agregó al final:

– Ya véis, señor, los azares de la vida. ¡Pasarme esto justamente el día en que debe celerarse el compromiso de mi hija! De no ser por vos…. ¿por qué no entráis a mi casa y participáis en la fiesta? Seréis mi huésped de honor.

El caballero aceptó la invitación con una sonrisa enigmática.

– Si voy a ser vuestro invitado, debo al menos deciros quién soy. Me llamo León y soy médico, al servicio de la Casa Real y del Señor Arzobispo de Praga. Cuando necesitéis de mí, podréis dejar recado en mi casa, en la que os recibiré gustoso.

Schalum se alegró doblemente al conocer la elevada categoría de quien lo socorriera. Los golpes y vejaciones recibidos le parecían menos dolorosos comparados con la ayuda que el Cielo le enviara. La casa de Schalum tenía dos plantas: en los bajos tenía el dueño su despacho y allí arreglaba sus libros de cuentas y recibía a los proveedores y clientes. En los altos estaban las habitaciones de la familia. Todo estaba limpio y ordenado, los muebles y las alfombras eran de primera calidad y se notaba la riqueza y a la vez la sencillez de quienes allí habitaban. Como correspndía a la celebración de un compromiso, la casa estaba llena de huéspedes, a quienes los criados servían vinos y manjares, preparados según la ley judía. Los padres del novio iban lujosamente vestidos y no dejaban de hacer el elogio de su propia fortuna a todos los presentes, a los que Isaac miraba con aire arrogante.

– Me perdonaréis un momento

-suplicó Schalum

– Ya véis cómo me han puesto los soldados y debo cambiar de traje para atender a los presentes, pero os presentaré a mi hija, que se encargará de haceros los honores.

Al llamado del padre acudió Dina. La sorpresa fue mutua. Para León era como si hubiese bajado hasta él la estrella más brillante del firmamento:

¡Era la joven desconocida a la que había socorrido meses atrás! Ella, no menos confusa, reconocía al dueño de sus pensamientos. Y sintió un enorme dolor al reencontrarse con él precisamente en la noche de su compromiso con aquel Isaac, que tan desagradable le resultaba. Ninguno de los dos sabía qué decir y se miraron en silencio hasta que ella bajó los ojos, avergonzada de su atrevimiento. En eso acudió Isaac, deseoso de conocer al huésped. Una vez enterado de su alto rango, se apoderó de él y comenzó a hablar sin parar, a contar toda clase de tonterías de las que se reía él mismo, pues se tenía por hombre simpático y ocurrente. Dina, que no podía soportarlo más de cinco minutos, se excusó y entró a su cuarto.

León por su parte, escuchó durante un rato más el parloteo de Isaac y se despidió, apesadumbrado por todo lo que ocurría. Cuando Schalum regresó, ya se había marchado.

Dina tuvo que sentarse junto a Isaac durante el banquete. Cabizbaja y con mirada triste, apenas probó bocado. No pensaba más que en León. Lo encontraba más admirable que antes y le agradecía de todo corazón haber salvado a su padre.

León, por su parte, tampoco podía dejar de pensar en ella y en la inquietante forma en que el destino los había hecho encontrarse y reencontrarse. No podía ser que todo aquello hubiera ocurrido en vano, para verla casada con otro.

Al día siguiente, un criado trajo a León un cofrecillo. Al abrirlo, el joven encontró un pequeño tesoro: anillos, alfileres, joyas de oro y de plata.

Los acompañaba una nota:

“Señor, permitidme mostraros mi agradecimiento con este presente. Cuando pueda seros de utilidad, no dudéis en hacérmelo saber.
Vuestro seguro servidor, Pinhas Schalum”.

Aquel día León debía visitar al Arzobispo. Lo encontró malhumorado.

– ¿Os sentís enfermo, señor?

– Casi. ¡El rey pide otra vez dinero! ¿De dónde cree que vamos a sacarlo? Se ha gastado en sus campañas de guerra todo el erario público y pide más.

– Si no halláis una solución, debéis delegar en otro la responsabilidad.

Estas preocupaciones dañan vuestra salud.

– Se me ha ocurrido apelar a los judíos. Ellos podrían hacernos un préstamo

– Hizo una pausa y sonrió

– O donativo. En definitiva tendrían a cambio algunas garantías… León, una vez me habéis contado que, durante vuestros estudios de medicina, habéis frecuentado a algunos médicos judíos de renombre. Algo conoceréis de sus costumbres. ¿Por qué no me servís de intermediario? Sabría agradéceroslo y el rey os recompensaría.

León vió los cielos abiertos: era una oportunidad para visitar a Schalum y volver a ver a Dina. Aquella misma tarde lo hizo.

Schalum lo escuchó con mucha atención. Reconoció que era una buena oportunidad para pedir al rey algunas garantías para la comunidad judía.

– Si no tenéis prisa, os ruego que me esperéis durante un rato. Quiero solucionar el asunto hoy mismo. Iré a la sinagoga, en la que deben estar ahora el jefe de nuestra comunidad y algunos hombres adinerados y veré de obtener el préstamo. Mi hija os atenderá durante mi ausencia.

Los jóvenes no podían contener su emoción. Las lágrimas caían de los ojos de Dina y León no se atrevía a preguntarle por qué lloraba. Bien lo sabía él.

Se sentaron juntos en silencio, y al mirarse, se lo dijeron todo sin palabras. Así los encontró Schalum a su regreso, pero no se percató de lo que sucedía. Muy contento, dijo a León que había solucionado el asunto y que al día siguiente le sería enviado al Arzobispo el préstamo para el rey.

Rogó a León que no dejara de visitarlo, pues le había tomado gran simpatía, y él así lo prometió.

Pasaron unos meses y la amistad entre Schalum y León se hizo cada vez más profunda. Schalum admiraba las buenas cualidades del joven y León, por su parte, estaba sorprendido con la bondad y sabiduría del anciano. Sólo lo atormentaba la idea de que, en cualquier momento, podía celebrarse el matrimonio de Dina con Isaac, quien aparecía por la casa con poca frecuencia, lo que asombraba a todos, dada la belleza de la prometida.

Así comenzó el nuevo año y llegó el mes de marzo, y con él, la fiesta judía de Purim, el carnaval judío que conmemora el desenmascaramiento del malvado Amán, quien tramó la muerte de todos los judíos, lo que le fue impedido por las oraciones y ayunos de todo el pueblo y los oficios de la reina Esther. León conocía la fiesta y sabía que anuncia la esperanza de una vida mejor y la derrota de los enemigos. Schalum lo había invitado a celebrar con ellos la fiesta y León acudió. Por las calles de la judería pasaban vecinos disfrazados, con los rostros cubiertos por máscaras. La gente comía, bebía, cantaba y hacía bromas, y las fuentes con frutas, dulces, pasteles y otras golosinas iban de una casa a otra, según la tradición de regalar manjares a los vecinos. Los más pobres habían sido especialmente obsequiados y por doquier reinaba la alegría. Los enmascarados representaban la historia de la reina Esther, o la de David y Goliat, la de Josef y sus hermanos y muchas otras.

Para no desentonar con los demás, León había decidido disfrazarse también. Para su sorpresa, se encontró con que su disfraz era idéntico al de Isaac, el prometido de Dina. Como eran de similar complexión, León pensó que podía aprovechar la ocasión para hablar con Dina. La encontró en el salón de su casa, haciendo de juez de un grupo de jóvenes que competían a ver quién decía la mayor mentira. Tomándolo por Isaac, ninguno protestó cuando le indicó que quería hablar con ella.

– Soy León

– Le dijo en voz baja

– Vámonos afuera, porque tengo algo que decirte.

Una vez fuera, León olvidó todo el discurso que había preparado, y con voz temblorosa, sólo atinó a decir:

– Dina, todos creen que has ido a pasear con Isaac. Nadie notará que te has ido conmigo. Tengo un carruaje dispuesto muy cerca de aquí. Vámonos juntos y el mundo entero será nuestro.

Dina guardó silencio y al fin respondió:

– El mundo entero, menos la casa de mi padre, en la que nunca podría volver a entrar. Llenaría su vejez de dolor y se moriría del disgusto y de la vergüenza causada por la deshonra de su hija. Os amo más que a mi vida, lo confieso, pero no soportaría una felicidad comprada con la muerte de mi padre.

León no supo qué responder. Pese a su decepción, reconocía que Dina tenía razón y se culpaba a sí mismo por haber tramado aquella deslealtad contra su anciano amigo. Así discurría cuando vió venir a Isaac. Se sintió incapaz de soportar su necia conversación y se dió media vuelta. Isaac no lo vió, y León pensaba en marcharse a su casa cuando una mujer lo agarró del brazo.

– Isaac

– Le dijo al oído la mujer

– Tienes que venir conmigo. Todo nos ha salido mal. Casi agarran a mi marido. Está herido. La mujer lo condujo hacia una calle retirada en la que había una cabaña.

– Entra y quédate ahí hasta que les avise a los demás.

León no las tenía todas consigo. Quería saber qué tramaban aquella mujer y sus cómplices, pero temía lo que pudiera pasarle, si era descubierto. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y pudo distinguir, en un rincón, un montón de paja y sobre éste un bulto que resultó ser un hombre.

– ¿Qué te pasa? ¿No puedes levantarte?

– Preguntó León.

– ¿Eres tú, Isaac? Llama pronto a un médico o me desangraré

– Y soltó un quejido.

León examinó al hombre como mejor pudo. Tenía una profunda herida en una pierna y sangraba abundantemente. Arrancó un pedazo de su camisa y comenzó a hacer un torniquete.

– ¿Cómo te has hecho esto?

– ¿Eres imbécil? Cumplimos tus órdenes, pero nos pillaron en plena faena, como aquella vez en la iglesia. No pudimos cargar con el oro y huimos a toda prisa. Y aun así, ya ves…uno de los soldados me atrapó. Le dí una buena tunda, pero era fuerte. Casi me mata. Cuando vió que me le escapaba, me arrojó una lanza. Por suerte, logré esquivar un poco el golpe, y en lugar de atravesarme la espalda, me dió en la pierna. No te traigo nada hoy, pero tendrás que pagarme de todos modos.

– Te pagaré, te pagaré

– Siguió la corriente León

– Iré a buscar el dinero y traeré a un médico.

León corrió a casa de Schalum, quien lo tomó por Isaac.

– No soy Isaac. Soy el mismo que socorrió a vuestra hija hace unos meses y que os salvó después de la saña de los soldados. Creo que el Cielo ha dispuesto que hoy os ayude una vez más.

– ¿Qué sucede?

– Venid y vos mismo veréis.

Por el camino, León contó a Schalum todo lo sucedido. Indicó al anciano situarse junto a un agujero en la pared de la cabaña, desde el cual podía escuchar cuanto se hablara dentro, y entró a ver al herido. Este pidió su dinero, y el falso Isaac comenzó a dar excusas. Pasaron a una fuerte discusión, que León guió con astucia, de manera que Schalum pudiera oir las fechorías organizadas por su futuro yerno, incluyendo el robo de la iglesia, que casi le cuesta la vida.

“¡Y a ese mal nacido le hubiera entregado a mi hija! ¡Ay, necio de mí, cómo supo engañarme!”

– Pensaba Schalum con espanto.

Al fin se fueron de allí, y al llegar a su casa, Schalum reunió a familiares y amigos y anunció que el compromiso de Isaac y Dina quedaba roto. Los padres de Isaac protestaban a gritos y exigían una razón. Schalum se negaba a darla para no añadir la vergüenza pública a los hechos. Entonces el propio Isaac lo increpó groseramente, y comenzó a lanzar contra el anciano y su hija los peores insultos, hasta poner en entredicho el honor de la joven.

Entonces Schalum no se aguantó más y contó cuanto sabía. Al verse descubierto, Isaac abandonó la casa de prisa y sin más palabras.

Los invitados se marcharon. Cayó la noche. Afuera, se apagaron poco a poco las risas y la música. Quedaron solos Schalum y León, pues Dina se había encerrado en su habitación ante la violenta escena.

– Amigo León, una vez más habéis salido en nuestra defensa, y no sé cómo agradeceros…

– Puedo deciros cómo: amo a vuestra hija. Dádmela por mujer y seré también vuestro hijo.

Schalum quedó petrificado. Ni por un momento había pasado por su mente que León amara a Dina. Quedó en silencio durante unos minutos, y al fin habló:

– En tan alta estima os tengo, que puedo asegurar que mis propios hijos no os superan en buenas cualidades. Con gusto os incluiría en mi familia, pero es que…no sé cómo decirlo. No lo toméis a mal, mi buen León… es nuestra Ley, y los afectos humanos deben ceder ante los mandatos divinos. No sóis judío y la Ley que nos dió el propio Creador del universo estableció que no debo dar mi hija en matrimonio a un hombre no judío….Pero tal vez, si de veras la amáis, si estuviérais dispuesto….tal vez podría…, digamos que instruiros en nuestra Ley, y si abrazáis nuestra fe….

– Escuchadme, Schalum: mi verdadero nombre es Judá. Soy tan judío como vos y puedo demostrarlo con los documentos que guardo. He nacido en un pueblo situado a orillas del Rhin. Mis padres murieron durante un pogrom, siendo yo un adolescente, mientras pasaba una temporada con mis tíos, en otra ciudad. Teníamos medios de fortuna y algo se logró rescatar, con lo que me fui a Italia y costeé mis estudios de medicina. Para no atraer sobre mí las iras de nuestros enemigos, me he fingido cristiano durante muchos años.

Comencé a ejercer y mi buena fama atrajo el interés del Arzobispo de Bohemia, quien me recomendó al rey, y aquí vine, como médico de ambos. Entonces, encontré a vuestra hija…

Schalum no podía con la emoción. Abrazó al joven y mandó a venir a Dina.

– Hija mía, has pasado por un mal trago y no quiero que vuelva a ocurrir.

León, a quien considero mi hijo, te ha pedido por esposa. ¿Lo quieres tú por marido?

Dina palideció. Con un hilo de voz terminó respondiendo:

– Sí, padre.

Schalom tomó a cada uno de una mano.

– Hijos míos, yo os bendigo. Te había entregado un cofre de joyas

– Continuó, mirando a León

– Y ahora resulta que quieres también mi joya más preciosa

-miró a Dina

– Sea: es la Ley de Hashem, dar mujer al hijo y marido a la hija. Bendita sea la noche en la que se supo cuanto estaba oculto, en la que los culpables fueron desenmascarados y la verdad brilló, para traernos esta alegría. No quiero que vuestra boda se demore más de lo necesario, y procuraremos hacerlo todo de modo que tú, Judá, no salgas perjudicado ante el rey y la corte. Pero tiempo habrá para ello. Celebremos ahora nosotros el milagro de Purim, la acción del Bendito en nuestras vidas.

Porque un día llegaste para influir en nuestros destinos y hemos terminado formando parte del tuyo. Alegrémonos entonces con un brindis por la Vida.

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