Diario Judío México - En 1939, cuando empezó la II Guerra Mundial, el idish no había muerto y fue asesinado. Al final de la guerra, Philip Rubin escribió: “El pueblo judío curaba sus heridas, enlutado por la calamidad más grande en más de 1800 años, por lo menos cinco millones de personas cuyo hablar cotidiano y festivo era en idish, habían muerto y con ellos su idioma”. Su destrucción fue el golpe más terrible de ese siglo. Después, la Rusia comunista desenraizó las instituciones culturales en idish, impuso la asimilación lingüística–cultural de los judíos soviéticos y persiguió a sus escritores; otro golpe fue el abandono voluntario de los judíos por otros idiomas, especialmente el inglés y finalmente el resurgimiento del hebreo como idioma nacional de . Después de todo esto, puede parecer un milagro que el idish todavía sobreviva como lengua viva usada como idioma principal o auxiliar. Pero no es un milagro, es un tributo a la vitalidad del idish, testimonio de sus raíces profundas. Claro que no es tan importante como lo era antes de 1939 y, sin embargo, sigue teniendo un papel en la vida judía, aunque a veces es un papel indirecto.

La editora Trude Weiss-Rosmarin, dijo a propósito de la poesía en idish… “ser judío es simplemente el accidente de nacer a padres judíos. Solo cuando este accidente es aceptado como destino y compromiso el judío accidental se convierte en judío intencional. Por lo tanto, hay una expresión lirica que no es heredada sino adquirida por la aceptación del destino y el compromiso con sus obligaciones.

En la poesía en idish los judíos escriben por la experiencia judía acumulada en siglos encarnados en el idioma idish, trasmite la vida judía, la tradición judía, las experiencias judías, la tragedia y la esperanza y aun después de los anos terribles la fe judía en Dios y en el futuro judío.”

David Sfard nació en Rusia, un día de julio de 1905, fue poeta y ensayista. Emigró a Estados Unidos, se casó. La pareja emigró a palestina, murió en Jerusalén el 9 de septiembre de 1981.

Una estrofa de su poema ‘Mi Idioma’, ilustra su devoción al idish.

Saqué mi libro a la primavera, fuera
Al aire libre, al sol
Y todas sus letras brillaron como diamante, cada una
Cada página que había sufrido quemaduras y silenciador
Voló orgullosamente como una bandera.

Otra estrofa, esta vez del poema, “Mi Pueblo”

Mi cuerpo está lleno de dolor
Mi corazón todavía gime y llora
Sin embargo, una canción nueva surge en mi
Como una estrella en un cielo nebuloso.

“La Llave” es un poema de Malke Lee, nacida en Galicia, Polonia, en el seno de una familia de hasidim, en 1904, estudió en Viena y escribía sus poemas en alemán, en 1923 empezó a escribir en idish. En ’21 emigró sola a Estados Unidos, nunca volvió a ver a sus familia, su obra más conocida es Durg Kindershe oigen, murió en Nueva York en 1976.

He visto una llave oxidada
La llave de una puerta cerrada
Era la llave de una cámara de gas
Y su oxidación había sido sangre, atrás

Una mujer escondió la llave
Donde la pared muerta se hunde
La mano que la sostenía se derritió en jabón

Pero la llave se quedo
Y ansia una mano
Que abra la puerta
Y haga entender al mundo

Esther Shumiatcher nació en Rusia en 1899, la familia de labradores emigró a Canadá. Esther escribía en ingles poemas, guiones para teatro que pasaron inadvertidos. En 1918 se casó con Hirschbein, conocido promotor y guionista del teatro en idish en Nueva York, quien la animaría a escribir en idish. Publicó 4 tomos de poesía en idish. Murió en Nueva York en 1985.

Su poema “Maternidad”, dice:

Voy hacia el cielo, hacia las estrellas voy
Mi cuerpo tiene dolor, con amor, lágrimas y pena
Mis labios cerrados con firmeza
Aprieto los dientes, muerdo mi lengua
Y no hago ruido alguno
Aunque mis rodillas la agonía golpea
Mi sangre se alegra
Día de fiesta
Mi corazón late hacia las estrellas y la luna
Voy a ser madre pronto.

El día es liviano como el ala de un pájaro
Mi vida se expande y yo canto, yo canto
Yo cosecho dolor en mi campo de maíz maduro
Escucho el grito de mi hijo recién nacido
El sol viene a mi encuentro con cubetas de oro
Recompensa por mi dolor tengo en mis brazos
Beso el grito de mi hijo y cierro los ojos
Yo…y a mi lado la eternidad se ha extendido.

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