Diario Judío México - Zeev Rabán (Lodz 1890 – Jerusalem 1970) uno de los artistas más destacados de Betzalel, academia de arte en Jerusalem, fundada en 1906 por Boris Shatz -como centro de arte y artesanías judías- creó en el año de 1930, o sea antes de la Segunda Guerra Mundial, la serie intitulada “Diez ciudades”. Con la influencia del arte simbólico recrea diez ciudades hebreas donde eterniza costumbres locales y escenas místicas y bíblicas.

Así pues, inaugurando la colección de Rabán, nos sale al encuentra Jerusalem, la ciudad de Oro, la cantada hoy como ayer por poetas y cancioneros; ciudad tripartita soñada tanto por judíos, cristianos y musulmanes donde se elevan templos, iglesias y mezquitas; donde las plegarias de diversos pueblos se saludan y se reconocen en busca de cabal conciliación. Ciudad del conflicto, y sin embargo, Yerushalem, Ciudad de la tan ansiada paz.

Y luego viene Haifa, ciudad portuaria, ciudad de felices jardines, ciudad que abraza al Mediterráneo; y luego, aparece Yafo, vinculada a aromáticos naranjales y al mismísimo Napoleón, conquistador por naturaleza, quien llegó a sus costas. Yafo, de donde, según la tradición, sale Jonás, el profeta, rumbo a Tartesios -y lejos muy lejos de Nínive- huyendo de la justa mano de Dios, o por lo menos intentando huir. El pintor recuerda al profeta y también al tremendo pez que lo traga y regurgita. Para que se cumpla la voluntad divina más allá de la comprensión humana.

Y luego Yerijó o Jericó… El pintor la plasma en su naturaleza quieta y a la vez abudante, como abundantes son las palmeras cargadas de delicias al paladar; dátiles dulces y carnosos como para agradecer al Creador. Jericó, la ciudad del fiero e inolvidable temblor de tierra, cuando Josué, guía de los judíos tras el Éxodo, ordena dar siete vueltas a la ciudad al ritmo de trompetas atronadoras, responsables del milagro, puerta a la Conquista.

Y más tarde, hallamos plasmada la Tumba de Rajel en Bet-Lejem, en Judá, la Ciudad del Pan, donde las mujeres estériles viajan a pedir por un hijo. El pintor recrea a Rajel, oveja según la lengua hebrea, y a Jacob, quien trabajó por ella -para literalmente ganársela- engañado por las argucias de Labán. Jacob y Rajel -padres de Benjamín y de José- salen a nuestro encuentro para recordarnos su ejemplar historia de amor.

Y luego Tiberiades, ciudad de estudio. Y como tal es recreada y materializada por Rabán. En Tiberiades vivió el insigne Maimónides; en Tiberiades, gracias a doña Gracia Nazi, de la dinastía de los Abarbanel, surgen yeshivot o casas de estudio. Tiberiades, mar, palmeras y cúpulas de corte oriental: ciudad remanso donde las Sagradas Escrituras son desde tiempo atrás alimento espiritual de cada día.

Y luego aparece Jebrón, sede de la famosa Mearat ha-Majpela, tumba de los Patriarcas. Y más tarde, para completar nuestro itinerario, sale a nuestro encuentro Zafed o Tzfat, la pintoresca cuna de pintores y de místicos: los tonos magenta y violeta nos lo recuerdan.

Y no hay más qué decir: el trabajo de Rabán es cabal y puntual, y como tal lo percibimos y como tal lo registramos en nuestra memoria.

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