Una conflictiva y muchas veces trágica de dos milenios, no puede hacernos olvidar, ni a judíos ni a , ese hecho tan importante.

La recuerda el nacimiento de Jesús.

Judío fue Jesús. Nació, vivió, y murió como tal. A judíos predicó. Judíos fueron los apóstoles. Judíos fueron en la tierra de Israel sus primeros seguidores, además de los apóstoles. Judíos fueron también quienes, no mucho tiempo después, comenzaron a desgajar al “judeo-cristianismo” del tronco, bifurcando progresivamente los caminos, lo que trajo como consecuencia el surgimiento de una religión en muchos aspectos distinta y opuesta al judaísmo.

Luego pasó lo que sabemos que pasó durante largo, demasiado tiempo.

La rivalidad y hostilidad teológica pasaron a cobrar víctimas, fundamentalmente judías.

El pasado hay que conocerlo, no debemos obviarlo.

Pero no podemos ser, de ninguna manera, prisioneros del pasado.

Luego de la Shoah, no solamente judíos sino también cristianos, buenos cristianos, se plantearon la pregunta tan difícil de responder: “¿Cómo pudo haber ocurrido?”.

Llegaron a la conclusión de que, lamentablemente, durante siglos se recorrió un camino que desembocó en Auschwitz.

Y a partir de allí, de esa autocrítica -tardía, pero autocrítica al fin- comienza a haber un cambio.

Había que recomenzar el camino. Empezar de nuevo. Historiadores judíos como Jules Isaac ponen claramente “los puntos sobre las íes” en este tema. Papas como Juan XXIII, Juan el Bueno, serán decisivos en el comienzo de la recomposición de relaciones entre el mundo judío y el mundo cristiano.

Se convoca el Concilio Vaticano II. La encíclica “Nostra Aetate”. Un hito. Que si bien pudo haber sido aún mejor -de no haber fallecido el Papa Juan XXIII en mitad del Concilio- es un paso adelante, fundamental en cuanto a la normalización de relaciones entre judíos y cristianos.

Se cuenta que Juan XXIII, de bendita memoria, paseaba un sábado por Roma y allí le salió al encuentro un grupo de judíos, a los cuales el Papa les dijo “Yo soy José vuestro hermano”. Esta expresión figura en la parasha de esta semana, Vaigash (Génesis 45:4), en el contexto de la reconciliación entre el bíblico José y sus hermanos, luego de muchos años de conflictivas relaciones entre ellos.

Reconciliación es la palabra clave. Mucho más que una palabra.

Pero incluso antes de Vaticano II y “Nostra Aetate”, comienzan a aparecer Confraternidades Judeo-Cristianas en distintos lugares, por ejemplo en el Uruguay. (El año que viene se cumplirán 60 años de la misma).

Con el objetivo de conocerse los unos a los otros, comprenderse, dialogar, más allá de las legítimas diferencias: ver lo que tenemos en común, lo que de alguna manera nos une.

Y no podemos olvidar a otras , que han hecho mucho para recomponer las relaciones, por ejemplo el Papa Juan Pablo II (documento sobre la Shoah, reconocimiento del Estado de Israel, visita por primera vez en la a la Sinagoga de Roma). O el Papa actual Francisco, quien seguramente tiene en el rabino Skorka un gran aliado en este tema.

Aún queda mucho camino por recorrer, mucho- las secuelas de dos mil años no desaparecen en sesenta o setenta- pero…se hace camino al andar!

Es pues en este contexto que quiero manifestar mi respeto hacia la cristiandad en general y uruguaya en particular, deseando una Feliz Nochebuena y a las familias, personas, amigos que profesan dicha fe.

Festividad de la familia. Que también debiera ser una señal de paz.

¿Quién no conoce ese emotivo relato de la Primera Guerra Mundial en el cual se nos trasmite cómo soldados de ejércitos de países enfrentados, cuando llega la Nochebuena interrumpen las hostilidades y se ponen a confraternizar, aunque más no sea en ese momento?

El tradicional cántico de la Nochebuena es el de ” noche de paz…”.

Ojalá llegue el día en el cual dicho cántico se transforme en realidad, no sólo para la Nochebuena sino para toda la humanidad y eternidad.

Para todos aquellos que la celebran: Feliz Nochebuena y !!

Fuentecciu.org.uy

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