Imagina la siguiente situación:
Una pecera nueva sin peces, solamente con agua limpia. El agua está estancada en la pecera y así estará por mucho tiempo, años seguramente. La misma agua, la misma pecera. Con el paso del tiempo, por diversas situaciones químicas y de exposición a factores externos, tanto el agua como la pecera comenzarán a tomar una apariencia turbia.
Ahora supongamos la misma pecera nueva con agua limpia y fresca, perro ahora con un pequeño motor que provoca movimientos en el agua, a modo que no quede estancada. Aunque tardará mucho más en volverse turbia, es un hecho que con el paso del tiempo así será.

Ahora imaginemos la misma situación, la pecera nueva, el agua fresca y el motor que mueve el agua, pero ya sin nada que le inyecte energía. Sin cables, sin pilas, sin energías de ninguna conocida como la solar, fricción, eólica, eléctrica, térmica, nuclear, química, mecánica, electromagnética ni ninguna conocida. Podríamos decir que mejor sería que ese motor no esté en el agua ya que por sí mismo provocaría sedimentación, enturbiado más rápidamente las aguas. Pero no, porque sí funciona, y funciona muy bien. No sabemos qué energía usa, pero funciona y hace mover las aguas.

Ahora imaginemos la siguiente situación: misma pecera, misma agua, mismo motor y además un filtro. El motor se encarga de enviar cada partícula de agua directamente a ese filtro que también funciona sin que sepamos cómo. No es que manda grandes cantidades de agua, sino cada partícula por separado. El filtro limpia el agua, separa los desperdicios que la pueden enturbiar y el agua vuelve a quedar impecable. De esta manera, el líquido tendrá una duración de muchísimos años fresca y limpia. Sorprendentemente, todo sin cables ni energías conocidas.

Ahora bien, imaginemos esta última escena: un cuerpo humano lleno de sangre estancada desde antes de nacer. La sangre va aumentando a medida del cuerpo de manera perfectamente simétrica y sincronizada. Esa sangre estancada está en constante movimiento por un motor sin cables llamado corazón. Ese motor que funciona con una energía desconocida manda a cada gota de sangre a un filtro llamado hígado. El hígado filtra cada gota por separado, separando los sedimentos y tirándolos afuera del cuerpo. Ambos motores funcionan sin energías conocidas. La sangre está en constante movimiento, purificación y oxigenación.

Lo bueno es que en el caso del cuerpo sí sabemos cómo se llama esa energía y de dónde proviene. Esa energía es el alma que la provee Dios de manera constante y no solamente cada mañana al despertar, sino de manera constante. Pero hay algo que está en nosotros hacer para que esos motores funcionen siempre como nuevos, o al menos lo mejor posible. Y claro que es la buena alimentación, los ejercicios y llevar una vida saludable, claro que sí, pero aún hay algo más: cuidar el alma, motor principal generador de energía. Y para cuidar el alma es imprescindible y vital la alegría, saber encontrar el lado bueno a cada cosa, ver lo que se tiene, confiar en Dios que ÉL maneja todo, estudiar, leer, cantar, descansar, bailar, amar… En pocas palabras, oxigenar el alma.

Cuando se aúnan los cuidados corporales y los del alma en perfecta sincronía, es ahí cuando podemos vanagloriarnos de gozar una buena salud. Si alguna de las partes, cuerpo o alma, se descuidan, la salud irá en decrecimiento.
Cuando decimos REFUAH SHELEMA nos referimos a el cuerpo y las cinco partes del alma que se encuentran en el cerebro, corazón hígado, Jayá y Yejidá (partes más espirituales del alma).

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.