El 29 de junio, The New York Times informó que un grupo de hombres armados había destruido la pileta de natación y otras instalaciones de un campamento para niños ubicado en la Franja de Gaza, construido y regenteado por la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (Unrwa, por sus siglas en inglés). El incidente, que tuvo lugar sin la presencia de niños, es una reiteración de otro similar del 23 de mayo pasado, cuando una treintena de hombres armados y enmascarados atacaron e incendiaron una instalación recreativa en construcción de la Unrwa, en una playa de la ciudad de Gaza.

La BBC informó entonces que el campamento, que debía inaugurarse el mes pasado, es uno entre docenas de establecimientos similares creados por las Naciones Unidas para ofrecer un programa de artes, y otras actividades para 250.000 niños de la Franja de Gaza. A su vez, Unrwa informó que el programa, que es de inmensa importancia para el desarrollo físico y psicológico de niños que no tienen otras oportunidades de formación cultural y deportiva, ya ingresó en su cuarto año.

Según un cable de Reuters del 23 de mayo, los perpetradores fueron un grupo de islamistas radicalizados que acusan a las Naciones Unidas de promover la inmoralidad. En ambas ocasiones, dos días antes del ataque, un grupo militante desconocido, que se autodenomina Los Libres de la Patria, emitió un comunicado en el que criticaba a Unrwa por “promover la aptitud física y enseñar danza e inmoralidad” a las niñas de edad escolar de Gaza.

No es la primera vez que ocurren hechos semejantes. El 15 de febrero de 2008, la BBC informó sobre un atentado contra la biblioteca de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA), perpetrado por catorce hombres que, neutralizando a los guardias, hicieron estallar una bomba que quemó miles de libros. Los iracundos atacantes preguntaron a los guardias por qué trabajaban para infieles, es decir, cristianos. Por cierto, en Gaza viven alrededor de 3500 cristianos, casi todos ortodoxos griegos y, desde 2007, las instituciones no islámicas se han convertido en blancos sistemáticos de la acción armada. En todas estas ocasiones, el ministerio del Interior de Gaza, a cargo del comparativamente moderado Hamas, condenó los atropellos y prometió investigar, aunque no parece haber avanzado en las pesquisas.

Los datos son importantes porque demuestran que, en la Franja de Gaza, hay espacio para un islamismo aún más extremo que el del Hamas. Este es una compleja organización islamista que combina la acción social, el extremismo religioso y una violenta trayectoria militante. Gobierna de facto en la Franja desde 2007 cuando, después de triunfar en las elecciones parlamentarias de 2006, desplazó por la fuerza a la Autoridad Nacional Palestina.

Gaza es un territorio de 360 kilómetros cuadrados que ha sido equiparado con el séptimo círculo del infierno. Recientemente, fue centro de atención mundial debido a la violenta intercepción israelí de una flotilla que intentó introducir ayuda humanitaria, evadiendo el control aduanero-militar impuesto por el Estado judío. Tiene poco más de cuarenta kilómetros de largo por doce de ancho. Según cifras de 2008, alberga más de un millón y medio de palestinos, con una densidad poblacional de 4118 habitantes por kilómetro cuadrado.

Antes de la Primera Guerra Mundial, Gaza era parte de la enorme provincia otomana de Siria. Cuando Turquía perdió sus territorios árabes, Gaza fue incluida por la Liga de las Naciones en el Mandato Británico de Palestina, una jurisdicción que hasta 1925 incluyó también a Jordania. Y cuando, en 1947, las Naciones Unidas ordenaron la partición del Mandato Británico en un Estado palestino judío y otro árabe, la Franja quedó del lado del frustrado Estado palestino árabe, que no pudo crearse debido al rechazo de la partición por parte de todo el mundo árabe.

La guerra árabe israelí consolidó al Estado de Israel, a la vez que condujo a la conquista de Cisjordania por parte de Jordania y a la de Gaza por Egipto. Rápidamente, debido al influjo de refugiados palestinos, la población de Gaza se multiplicó por tres. La Franja permaneció como territorio administrado por Egipto desde 1948 hasta 1967, excepto durante cuatro meses de 1956, en ocasión de la crisis de Suez. Junto con Cisjordania y las alturas del Golán, fue ocupada por Israel en la guerra de los Seis Días.

En esa ocasión, Egipto también perdió Sinaí. Sin embargo, cuando en 1978 se negociaron los acuerdos de Camp David, que le restituyeron Sinaí, la recuperación de Gaza distó de ser una prioridad egipcia. La posesión de la Franja ya se percibía como una gravosa carga.

Desde entonces, la situación se ha agravado. Actualmente hay pocos guardianes de frontera tan celosos como los egipcios en su límite con Gaza. Según informó Reuters el 28 de marzo, el gobierno de El Cairo espera terminar este año el cerco de catorce kilómetros de largo que separa las dos jurisdicciones. Para impedir la construcción de túneles, el cerco egipcio penetra veinte metros bajo la tierra. No es en vano que el Hamas lo denomina “el muro de la muerte”.

La animadversión del gobierno egipcio es políticamente comprensible, ya que el fundamentalismo del Hamas está emparentado de cerca al de los Hermanos Musulmanes, que son percibidos como un grave peligro interno por el régimen de El Cairo. Por comprensibles motivos políticos, para Egipto es esencial impedir grandes migraciones de gazatíes a su suelo, así como para Israel es fundamental impedir el contrabando de armas y municiones.

Pero no son los egipcios los únicos adversarios inconfesos de los gazatíes en el mundo árabe. El Reino Hachemita de Jordania, por ejemplo, desconfía no sólo del Hamas, que domina en Gaza, sino de la mismísima idea de un Estado palestino. La razón es simple: por lo menos, el 60% de la población de Jordania es palestina, a la vez que muy pocos de sus legisladores lo son.

En realidad, hasta puede argüirse que Jordania es en sí mismo un Estado palestino, producto de una primera partición del Mandato Británico, en 1925. Y mientras las poblaciones “originales” de Cisjordania y Transjordania eran prácticamente idénticas por ese entonces, los hachemitas reinantes y sus huestes son recién llegados en Jordania: provienen del Hiyaz, en la actual Arabia Saudita.

Por cierto, la creación de un Estado palestino podría desestabilizar a Jordania, y el gobierno de Ammán lo sabe. De hecho, entre 1948 y 1967 Jordania dominó el territorio palestino de Cisjordania, pero no le dio independencia. Por el contrario, lo anexó. Y en septiembre de 1970, libró una guerra sangrienta para obligar a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) a abandonar Jordania: la memoria de aquel “septiembre negro” es aleccionadora.

La triste verdad es que, aunque raramente se confiesa, casi nadie quiere un Estado palestino. Para Cisjordania, que en comparación con Gaza es rica, viable, y tiene una densidad poblacional de apenas 446 habitantes por kilómetro cuadrado, el escenario es lamentable. Pero para Gaza, que, hacinada en la miseria, se encuentra encajonada entre Egipto e Israel sin válvulas de escape, el hecho supera a la tragedia. Entrampados en un predicamento subhumano, para los gazatíes el único aliado confiable es Irán. Y la única salida geopolítica que asoma a sus mentes es la destrucción de Israel.

Por eso, el Hamas es el producto político más moderado que pueden engendrar. La alternativa está elocuentemente ilustrada por la carta con cuatro balas que, después de destruir las instalaciones destinadas a la niñez, los vándalos fundamentalistas dejaron como advertencia a John Ging, el director de Unrwa en Gaza. Ging, dicho sea de paso, es el más locuaz crítico de Israel. El nihilismo es la otra cara del infierno gazatí.

FuenteLa Nación

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