A veces, episodios trascendentes nacen de casualidades, porque el azar también tiene su papel en la historia. Este es un caso. El pleito que cambió la legislación sobre los derechos humanos, la y el antisemitismo en se originó en una partida de bridge. Fue en un club de este juego donde Max Mazim convenció a Violeta Friedman para que demandara a León Degrelle por su negación del Holocausto, y de esta manera comenzó el litigio que lo modificó todo, merced a una sentencia del Tribunal Constitucional de la que se van a cumplir veinte años.

Y para recordarlo, el abogado que llevó el pleito, Jorge Trías Sagnier, acaba de publicar un libro donde explica las interioridades del litigio: Violeta Friedman contra León Degrelle. Un proceso singular contra el negacionismo del Holocausto. (Hebraica ediciones). El volumen cuenta con un prólogo de Shlomo Ben Amí, que fue embajador de Israel en España, y dos aportaciones de Baltasar Garzón y de Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia.

Biografías de personas marcadas por la guerra y el nazismo

El tiempo acumula polvo sobre los objetos, y olvido sobre la memoria de las personas. Es posible que mucha gente ya no sepa quienes fueron Friedman, Mazin o Degrelle, pues todos han fallecido ya hace años. De manera que vale la pena recordar de forma sintética sus biografías.

Violeta Friedman (Marghita, Rumania, 1930; Madrid, 2000) nació en Transilvania, que había sido húngara hasta que en virtud de un tratado en 1920 pasó a Rumania. Ella, según Trías, siempre se consideró húngara. Pertenecía a una familia “acomodada, propietaria de tierras y viñedos”. Nunca pensó que los nazis llegarían a la puerta de su casa. Pero no fue así: el 19 de marzo de 1944 su familia fue detenida y deportada a Auschwitz. El propio doctor Mengele la separó a ella y a su hermana Eva del resto de parientes. Las niñas se salvaron. Su bisabuela, sus abuelos y sus padres fueron gaseados. Al concluir la guerra se marchó a Venezuela donde se casó y tras divorciarse se instaló en Madrid, manteniendo su residencia en España.

León Degrelle (Buillón, Bélgica, 1906; Málaga, 1994), fue fundador del partido rexista en su país, de ultraderecha, combatió con los nazis en la Legión Valona belga que se integró en las SS y recibió la y la Cruz de Hierro y la Cruz Alemana de Oro, siendo condecorado por el mismo Hitler quien dijo que si hubiera tenido un hijo, le hubiera gustado que fuera como Degrelle.

Al final de la contienda estaba en Noruega y cuando las tropas alemanas allí capitularon, Degrelle escapó a en un avión que se quedó sin combustible y cayó al mar en San Sebastián. El régimen franquista le dio asilo y posteriormente la nacionalidad bajo el nombre de José León de Ramírez Reina. Se ubicó en el municipio sevillano de Constantina y posteriormente en Benalmádena (Málaga). En 1979, Degrelle le escribió una carta al Papa Juan Pablo II, reprochándole, como católico que declaraba ser, que en uno de sus viajes quisiera visitar el campo de Auschwitz, por las “mentiras” que se contaban sobre su historia.

León Degrelle, con el uniforme nazi durante la II Guerra Mundial
León Degrelle, con el uniforme nazi durante la II Guerra Mundial

Cabe anotar que Degrelle fue causa de incidentes entre Bélgica y España. En su país fue juzgado en ausencia por la colaboración con los nazis, y condenado a muerte. Hay que precisar que la sentencia no fue por crímenes contra la Humanidad. En cualquier caso, Bélgica pidió la extradición y se la denegó.

Por su parte, Jorge Trías Sagnier (Barcelona, 1948) es abogado y político que desempeñó cargos públicos con UCD y fue diputado en el Congreso por el PP en la época de José María Aznar.

Las declaraciones de Degrelle sobre las cámaras de gas escandalizaron a los judíos

Volvamos a nuestra partida de bridge, que tenía su sede en un club ubicado en el hotel Eurobuilding, de Madrid. Max Mazin, que era un hombre prominente en la comunidad judía en y empresario de éxito, estaba escandalizado por las declaraciones de Degrelle en los años ochenta del pasado siglo, en especial a la revista Tiempo y a TVE, en las que negaba el Holocausto. Por ejemplo: “La mayoría de esos sucedáneos de cosméticos están trotando a buen paso por todo el mundo o se fueron a fundar manu militari el Estado de Israel”. Y agregó que si ahora había tantos judíos, resultaba difícil creer que hubieran salido vivos de los hornos crematorios, al tiempo que definía a Mengele como un médico normal, o atribuía los muertos en los campos a las enfermedades o el hambre causada por los bombardeos aliados sobre Alemania, o expresaba su deseo de la aparición de un nuevo Fürher.

Entre envite y envite, Mazin insistió a Friedman para que presentara una acción legal contra Degrelle, porque ella era una persona emblemática para la comunidad judía en España, al haber estado en los campos y sobrevivir a ellos, si bien perdió a su familia en las cámaras de gas. En principio, Violeta era renuente. Lo cuenta Trías. La razón, que para ella pasar página había sido muy doloroso y no quería volver a evocar todo lo que pasó. Ella lo explicó así: “Durante 39 años, yo había guardado silencio. Había tratado de olvidar lo inolvidable, de convencerme a mi misma de que jamás había vivido aquel horror sin límites. Pero era en vano”.

Y, finalmente, se decidió. Pondría su nombre en un pleito. En el libro, Jorge Trías Sagnier explica que Max Mazin acudió a los principales despachos de abogados de Madrid, y todos desestimaron hacerse cargo del asunto porque veían inviable una querella y la acción civil tampoco prosperaría. Al final, el empresario habló con un joven letrado que colaboraba con sus empresas, Jorge Trías, y le dijo que, como era una persona con imaginación, a ver qué se le ocurría.

Trías también creyó que por la vía penal no había nada que hacer. Pero había otro camino. En se acababa de aprobar la Ley Orgánica de Derecho al Honor, e interpuso una demanda por ahí. El principal problema era lo que se define como la legitimación para demandar, y que consiste en quién puede ejercer la acusación. Había dificultades, porque Degrelle nunca aludió directamente a Violeta Friedman ni a ninguno de sus familiares asesinados en los campos, pero la iniciativa se basaba en que el nazi, escribe Trías, “falseando la y negando hechos evidentes (…) no solo lesionaban el honor de Violeta, que era judía y que estuvo internada en el campo de exterminio de Auschwitz, sino que, para mayor escarnio, llamaba mentirosos a quienes, como la demandante, padecieron el horror de los campos de concentración y de exterminio. Argumentábamos (…) que lesionaba, también, el honor del todo el pueblo judío”.

Corría el año 1985 y, todo hay que decirlo, en principio Friedman, Mazin y Trías no tuvieron mucha suerte. El juzgado de primera instancia número 6 de Madrid, la Audiencia Territorial de Madrid y el Tribunal Supremo tumbaron la iniciativa, en sentencias de junio de 1986, febrero de 1988 y diciembre de 1989, respectivamente; precisamente, al considerar que la superviviente no tenía legitimación.

El Constitucional recogió las tesis de la demanda en una sentencia histórica que ahora cumple 20 años

Sólo quedaba una posibilidad, que era el Tribunal Constitucional. Y a su puerta llamaron. En este momento ya se produjo un cambio sustancial, y es que el entonces Fiscal General del Estado, Leopoldo Torres, se mostró favorable a las reclamaciones de Friedman. El 11 de noviembre de 1991 se publicó la sentencia. En ella se lee: “”Es indudable que las declaraciones publicadas (…) poseen una connotación racista y antisemita, y que no pueden interpretarse más que como una incitación antijudía (…) que constituye un atentado al honor (de Friedman) y al de todas aquellas personas que, como ella y su familia, estuvieron internadas en los campos nazis”. Además, se expresa que “ni el ejercicio de la libertad ideológica ni la de expresión pueden amparar manifestaciones destinadas a menospreciar o a generar sentimientos de hostilidad contra determinados grupos étnicos, de extranjeros o emigrantes, religiosos o sociales, pues en un Estado como el español, social, democrático y de Derecho, los integrantes de aquellas colectividades tienen el derecho a convivir pacíficamente y a ser plenamente respetados por los demás miembros de la comunidad social”.

El Constitucional falló que Violeta Friedman tenía derecho al honor. Simplemente eso, pero fue trascendental. Ella no acudió a los tribunales a pedir nada más. No se solicitó una indemnización. No hubo más pleitos, pero algo había cambiado, y mucho. A raíz de la sentencia se constituyó una comisión en el Congreso que modificó el Código Penal, introduciendo los delitos de xenofobia, antisemitismo o contra las creencias religiosas, que ahora tienen penas de hasta cuatro años de cárcel.

Hasta entonces, este campo era, simplemente, un solar jurídico: no había nada. Pero en una partida de bridge se decidió que se podían cambiar las cosas. Hace de esto veinte años, y un libro nos lo cuenta.

FuenteLa vanguardia

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