Diario Judío México - Habla a los israelitas y haz que Me traigan una donación. Toma Mi donación de todo aquel cuyo corazón lo impulse a dar (Shemot 25:2)

Crecimos en un mundo que da por hecho el egoísmo. Biológicamente, supone Darwin, las especies luchan por sobrevivir en una cruel carrera eterna contra la extinción. Políticamente, explican Hobbes y Maquiavelo, nos encontramos en un estado de guerra perpetua, donde solamente un Estado poderoso puede evitar que el hombre devore a su prójimo. Económicamente, manifiesta Adam Smith, debemos enfocarnos en la persecución egoísta del bienestar individual y confiar en que una “mano invisible” (o sea, la capacidad autorreguladora del libre mercado) se encargará de garantizar el bienestar colectivo. Psicológicamente, dice Freud, somos presa de nuestras pulsiones e instintos. Nuestro deseo está grabado en nuestra mente, en un lugar tan oculto (el subconsciente) que ni siquiera nosotros mismos tenemos acceso pleno a él. Así, incluso el acto más altruista puede comprenderse desde una motivación oculta que es, en última instancia, egoísta.

Pero la experiencia no siempre encaja limpiamente con la teoría. De hecho, Darwin consideraba al altruismo la mayor amenaza a su teoría. En un mundo donde solo el más fuerte sobrevive, ¿cómo explicar que individuos o grupos de individuos altruistas prosperen? ¿Por qué las tribus humanas propensas a colaborar no fueron devoradas por tribus más beligerantes?

Una posible respuesta vino desde la teoría de la selección familiar. Hamilton (1964) teorizó que los actos aparentemente altruistas de las especies (como el de una abeja obrera dando la vida por su colmena) servían para garantizar la supervivencia de parientes cercanos, con carga genética casi idéntica. La abeja se sacrificaba, pero sus hermanas abejas serían las encargadas de transmitir sus genes.

La teoría de la selección familiar sirvió, desde la perspectiva evolucionista, para explicar el altruismo entre hermanos. Pero, ¿cómo explicar la vida (y muerte) de individuos que, como Wesley Autrey (“el Subway Superman”), se lanzan a las vías del metro de Nueva York para proteger con su propio cuerpo a perfectos desconocidos? ¿Qué sentido tienen acciones como la de Liviu Librescu, profesor Israelí sobreviviente del holocausto que, para permitir que sus alumnos escaparan por las ventanas, bloqueó con su propio cuerpo (y su vida) el paso del asesino serial en la masacre de Virginia Tech? Ni Autrey ni Librescu actuaban para garantizar la perpetuación de sus genes (a menos, claro, que Autrey supusiera que el individuo en las vías del tren era su hermano perdido y que Librescu fuera el verdadero padre de los 23 estudiantes que ayudó a escapar).

El panorama para el argumento del egoísmo económico no es más alentador. En un experimento cada vez más clásico, se le regala una cierta cantidad de dinero a un voluntario y se le pide que lo reparta con un segundo voluntario. Los voluntarios no se ven ni se conocen, para aislar la presión de ser mirado por la contraparte. El experimento consiste en dos “juegos”. El primero se llama “Dictador” y el voluntario 1 decide cuanto de ese dinero compartirá con el voluntario 2, sin que el voluntario 2 pueda hacer nada al respecto. En el segundo “juego”, el voluntario 1 puede hacer una oferta al voluntario 2, pero si el voluntario 2 no se siente satisfecho con esa oferta y la rechaza, ambos voluntarios se van a casa con las manos vacías. En un mundo ideal (al menos para los economistas), los resultados deberían ser simples y predecibles. En el juego 1, el dictador se quedaría con todo el dinero y en el juego 2, le ofrecería el mínimo monto posible pues algo es mejor que nada, ¿correcto?

Incorrecto. En promedio, los dictadores del juego 1 donaron el 20% del monto obtenido y los voluntarios del juego 2 ofrecieron el 45%. Cuando las ofertas del voluntario 1 en el segundo juego fueron menores al 25%, el voluntario 2 rechazó la oferta en su mayor parte, mandando a ambos voluntarios a casa sin un centavo en las manos. Económicamente, ninguno de los dos resultados tiene sentido. Claramente hay más variables en juego que la lógica de los intereses económicos.

¿Por qué el voluntario 1 (el dictador altruista) ofreció algo de su dinero en el primer juego? ¿Por qué el voluntario 2 (el beneficiario justiciero) rechazó cualquier oferta mayor a cero en el segundo juego? Claramente, dinero no es la única moneda en el juego. Ser altruista (juego 1) y castigar el exceso de egoísmo incluso en contra de los intereses propios (juego 2) parecen formar parte de la psique humana.

Algunos desarrollos en las neurociencias parecen corroborar esto. Tanto cooperar como castigar al egoísta tienen efectos en el cerebro similares a los que experimentamos con otras actividades placenteras. Jordan Grafman, del Northwestern University Medical School, encontró que donar dinero afectaba la vía mesolímbica del cerebro (asociada a la gratificación sexual y alimenticia) de forma significativa. Contribuir, en conclusión, es una actividad sumamente placentera.

Contribuir también es natural. En su libro “Altruismo”, Matthieu Ricard observa que la reacción normal de un bebe de 18 meses es recoger y regresar los objetos caídos de manos de un adulto.  En otro estudio (Shmidt, 2011), bebes de 15 meses eligieron compartir aquel juguete que previamente habían identificado como su favorito.

Si es así, ¿porque resulta tan difícil (para algunos de nosotros) ser altruista? Hay muchas dimensiones en esta respuesta. Una, sin duda, tiene que ver con que hemos aprendido a ser egoístas. El egoísmo es una manera de cuidar de nosotros mismos y de nuestros seres más queridos. Uno de los efectos secundarios reportados por algunos pacientes tratados con medicamentos que estimulan la producción de dopamina es “generosidad compulsiva”. Aparentemente el placer de dar fue tan extremo para estos pacientes que comprometieron necesarias finanzas personales y familiares para ayudar a extraños, incluso cuando éstos no lo necesitasen realmente. El problema no está en el egoísmo, sino en el exceso de él.

También nuestras creencias influyen en nuestra capacidad de ser generosos. Cuando se repitió el juego del “dictador” indicándoles a ambos participantes que habían recibido iguales cantidades de dinero, el voluntario 1 dejó de dar cualquier monto al voluntario 2. ¿Por qué habría de ayudar a alguien que fue ayudado de la misma manera que él? Ser altruista depende, en parte, de nuestra noción de justicia. Por ello la gente tiende a ayudar más a aquellos cuya situación fue siempre desesperada y menos a quienes “así se lo buscaron”.  Una noción de justicia perversa, por lo tanto, tendrá efectos perversos entre sus partidarios.

Otra dificultad proviene de la propia actitud que tenemos con respecto al altruismo. Lo sometemos a pruebas de pureza irreales en la naturaleza humana. Sabemos que los familiares ancianos y ricos son más visitados que los pobres, que los donadores piden ver sus nombres en las placas de los lugares que financian y que generalmente damos unas monedas a los niños de la calle para apaciguar nuestras propias culpas. Pero también cometemos el error de llamarle egoísmo a eso. Como el resto de los actos humanos, hay una rica serie de componentes que interactúan en cada momento. Un acto puede ser mayoritariamente altruista y eso debería ser suficiente para muchos de nosotros. Elevar el estándar a nociones platónicas puede tener el efecto opuesto al deseado.

Cada vez que tengo la oportunidad de ser parte de eventos de voluntarios en mi comunidad, no puedo dejar de admirar a los cientos de hombres y mujeres que, como los judíos del desierto, acuden al llamado a donar altruistamente de su tiempo y recursos para lograr una mejor sociedad. Sus esfuerzos se traducen en instituciones, en mejores vidas y en sueños logrados. Mi admiración y respeto está siempre con ellos.

Tzdaka, el acto de ayudar económicamente al prójimo, viene de la palabra hebrea “justicia”. Tenemos el privilegio de haber nacido en un pueblo que equipara el altruismo con lo justo y lo correcto. Vivimos también en un mundo en que la vida humana es angustiantemente barata. Con tan sólo unos dólares podemos comprar una red que salvará a un niño de morir de malaria o desparasitar a otro para que pueda asistir a la escuela. La responsabilidad es mucha. El pueblo judío es demasiado pequeño para ocuparse de tantos asuntos, pero es suficientemente grande para inspirar con el ejemplo. El altruismo es parte de nuestra historia; lo hicimos en el desierto y lo reproducimos en nuestras comunidades de hoy. Es momento de contagiar al mundo.