Conocedor de la tradición jasídica que dice que el hombre tiene más libertad que el ángel porque a diferencia de éste puede cambiar, empeorar o mejorar, un discípulo de Rabí Péraj Tel fue a ver a su maestro, un hombre bajo, fornido y dueño de la sonrisa más ancha que uno pueda imaginar, con el fin de preguntarle en qué consistía, exactamente, un ángel.

-Hijo mío-respondió el maestro-, querido Moshé Nahum, un ángel es un enviado de la fosforescencia divina, una partícula de luz que navega en un mar de sombras llevando el mensaje de lo inextinguible.

-Me estás diciendo lo que hace-dijo, incómodo, Moshé Nahum-,pero no exactamente lo que es, en qué consiste su presencia real.

-Un ángel puede ser cualquier cosa, adoptar cualquier máscara. Para él la forma es un mero hábito y la conciencia un suspiro.

-Lo que no alcanzo a entender-dijo el discípulo-, es por qué se dice que los ángeles no pueden cambiar y nosotros, los humanos, sí.

-Ellos, que expresan lo inequívoco-sonrió Péraj Tel-, habitan sin embargo la ubicuidad, a diferencia de nosotros, que habitamos el equívoco y expresamos la ubicuidad. Ellos han sido enviados, como rayos de sol, sin separarse ni por un instante de su fuente; nosotros querríamos enviar nuestra luz a los demás pero no siempre sabemos cómo hacerlo. Con frecuencia ignoramos de dónde procede su resplandor, quién escribió el asombro con letras de milagro. A ellos ser un destello efímero de la fuente no les preocupa; a nosotros, los seres humanos, no ser la fuente entera nos irrita e incomoda.

-Perdóname, maestro-dijo Moshé Nahum-, no hacemos más que alejarnos del tema.

          El maestro se puso en pie, dio unos pasos nervioso por la insistencia de su discípulo, y agregó:

-Está escrito en la Torá que  los seres humanos somos un poco menos que los ángeles, y es por la escala de ese poco que se puede ascender, pero también es por ese poco que nunca llegaremos del todo a ser como ellos.

-Entonces-dijo, entristecido, Moshé Nahum-nunca seremos ángeles.

-Por el contrario-respondió el maestro-, nunca seremos todo lo humano que se espera de nosotros.

          Dicho esto el maestro se desnudó de la cintura para arriba delante de su sorprendido

discípulo y mostrándole la espalda le interrogó:

-¿Qué vez a la altura de mis omóplatos?

-Cicatrices-dijo-.Dos cicatrices simétricas.

-Pues si quieres alas tienes que aceptar que hoy te las pongan y mañana te las arranquen.

 

                                                                         Mario Satz: Alrededor de una nuez

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Poeta, narrador, ensayista y traductor, nació en Coronel Pringles, Buenos Aires, en el seno de una familia de origen hebreo. En 1970 se trasladó a Jerusalén para estudiar Cábala y en 1978 se estableció en Barcelona, donde se licenció en Filología Hispánica. Hoy combina la realización de seminarios sobre Cábala con su profesión de escritor.Incansable viajero, ha recorrido Estados Unidos, buena parte de Sudamérica, Europa e Israel.Publicó su primer libro de poemas, Los cuatro elementos, en la década de los sesenta, obra a la que siguieron Las frutas (1970), Los peces, los pájaros, las flores (1975), Canon de polen (1976) y Sámaras (1981).En 1976 inició la publicación de Planetarium, serie de novelas que por el momento consta de cinco volúmenes: Sol, Luna, Tierra, Marte y Mercurio, intento de obra cosmológica que, a la manera de La divina comedia, capture el espíritu de nuestra época en un vasto friso poético.Sus ensayos más conocidos son El arte de la naturaleza, Umbría lumbre y El ábaco de las especies. Su último libro, Azahar, es una novela-ensayo acerca de la Granada del siglo XIV.Escritor especializado en temas de medio ambiente, ecología y antropología cultural, ofrece artículos en español para revistas y periódicos en España, Sudamérica y América del Norte.Colaborador de DiarioJudio, Integral, Cuerpomente, Más allá y El faro de Vigo, busca ampliar su red de trabajos profesionales. Autor de una veintena de libros e interesado en kábala y religiones comparadas.