El discípulo de Najmánides (final del siglo XIII) se dirigió desde Jerusalén a Hebrón, pasando por el sepulcro de Raquel. En Hebrón recuerda toda una serie de episodios bíblicos, pero no hace como tal ninguna descripción de los edificios ni de los lugares de culto, siendo esto sorprendente, porque se trata de los lugares más sacrosantos para el judaísmo. a' 41

Hebrón —escribe es té la gruta de Macpela (la gruta o cueva de Macpela la compró Abrahán a Efrón para el enterramiento de Sara y de los difuntos de su familia —Gén 23, 1ss). La nueva ciudad del Hebrón queda al lado derecho de la cueva. La Hebrón antigua estaba en lo alto, en la montaría. Allí hay un cementerio judío y a un lado está la cueva, donde se encuentra la sepultura de Yisay Qesé, padre de David). Hay quien dice que es la tumba de Joab (el sobrino del rey David y, durante un tiempo, general de su ejército 2 San 20, 23; 1 Crón 2, 16). Asimismo en Hebrón está la tumba del príncipe Abur (comandante en jefe de las tropas de Saúl 1 San 17, 5557).

Como a un tercio de una legua de Hebrón, en el camino de Jerusalén, a la izquierda de la carretera, están las encinas de Mambré (el encinar donde en un caluroso día de verano Abrahán recibió la visita de tres misteriosos viajeros que, según la tradición, eran tres ángeles —Gén 18). Allí se halla la piedra sobre la que estuvo sentado Abrahán, nuestro padre, cuando fue circuncidada la carne de su prepucio (según Gén 17, 24, Abrahán tenía 99 años cuando fue circuncidado; en la Ley mosaica la circuncisión se convierte en el rito imprescindible de entrada en la Alianza para los varones —Ley 12, 3).

La gente coge de ella [algún fragmento] para colocarlo sobre la zona circuncidada [y favorecer su pronta] curación (en un bebé las heridas de la circuncisión suelen curarse a los siete días, pero en el adulto se puede necesitar hasta un mes o mes y medio si no hay complicaciones). A la derecha de la carretera hay otro monte; allí está la casa de nuestro padre Abrahán que estaba abierta en las cuatro direcciones del mundo. Allí está la encina de la que se dice que debajo de ella comieron los fíngeles. Más abajo de allí, en la pendiente del monte, hay una fuente, de la que se dice que era la piscina [ritual] de Sara, nuestra madre.
JACOB ENVÍA A JOSÉ EN BUSCA DE SUS HERMANOS (GÉN 37, 14).

La carretera pasa por un valle entre dos montañas, al que se hace referencia en el verso bíblico: «Lo envió desde el valle de Hebrón», para que se cumpla lo que dijeron los sabios de que el sentido de la Escritura no se aparta del sentido literal, porque hay que decir que Jacob, nuestro padre, acompañó a José hasta aquel valle. José le preguntó por qué se molestaba en bajar aquel monte cuando estaba forzado a volverlo a subir y siendo así que era ya anciano. Entonces Jacob le explicó que en el acompañamiento había gratificación y penalidad.

LA TUMBA DEL PROFETA SAMUEL.

De Jerusalén a Rama hay dos leguas [de distancia]. En el camino hay una gruta donde se hallaba la escuela del profeta Ageo... En Rama está la tumba de Samuel, de Rama. Allí se halla también [el sepulcro] de Ana, su madre, una edificación muy bella. Delante de la casa hay una mezquita musulmana. Cerca de allí hay una fuente de la que se dice que era la piscina ritual de Ana. Después de un largo recorrido donde el anónimo relator describe innumerables lugares donde se hallan las tumbas de venerables rabinos y sabios judíos, exclama: ¡Bendito seas tú, Señor, Dios de Israel, que me has hecho merecedor de ver todas estas cosas! También nos has mostrado la Galilea superior y la Galilea inferior y las tumbas de los justos que hay en ellas. El relator debió de proseguir el viaje hasta Damasco, donde hace una referencia a la sinagoga de R. Elazar ben Arak, pero ese periplo quedó fuera ya como tal de sus Itinerarios.

LA SANTIDAD DE LA TIERRA DE ISRAEL.

El discípulo de Najmánides resalta la santidad de la tierra de Israel. Cuenta cómo unos judíos salieron de Israel para ir a estudiar la Tora junto a un célebre maestro rabino y al llegar a su meta se recordaron de Israel, alzaron sus ojos y derramaron sus lágrimas, desgarraron sus vestidos y recitaron el verso: «La poseeréis (la tierra de Israel) y habitaréis en ella» (Dt 71, 31). Habitar en la tierra de Israel —dijeron entonces aquellos emigrantes judíos tiene el mismo peso que todos los demás preceptos de la Tora.

Toda la tierra de Israel es santa, pero dentro de esa santidad hay gradaciones, siendo el «santo de los santos», el lugar sagrado del Templo donde se guardaba el Arca de la Alianza, lo más santo: La tierra de Israel es santa con diez santidades, a sabe,; las ciudades amuralladas desde los tiempos de Josué, hijo de Nun, son las más santas de la tierra de Israel; la parte delantera del muro de Jerusalén es la más santa de las ciudades amuralladas desde los tiempos de Josué, hijo de Nun; el muro del Templo es lo más santo de la parte delantera del muro de Jerusalén; el foso entre los dos muros es lo más santo del monte del Templo; el atrio de las mujeres es más santo que el foso entre los dos muros; el atrio de los israelitas es más santo que el atrio de las mujeres; el atrio de los sacerdotes es más santo que el atrio de los israelitas; [el espacio] entre el santuario y el altar es más santo que el atrio de los sacerdotes; el «santo» es más santo que [el espacio] entre el santuario y el altar; el «santo de los santos» es más santo que el «santo». Ciertamente la «santidad de la tierra de Israel» es lo que motivó en todos los tiempos la emigración judía a Israel.

El discípulo de Najmánides señala que en sus días eran muchos los judíos que desde diversos lugares de la diáspora venían a la tierra de Israel para asentarse en ella. «Ahora —escribe muchos se están despertando y se disponen a venir generosamente a la tierra de Israel». Ese movimiento de emigración a Israel tenía también una motivación mesiánica, la creencia de que el Mesías habría de manifestarse en la tierra de Israel a los judíos fieles a la Tora: Hemos visto las palabras de nuestros maestros que nos han precedido, que han hablado de la venida del rey nuestro Mesías quien Dios que venga pronto, en nuestros días!.

Y este es su mensaje: No venga a la mente de ninguno que el Rey Mesías se vaya a manifestar en una tierra impura ni tampoco se equivoque pensando que vendrá a la tierra de Israel entre pueblos (extranjeros). Quien se equivoca en esto no es sensible a la gloria del Rey Mesías. Por el contrario, Israel (los judíos) estudia la Tora, hombres devotos y hombres de acción, de los cuatro ángulos del inundo, uno de cada ciudad, dos de cada familia. Todo hombre de corazón sano, de espíritu generoso y puro, al que el amor por la santidad lo ha hecho apto para venir a la tierra de Israel. A estos se revelará el Rey Mesías.

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