Diario Judío México - A Sócrates le corresponde el mérito de haber articulado los interrogantes cardinales    correspondientes a la epistemología, es decir, la teoría y las posibilidades del conocimiento. Entre otros: ¿ Es posible descifrar nuestro entorno humano, físico y social? ¿Tenemos recursos para comprender rigurosamente lo que hemos identificado? ¿Y cuál es la utilidad – y si en verdad tiene- de este saber?

Interrogantes que, según el ateniense, cotidianamente reciben respuestas falsas o parciales pues el ser humano está condenado, desde su nacimiento, a vivir prisionero en un oscuro túnel donde confunde sin treguas las sombras con la realidad. Sólo si acierta a abandonar la angosta caverna podrá observar la genuina realidad, a condición de percibir con lucidez que también sus letras y signos que se conjugan en el exterior también son capaces de opacar el puntual conocimiento.

En el repetido y fastidioso diálogo callejero Sócrates ensayó averiguar qué saben en verdad los distraídos ciudadanos de , y así comprobó lo que ya conjeturaba: es honda y ramificada la pública ignorancia y las torcidas percepciones de los que habitan las calles. Y muy pocos de ellos alguna vez se preguntaban: cuál es la índole y la sustancia de la realidad – palabras, vestimentas, gestos, creencias – que cotidianamente los rodea. Recurrió al diálogo para desnudar a la ignorancia, y de aquí – tal vez – descifrar la índole y el significado de la fugaz realidad física, estética y social.

Tal vez el texto bíblico pretendió en sus primeros capítulos plantear preguntas similares desde otro ángulo. ¿Por qué y para qué el mundo fue creado? ¿Por qué se le ocurrió a Jehová dar luz a un ser limitado? ¿Y para qué dialogó con él? ¿Y qué Lo llevó a crear a Eva mientras Adán dormía? ¿Temía su opinión? ¿Y por qué Le dio luz de maneras  desiguales? ¿No anticipó que la original pareja – especialmente la mujer – contaría con recursos para profanar las exigencias del Creador?

En uno y en otro caso el conocimiento genuino nace con actos de rebeldía. Como si la genuina realidad estuviera más allá de la inmediata percepción. Representa un riguroso y divertido juego cuyas claves deben ser descifradas.

Temas y visión que inquietaron vivamente a un pensador que en las últimas décadas suscita puntual atención.  Aludo a . Nació en Lituania en 1906. Aún adolescente, la guerra que inauguró el siglo XX obligó a la familia a refugiarse en Ucrania y allí conoció las revoluciones rusas de febrero y octubre. Pocos años más tarde se sumergió en la reflexión filosófica con los alemanes Husserl y Heidegger. Y desde 1930 vive y trabaja en Paris y comienza a enhebrar reflexiones que enriquecen a la , a la teología y a la psicología multiplicando el afán socrático.

Un ejemplo: sus visiones del rostro, del otro, y de la otredad. Levinas distingue entre la percepción del rostro propio – el nuestro- cuando se dibuja y proyecta en un algún otro. Cuando se encuentran anudan un diálogo que merece interpretaciones desiguales. El Otro nos mira e interpreta en su propio lenguaje, con sus intrínsecas limitaciones, a algunas veces revela cercanía y familiaridad y en otras hostil distancia y desobediencia. Como Adán y Eva cerrados en el Edén.

En esta dialéctica de actitudes, Levinas identifica tanto el origen de la desmesurada agresividad y de las guerras como las treguas y la prudencia que vienen después. Y en estos intercambios dialécticos brota y se enriquece la reflexión con resultados desiguales. Algunas veces acertados a conocer al Otro y a la otredad, pero en otras los traicionamos por no poder comprenderlos. Y también ocurre que el Yo se muda al Otro para pensarse y mirarse de nuevo. Y los resultados son desiguales: cercana identificación en algún caso, filosa rivalidad en los demás.

Las reflexiones levinesianas conocen deudas con las filosofías de Rosenzweig y Buber, y gravitaron en Sartre cuando ensayó dibujar el perfil del judío y del otro cuando lo mira.

Levinas falleció en 1995. Por señalar que Dios es el Otro indescifrable, que suscita curiosidad y humano respeto sus planteamientos merecen opiniones radicalmente dispares entre sus lectores. Pero son ineludibles en cualquier caso.

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