En setiembre, Uri Avnery cumplió noventa años. No tuvo mejor idea para el festejo que la realización de un congreso titulado: Israel dentro de noventa años. A un periodista le comentó: “dediqué los últimos sesenta años a cambiar las percepciones mutuas entre israelíes y palestinos. Lo primero que se necesita para obtener la paz es el respeto al otro, entender al otro, sus razones, aunque sea tu enemigo. Si Israel seguirá existiendo, y así debe ser, es importante que lo sea dentro de un marco democrático – no discriminador y no como un estado teocrático o policíaco. Israel logró el milagro de crear una nueva cultura, donde lo hebreo se mezcló con lo arábico tanto en la literatura como en la música y las artes. Se logró hacer renacer una lengua. Ahora le toca crear una buena vecindad con sus vecinos que no deben perder sus esperanzas de lograr su autodeterminación. Pero para llegar a eso hay que vencer a ciertos parlamentarios y sus mezquinas iniciativas de tinte totalitario. La mayoría de los israelíes quieren dos estados. Una Palestina independiente es inevitable”.

Uri Avnery emigró a Eretz Israel junto a su familia cuando todavía era un niño. Paradójicamente, integró la organización clandestina armada de derecha, Irgún. En junio de 1948, durante la Guerra de Independencia, participó en la mítica reconquista del Kibutz Negba. Del lado egipcio se encontraba un oficial llamado Gamal Abdel Nasser, quien resultó herido. Avnery también resultaría herido, cerca de Faluya, unos días después.

Terminada la Guerra manifestó su disconformidad con varios aspectos del nuevo estado: la identificación del aparato estatal con la religión, la repartija de cargos públicos, la esterilidad respecto a como conseguir la paz con los vecinos árabes, la ausencia de una constitución escrita y la falta de igualdad con las minorías árabes.

Contó sus hazañas de guerra en un libro llamado “En los Campos de los Filisteos”. Con el producido de las ventas compró la revista Haolám Hatzé ( Este mundo) donde mezcló el periodismo de denuncia con fotografías de mujeres con poca ropa, que funcionó hasta 1993. Esta revista irreverente, que denunció el escándalo Katzner, tal vez fue el primer medio escrito judío donde se habló de un estado palestino. En 1965 fundó un partido que obtuvo representación parlamentaria. Fue el primer israelí que conoció a Yasser Arafat, cuando arriesgando su libertad, se reunió con este en Beirut, en la primera Guerra del Libano. Para colmo de males adoptó una posición que todavía defiende: se declaró un israelí no-sionista, es decir, no admite que judíos no nacidos en Israel, obtengan automáticamente la ciudadanía.

Ser revolucionario, dice Avnery, pudo significar alguna vez admitir a un afro descendiente en una pileta de natación, tomar la propiedad de los medios de producción o el poder. El sionismo fue sin embargo la mayor revolución del Siglo XX. Envió gente de un país a otro, de una clase social a otra, generalmente más baja, cambió su lenguaje, su ambiente, su cultura. ¿Encuentren en dicho siglo una revolución como esta? Pero dicho movimiento fue hijo de su tiempo. Fue fundado por el periodista austrohúngaro Teodoro Herzl, cuando el pensamiento de moda, el nacionalismo, estaba siendo importado hacia Europa oriental y central: polacos, checos, eslovacos, servios, croatas, lituanos y muchos otros, clamaban por su nacionalidad. Cada uno de esos movimientos dibujó una historia nacional gloriosa y propia que evidentemente no incluía a las minorías, entre ellas, la judía.

Los judíos no podían constituir una nación fundamentalmente en virtud de su dispersión. Ello no fue óbice para que el fundador del sionismo le proveyese esos atributos. Así nació la idea de una continuidad de la nueva nación con la antigua historia, obviando la breve interrupción que supusieron dos milenios. Era la hora del tercer templo. Para elegir sus símbolos los sionistas adoptaron el Maguén David ( estrella de …) y la Menoráh ( candelabro). En todo ese mundo de simbologías no hubo lugar para el período no hebreo de la historia de Eretz Israel-Palestina.

La idea política, primaria, de salvar a los judíos europeos quedó imbuida de una mística religiosa y mesiánica. Herzl, dice Avnery, no fue el padre de este pensamiento, tan alejado de su condición de intelectual laico, pero cuando tomó contacto con las masas judías de Europa Oriental, quedó convencido de que esta mística era esencial para el movimiento.

Demostrando que el sionismo tiene componentes únicos, otras ideas de moda le sirvieron de fuente: el socialismo, el trabajo manual como salvación para el alma. Era un sueño tan maravilloso, tan básico, tan claro, que llevó a los mejores, los mas aventureros, desde Europa Oriental hacia una pequeña colonia turca llamada Palestina. Por la excitación se olvidaron de un hecho, la tierra no estaba vacía.

El surgimiento del sionismo coincidió con el imperialismo que todavía no se había convertido en una palabra con sentido peyorativo, sinónimo de explotación y actitud opresiva. Era todavía un concepto glorioso, imbuido de idealismo. La gente alababa la poesía de Rudyard Kipling donde se enaltecía la pesada tarea del hombre blanco. En Sudáfrica, Cecil Rhodes era un símbolo del superhombre europeo. Nadie imaginaba, tampoco los sionistas de aquel entonces, el despertar de Asia y Africa. El hombre negro y el amarillo no eran más que nativos bárbaros contra los que debía Europa defenderse. Poco tiempo después del nacimiento del sionismo, los japoneses derrotarían a los rusos, terminando con los sueños de la supremacía blanca. He aquí la desgracia del sionismo. Nació en el ocaso del imperialismo, pero treinta años antes de la reacción afroasiática que no podían prever.

La historia del sionismo comienza con un pequeño libro escrito por Herzl en febrero de 1896 donde comenta que un Estado Judío en Palestina constituiría una muralla protectora de Europa contra Asia. Sería una avanzada de la cultura contra la barbarie. En 1897 se celebra el primer congreso sionista. La mayoría de los delegados jamás había estado en Palestina y no tenían la menor idea de cómo era realmente. Estaban allí para construir un mundo nuevo, apenas pensado. No podía ser peor que lo que dejaban atrás, los pogroms y la discriminación que ya hacían presagiar lo que vendría cincuenta años después.

Me he preguntado muy a menudo, dice Avnery en su libro “Israel sin Sionistas”, que diferente hubiese sido el sionismo si Herzl en vez de un periodista vienés, hubiera nacido en Damasco. ¿Se hubiera dado cuenta de que Palestina era parte de una zona habitada por árabes? ¿Hubiera podido encontrar una solución al problema de la coexistencia entre árabes y judíos en un único territorio?

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Nací en Montevideo en 1967. Egresé de la Universidad de la República en 1992 con el título de Doctor en Derecho y Ciencias Sociales.Soy docente universitario en la cátedra de derecho comercial en la Universidad Católica y en la Universidad de la República, en las carreras de contador público y administración de empresas.Desde el 2008 soy columnista de Mensuario Identidad.