Diario Judío México - Puede que, a lo mejor, John Ford no fuera Dios. ¡Vete a saberlo! Pero es lo más parecido que yo tuve ante los ojos. Películas de vaqueros. Sin ellas, mi infancia hubiera sido un asco.

En la radio, oigo hablar de cine a un necio. No es raro. La necedad es hoy norma. Decenios de vivir de subvenciones trocaron el cine español en un pozo de ignorancia. Que hemos ido pagando todos con nuestros impuestos. Hace ya mucho que opté por la legítima defensa.

Si he pagado ya una vez esas películas en mi declaración de Hacienda, volver a pagarlas en taquilla violaría las leyes del mercado. No se paga dos veces por la misma mercancía. Cuando todo contribuyente pueda entrar en la sala con sólo exhibir su declaración de impuestos, volveré a ver –soy así de paciente– alguna peli de esas que, bien contra mi voluntad, estoy financiando. Mientras tanto, perseveraré en la religión de las austeras epopeyas de Ford.

No conozco a ese nulo que soltó el disparate: un tal López. A la mayúscula cultura del caballero, parece que se le hacía hiriente que alguien quisiera, en Madrid, ver pelis de vaqueros. ¡Pobre diablo! ¡Qué poco debe de haber ido al cine en su vida! Si en los cines de Madrid, si en los cines de toda España se siguieran dando aquellas sesiones dobles en las cuales uno podía, allá por los grises años cincuenta, encerrarse en una capsula de emoción fuera del mundo para dejarse tragar por la galopada de The Searchers o por el oscuro “nadie” que mató a Liberty Valance, ese iletrado orador se hubiera evitado la letal dosis de bochorno de anteayer en Bellas Artes. Pobre, pobre diablo… La poca inteligencia, no se cura. Pero es posible siempre, incluso al menos dotado, contener un poquitín su ignorancia.

John Ford, Howard Hawks, Anthony Mann, Budd Boetticher, Delmer Daves, Fred Zinnemann, Raoul Walsh, David Miller, Nicolas Ray, Sam Peckinpah o Monte Hellman son el cine, pedazo de analfabeto. Son el cine. No un género. El cine. Contraponer a eso los peñazos subvencionados de los últimos treinta años españoles, es apostar por Belén Esteban contra Antígona. O sea, lo de todos los días. O sea, la partida lúgubre en la cual realizador y espectador juegan a ver quién hace más idiota al otro: podemos, dicen. Claro que pueden.

En el plano brutal a contraluz de la puerta que se cierra tras Ethan, al final de Centauros del desierto, ha puesto Ford la tensión contenida que hereda todo el relato épico en occidente desde Homero: la soledad del héroe. Y hay pocos momentos tan intensamente líricos en las ensoñaciones narrativas del siglo veinte como aquel diálogo de Vienna y Johnny Logan en una de vaqueros que yo vi a los seis años para no olvidar nunca: “Dime una mentira, Vienna…” No hay ninguno de mi edad que logre rememorar eso sin un nudo en la garganta.

Son manías mías, claro. Bueno, y manías de aquellos chicos tan listos que, a inicio de los cincuenta, descubrieron, en los Cahiers du Cinéma, que el cine era el western (las “películas de vaqueros”, vamos). Y se trajeron a París a los más grandes. A Ford, que se carcajeaba de que se pusieran tan sesudos con sus historias: “yo no hago arte, chicos; yo hago sólo películas de vaqueros”. A Hawks, que se tiraba por los suelos al oírles disertar sabiamente sobre la estructura freudiana de los diálogos de Monty Clift y John Wayne en Río Rojo.

“Películas de vaqueros”, dice el tipo. Con esa petulancia del que vive en la inopia. Películas de vaqueros, chico. Cine. Y tú puedes ir largándote a freír monas. Y subvenciones.