Cuando mi ánimo anda decaído, cuando me pregunto por el sentido de mi vida, cuando del periódico llaman mi atención las esquelas fúnebres… se que es hora de hacerme a la mar; donde sanan todas mis heridas, donde mis sinsabores se desvanecen.

Esta vez me embarqué como marinero en un barco mercante que partía de Lisboa a Brasil. Un viaje largo sin duda pero para mi necesario.

Los primeros días de navegación fueron tranquilos, tan tranquilos que me hicieron pensar y desear que la travesía siguiera así. Navegábamos en total trece de tripulación. Ya bien entrada la tarde, el cielo se empezó a oscurecer, rayos aparecían en el cielo cada vez mas seguido. Enormes gotas de lluvia empezaron a caer. Vino una fuerte tempestad; el barco fue un juguete del mar.

Después de mucho luchar vimos a lo lejos tierra. ¡Si tierra! Cuando nos acercábamos, nuestro barco encalló en unos arrecifes sin saber nosotros a que parte habíamos llegado. La tempestad empezó a arreciar más todavía, hasta hacer de aquello algo insostenible.

El barco encallado, como se encontraba amenazaba con desbaratarse en cualquier momento. El capitán y la tripulación, yo entre ellos, nos metimos en una lancha para así poder alejarnos de la tormenta que arreciaba según el tiempo pasaba. Minutos después vino una ola tan gigantesca que hizo zozobrar la lancha en que íbamos. Jamás había luchado tanto por mi vida como en esta ocasión.

Era yo un juguete de las olas; trataba de aguantar la respiración a fin de no tragar agua; cuando se podía nadaba para llegar a la playa. No se cuanto tiempo pasé en mi esfuerzo por sobrevivir. Extenuado finalmente llegué a la playa y me desvanecí.

No tengo idea de cuanto tiempo pasé en la inconsciencia. Cuando volví en mí, me di cuenta que me encontraba solo; traté de buscar a mis compañeros. No los encontré. Me sentí arrebatado por la angustia y la soledad pensando lo peor.

Pasaron los días y mi soledad era ya una realidad en esa isla. Sobreviví por los frutos de algunos árboles y una que otra planta. Del barco en que veníamos sólo quedaba el esqueleto, muchas de sus partes se habían ido con el mar.

Nadé hacia el barco para ver si algo útil podía encontrar. Abrí una gaveta y me encontré con un fajo de billetes y monedas…pensé:

-¡Oh, droga!, ¿para qué me sirves? No vales nada para mí; ni siquiera el esfuerzo de recogerte del suelo. Cualquiera de estos cuchillos vale más que este montón de dinero.

Después de un par de semanas en esas condiciones y encontrándome conmigo mismo empecé a pensar: «Pues bien, estás en una situación desoladora, cierto, pero por favor, recuerda dónde están los demás. ¿Acaso no venían trece a bordo del bote? ¿Por qué no se salvaron ellos y moriste tú? ¿Por qué fuiste escogido? ¿Es mejor estar aquí o allá? Sólo entonces sentí dentro de mí el valor de ser.

También en esas circunstancias de soledad de días y noches, vino a mi memoria una frase: Sólo la vida importa, no el haber vivido. Después de mucho, mucho, tiempo fuí finalmente rescatado y volví a mi imperfecto mundo de todos los días.

P.D. La idea de escribir este artículo la tome del libro Robinson Crusoe de Daniel Defoe.

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Industrial y asesor en materia de seguros y fianzas, inicia su actividad periodística hace siete años, principalmente en periódicos y revistas comunitarias judías y en el periódico El Asegurador, en su sección "Vivir seguros".