Como habíamos anticipado hace varias semanas, la carrera es entre la vacuna y el aumento en los contagios; de la velocidad con que la primera pueda vencer al virus depende no solo la economía del mundo, sino el destino de millones de personas en los próximos años.

De acuerdo con los números, la competencia va pareja y con cierta esperanza del lado del proceso de vacunación en los países que han tenido acceso a dosis y que han podido aplicarlas bajo programas, más o menos, organizados.

La pregunta no es cuándo se juntarán las dos líneas en la gráfica, sino la posibilidad de que la vacunación supere a la enfermedad durante el tiempo suficiente para, ahora sí, ver la luz al final del túnel y estar tranquilos de que no es una locomotora en sentido contrario.

Fuera de los pronósticos económicos, que varían cada semana conforme esta carrera por la vida se desarrolla, nuestra misión como ciudadanos debe ser ayudar a los grupos que van primero en la fila para recibir la inmunización.

Al menos hasta el momento, el otro factor que podría frustrar el ritmo de este procedimiento, la desconfianza en las vacunas, no ha permeado en un porcentaje representativo de la población que ha estado en posibilidades de inocularse; pero no podemos cantar victoria cuando la desinformación y la grilla empiezan a crecer con igual ferocidad que el SARS-CoV2 y sus variantes.

Como ciudadanía ya no podemos quedarnos en las gradas a ver qué factor gana primero, nuestra economía personal y la salud de nuestras familias está en juego, así que debemos actuar en lo que nos corresponde y eso es vacunarnos en cuanto nos toque.

Compartir información falsa o sin comprobar, cosa que estamos haciendo todo el tiempo, hará que muchas y muchos adultos mayores, entre otros, piensen dos veces en recibir su inyección y eso es un acto criminal que no tiene relación con gobiernos o con preferencias políticas. Si no apoyamos la vacunación masiva, no saldremos a una nueva realidad.

Porque lo que vivíamos en el lejano 2019 no volverá, esa es una ilusión que deja a un lado todos los cambios que han ocurrido en prácticamente cada actividad humana. Ni los espacios públicos, laborales o de esparcimiento serán los mismos, y esa es una buena noticia.

Tampoco lo serán nuestros hábitos, ni la forma en que convivíamos antes de que los metros cuadrados suficientes, una dieta adecuada, hacer ejercicio, colaborar desde nuestra propia familia para estar sanos, se convirtieran en cuestiones de vida o muerte.

Adaptarnos a un año más de cubrebocas y sana distancia será crucial; así como aprender a viajar, ir de vacaciones, comprar o acudir al trabajo en nuevas condiciones salvará millones de empleos, entre ellos, los propios.

Luego vendrá la reflexión colectiva sobre lo que nos trajo hasta esta pandemia y si la convertiremos en un punto de inflexión para mejorar o trataremos de olvidarla lo más pronto posible para seguir preocupándonos de nosotros mismos, el peor error que podríamos cometer ante los desafíos globales que todavía nos ponen en peligro como el cambio climático o la siguiente crisis sanitaria. Estamos apenas a tiempo.

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