Escrito en primer lugar
para Antonio Escudero,
caballero andante y eremita escriba.

Casi todos los escritos informan de algo. Este no. Este pregunta. Es una pregunta al lector, a cualquiera, de algo que este escritor ignora y angustiosamente quiere saber, o entender, o ilustrar, o abundar. Para ello recibirá agradecido cualquier indicación en materialcarbonell@gmail.com. Para eso escribe esto. Es una pregunta profunda, creo. Para él, muy oscura. Que tratará de plantearse en lo que sigue:

Vamos a apoyarnos en lo que sabemos. ¿Qué sabemos, qué entendemos?
Supongamos que entendemos la llamada que sintió Abraham y que mucha gente, cada cual donde está, siente: Vete de tu tierra, de tu familia y de la casa de tu padre. Para Abraham, de Ur.
Pero también mucha gente, o alguna, como este escritor, ha sentido otra llamada que Abraham no sintió: Vuelve a la casa de tu padre a vaciarla y venderla. A Ur.

¿Alguien la entiende? ¿Alguien entiende su sentido profundo, en la vida, en la historia?
Sigamos suponiendo que la llamada que sintió Abraham es la de la sana independencia y maduración de todo ser humano, llama a extenderse por el mundo, a vivir, a crear la propia familia, a desarrollarse un pueblo. No hay que matar al padre, como en el mito de Edipo. Basta poner tierra por medio.
Pero ¿a dónde conduce, en la vida de una persona, de una familia, en el desarrollo de un pueblo, la llamada a volver? ¡Volver a la casa de tu padre, quizá ya fallecido, donde quedaron las raíces de tu padre, de tu familia y las tuyas propias, de las que sanamente te alejaste! Y debes ahora…
¿Qué? ¿Deshacerlas?
¿O llevártelas ahora contigo, y recuperar lo que dejaste?
¿Es la casa el edificio ⸺ inmueble ⸺, o son los enseres ⸺ muebles?
¿Qué es venderla? Medirla, medirlo todo, tasarla, tasarlo, acordarlo, liquidarlo…
¿Contraviene esta llamada la llamada original, de Abraham?
¿O es su inversión, dialéctica, o diabólica? ¿o es su inversión, o su inversión histórica?

Enseres… Los objetos son como espejos, hechos sujetos por sus fabricantes, por la vida cotidiana de sus usuarios, por los tiempos pasados… Que en medio del vaciamiento nos miran, y, en nuestras manos, nos preguntan a la cara, como el prójimo: ¿qué vas a hacer ahora conmigo?

Enseres… ¿qué hacer? ¿Dejar que toda esa casa mueble de tu padre, de la que te fuiste, se te adhiera ahora, te atrape y atenace y al cabo te sepulte? ¿Venderlos, liquidarlos… verterlos. como la casa inmueble, en el fluido salvador del dinero? ¿O regalarlos? ¿O destruirlos? ¿Cada cuál dónde?
¿Archivos, museos, puntos limpios, vertederos?
¿Y qué es de la casa, inmueble y mueble, de tu padre… mental? ¿qué es de la casa de tu padre, del alma?
¿Hay en los fondos, del alma, puntos limpios? ¿agujeros negros?… ¿desagües? ¿Hay estancias innumerables en las que todo… incluso lo que has desechado, vendido, regalado… se clava allí, y allí se aloja para siempre? ¿… y desde donde te piden ya y pedirán cuentas? Supongo que hay cosas que debes dejar perder, fluir y correr. Y otras que debes conservar, y honrar en ellas a tu padre y a tu madre y familia y amigos y enemigos… honrar la vida, de todos, cada uno la suya. Y en ellas, la propia vida.

¿Inmuebles o muebles, digo? Pues conforme la casa se va vaciando, van los muros inmuebles tomando una presencia que no tenían como meros recipientes, sus vetas… aparecen, sus manchas, sus grietas van desarrollándose, los desconchones y esquinas deshaciéndose, los alféizares y molduras haciéndose enseres, móviles, van haciéndose muebles ellos también y pidiendo quizá salir de allí, de una casa que se deshace y que al cabo ya no sería más que un solar, un lugar en la Tierra.

Habitaciones se hacen habitantes y viceversa, como el calzado se hace pie y viceversa y como el espacio se hace tiempo y viceversa… durante las noches, y los días, del vaciamiento, durante los crepúsculos.
Y pues los enseres, cada enser, lleva, llevarán consigo, a donde se trasladen, todo el aire y la vida que tuvieron en su vida, en la casa, pervivirá en ellos la casa por el mundo… en tierra extraña.

Dice Isaías “aunque cambien de lugar las montañas”. Quizá el lugar al que se ha llamado cambiará, y llevará su nombre y lo que allí se hizo… por tierra extraña.
Las dinámicas por las que corre ese proceso de vaciamiento y venta son las del infierno, sus movimientos llevan todos culpa, culpa, golpe, y resentimiento, cada decisión, cada movimiento. En el tiempo de la mala conciencia. Desde cada muro, cada viga, desde cada enser, se oyen, generalmente susurrantes como sierpes, como ratas, las increpaciones, las amenazas, las carcajadas. Y en cada uno, y en cada estancia, se oyen, con todos sus significados vitales, sus proyectos… realizados unos, irrealizados otros y frustrados… Preguntándose por todos, se agarran y se desgarran conforme van pasando los días, sin horizonte.

Pero también, al mismo tiempo, esas dinámicas son las del amor. Amor entre y con todas sus dudas, sus atenciones hacia las cosas, enseres o espacios y hacia quienes desde ellos nos miran, entre todos los desprendimientos de sí, olvido de sí, entregas, estrechamientos, vidas fundidas, nuevas vidas que se abren, cumplimientos que se encuentran, todas movidas por la respuesta, obediente, a la llamada “vuelve a la casa de tu padre”. Es un proceso de redención, cuyas perspectivas hunden, y van hundiendo, sus raíces y ramificaciones, en los tiempos y lugares pasados hasta la extenuación, y también hacia sus horizontes vitales prometedores futuros.

Que así es como Isaías sigue su sentencia: “Aunque cambien de lugar las montañas… y se tambaleen los collados, no cambiará mi fiel amor por ti”.
Eso es responder a la llamada “vuelve”, “vuelve a la casa de tu padre a vaciarla y venderla”, a deshacer tu origen, a borrar tus huellas… llamada que Abraham no sintió.
Pero quien la siente se asombra y atemoriza en su corazón de la similitud con la llamada de Abraham de “vete de Ur”, origen, esa llamada, que fue y es… de todo un tráfago de vidas y muertes, generaciones y destrucciones, escuchas, pruebas, lluvias de fuego y azufre, pactos, guerras, paces, promesas, horizontes… Pero, en el “vuelve a Ur”, todo eso va dirigido hacia la destrucción del origen sin fin, y hacia el descubrimiento de que hacia la destrucción del origen asoma, en su oscuridad, lo incognoscible… cada vez más perdido, o cada vez más amante, entregado y enamorado.

El “vuelve” es como el inverso del “vete”, en lugar de expansivo… ¿impansivo?, en lugar de figurar sus horizontes en las estrellas del cielo y las arenas del mar, figuran en las densidades de cada cosa, de cada instante fugaz y en sus propios abismos.

Sus dimensiones están marcadas y planteadas en el “vete”. Aunque Abraham no las viviera. Pero las viven muchos.
¿O sí las vivió?
Abraham, dice el Talmud, no tuvo hija, pero el Eterno lo bendijo “en todo”. Su hija inexistente se llama, dicen en el Talmud, “En todo”. Y si Abraham tuvo una hija… inexistente, ¿por qué no vivió, de alguna manera, también, un “vuelve a Ur”… que no vivió?
¿Lo vivió, en su vejez, al mandar a su primer sirviente a volver, pero sólo por un encargo, un momento, a Ur?… ¿Lo vivió al morir, cargado de años, y al ser sepultado en la cueva de Macpela?
Una noche, ya había sido vendida, de este escritor, la casa. Al rato de entrar y sentarme en el jardín, creí oír, parecido a los crujidos de los caracoles bajo los pies descalzos, un leve aleteo entre las ramas, las cuales, por primera vez me parecieron todas de cristales de antracita, ciegos, sin brillo, pero amenazantes. Sin duda ⸺ pensé ⸺ es Lilit, el espíritu maléfico femenino de los desiertos de Babilonia, que pasó a las leyendas judías como la primerísima mujer, la rebelde. Quien dicen que desposará al

Eterno en el sin fin de los tiempos. Fue la suya esa noche en el jardín una leve presencia, un aviso, un saludo… O todo lo contrario. Que dio sin embargo paso a una enorme quietud… en la que… no sabía si íbamos, acercándonos, lentamente, hacia el amanecer, o volvíamos, hacia el atardecer. Y en la que, echado en una hamaca, me fui durmiendo.

No hubo golpe, sacrificio, en Isaac, por parte de Abraham… ido. Que un ángel lo paró. Sí hubo golpe en la casa de mi padre, por mi parte… a ella vuelto. Pues se vendió. Y al permitírseme seguirla vaciando después de la venta, habíase transgredido un límite, yo estaba transgrediéndolo. No era ya la casa de mi padre. Sentíala yo tan mía como siempre y ya tan completamente extraña. No hubo ángel ahora que parara nada. Sí Lilit.
Que, como de nuevo Isaías dice, “allí reposará Lilit, que encontrará para sí descanso”. Una casa desierta, para Lilit.
En todo. Casa donde ahora está Lilit. En todo. Que en la vida de la casa los padres fueron diciendo que habían ido tirándolo todo. No era verdad. Se traicionaron. Nos traicionaron. Lo habían ido guardando todo, en todos los resquicios, como un pulpo creciendo durante años y años entre todos los resquicios de las rocas. Pulpo a sacarlo de allí sólo desgarrándolo. Y ahora, la casa vendida, habitándola Lilit, casa que fue destinada a ser heredada y continuada, ahora era la casa de todas las traiciones
encontradas.

También, en aquella inmensa quietud sostenida sin tiempo, era, había, una inmensa paz. Paz eterna para mis padres, pues habíamos llegado, habían llegado, a algún no sitio. Paz eterna para los padres de mis padres. Para toda mi familia cuya vida y huellas arrancadas de allí se habían ido de allí desperdigando. Paz eterna en un lugar, ahora más cercano… al horizonte de la eternidad. Nueva paz.

Los seres humanos se orientan y viven fijando hitos y límites, cambiantes luego, claro, en la extensión indefinida e interminable del tiempo. Fijamos comienzos y finales. Pero en cada final hay un comienzo y en cada comienzo algo finalizó.
El “vete de tu tierra” de Abraham tuvo un claro comienzo, la llamada y su respuesta: “heme aquí”.
Adelante. Su fin, en cambio, se extendía y se extiende en el tiempo. En la historia. En el corazón. Sin fin. Adelante.
El “vuelve a Ur”, su contrario e inverso, parece en cambio tener un fin claro. Ur.
Pero no. Se puede volver a Ur, pero nunca se acaba de volver. Se puede vaciar la casa del padre, pero nunca se acabará de vaciar. Nunca se acabará de vaciar el origen. El origen de sí mismo y de los antepasados de los antepasados de sí mismo no es nunca alcanzable.

El “vuelve a Ur” revela que el comienzo del “vete de tu tierra”, el origen, hunde sus sendas en el tiempo tan sin fin como el “irse” adelante sin parar.
Se puede vender la casa del padre. Pero, como la muerte, la venta no es el final.
La casa de mi padre, no sé si lo soñé esa noche de la hamaca, se ha vendido a comerciantes de un pueblo nómada adoradores del fuego, que por allí han pasado y han querido llevarse en ella, en sus seres y enseres, todo su pasado, y rodarlos y rodarlos por la tierra.
Y así, los cauces, las formas y las maneras del amor… del desprendimiento, del vaciado de sí… y del medir, del tasar, del acordar y del vender y venderse, siguen y seguirán por todas partes llevando todo consigo cada vez más lejos.

1 COMENTARIO

  1. “Comprarás y venderás, pero nunca invertirás”.

    Querido primo, creo que la expresión “vete por ti mismo”, lej-leja en español, es como tu escrito un ingenioso juego de palabras pq aunque suenan casi idénticas, parecen que significan dos cosas diferentes: «ir» y «a ti mismo». Lo que implicaba quizás trauma previo a ser más feliz que entonces, por encontrarse consigo mismo. Lo auténtico no puede sangrar siempre, pq la vida como los recuerdos quizás sean las únicas “propiedades” del alma y esta, tengo la sensación que siempre estará errante hasta encontrarse con Elohim (nuestro Padre) y ahí estará la única inversión posible, para todo hombre libre.

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