Una indagación a tumba abierta tras anunciar en el prólogo que todo girará en torno a Hanna Arendt, quien murió a los 69 años en 1975. La filósofa judía nacida en Alemania y fallecida en Estados Unidas adquirió celebridad internacional a causa del juicio en Jerusalén a Adolf Eichman, asunto sobre el que se extendió en su libro Eichmann en Jerusalén, subtitulado La banalidad del mal.

No es poca la audacia de Garantivá al desarrollar esta dramaturgia para iluminar «tiempos de oscuridad». La acompañan dos actores y una actriz solventes, y entre todos no temen la maraña de sus pensamientos en voz alta, sus ejercicios actorales que de pronto se comen el objeto de la representación; nada temen, se lanzan a compartir con la autora y actriz una búsqueda singular donde prevalece la ternura de sus intenciones muy por encima de la ambición de acercarse a los postulados de Hanna Arendt. De hecho, la biografía que aquí se apunta vagamente en episodios de irregular interés, es una búsqueda poco menos que infructuosa, lo cual puede generar cierta frustración en los espectadores atraídos por el título, especialmente los fascinados por aquella mujer que se atrevió a contradecir a la comunidad judía internacional, que la repudió al asegurar, por ejemplo, que el fiscal en Israel estaba equivocado al asegurar que Eichmann había sido un monstruo, «el monstruo que hizo posible la perfecta cadena de trenes cargados de seres humanos de todas las edades rumbo a los campos de exterminio». Para Hanna, lo peor de la tragedia era que el burócrata que hizo lo que le ordenaban, podía ser uno de nosotros, gente corriente, mediocre, que acata los designios del poder establecido… y de allí llegaba a asegurar que también había responsabilidad en aquellos que callaron, colaboraron, acompañaron, hicieron posible el horror.

Para Arendt Eichmann no era un demonio, sino un hombre normal con un desarrollado sentido del orden que había hecho suya la ideología nazi; orgulloso, la puso en práctica esgrimiendo su talento para los organigramas. Un aplicado y ambicioso burócrata, una persona «temiblemente normal»; un producto de su tiempo y del régimen que le tocó vivir. No por ello inocente, claro, de allí la polémica al cuestionar la pena de muerte.

Sus ideas siguen molestando hoy como lo hicieron hace cincuenta años. Nada en la historia es blanco y negro, y los análisis de Arendt despiertan la animadversión de los que prefieren explicárselo todo con esquemas simples que no permitan la duda ni obliguen a reflexionar sin fin. Por ello es más preciso que nunca ir a la fuente y leer a Hannah Arendt, porque ella puso de manifiesto que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellas personas que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo. Y eso es válido también para los tiempos que vivimos. (Monika Gustova, El malentendido sobre Hannah Arendt, El País)

Pero en esta función, Garantivá escribe e interpreta una búsqueda de llegar al corazón de la mujer que revolucionó la mirada sobre el Holocausto irradiando la profundidad de su dolorosa visión a todos los acontecimientos políticos violentos (no solo bajo guerras), ligados a la economía de los poderosos y muchos otros aspectos en los que la gente de a pie ha de tener una responsabilidad, más allá de su supervivencia aceptándolo todo porque es la obediencia debida o inculcada la que prevalece por delante de la más elemental moralidad.

La autora indaga, rebusca, deambula por las cornisas de las preocupaciones escénicas combinando ráfagas históricas con situaciones de la Compañía y llega a un final abierto, donde a mi entender comete el error de dar por sobrentendido lo ocurrido en el Jerusalén donde fue juzgado y condenado a la horca el alemán, después de secuestrarlo de una confortable existencia en un pueblo de la pampa argentina. En realidad Karina Garantivá escapa de esta intención y logra, eso sí, una exposición de alguien que tiene en su haber más preguntas que respuestas, y se abandona a esta tarea de mostrar sus dudas en el sugerente juego del como si se tratara de las matriuskas, las populares muñecas rusas que siendo siempre una se reproduce en varias.

La indefensión con que Karina Garantivá se expone llega a conmover, y así resulta lo más valioso de la experiencia. Entre situaciones diversas, el interés aumenta siempre que los buenos intérpretes se convierten en otros, lo mismo un perro que una Hanna que habla castellano con acento alemán o cuando se canta en otros idiomas, entrando y saliendo en todo caso de su egocentrismo actoral… Allí donde se transforman logran atravesar los Tiempos de oscuridad en busca de una Hanna Arendt que no llegan a encontrar; seguirles de cerca, acompañarles en esta búsqueda tiene un notable valor plástico y sentimental, antes que ideológico. Más aún si —antes o después— se presencia el otro espectáculo de la misma Compañía, ya comentado en estas páginas, Voltaire, de Juan Mayorga.

Los cuatro intérpretes de izquierda a derecha: Rodrigo Martínez-Frau, Karina Garantivá, Felipe Ansola, Tábata Cerezo.

… Hannah Arendt habla del “amor mundi”. Se trata de pensar al mismo tiempo que se está viviendo y actuando en el mundo. Eso me impresionó y pensé que llevarlo al podía ser muy atractivo, si mientras hacemos y escribimos dramas, logramos también pensar sobre el y sobre el mundo. No separar el pensamiento de la acción. No ser solo un espectador y tampoco solo un actor, sino las dos cosas de forma combinada. Y por ahí me vino la idea de iniciar este proyecto.

Dramaturgia: Karina Garantivá
Dirección: Ernesto Caballero
Diseñador: Fer Muratori
Iluminación: Paco Ariza
Ayudante de dirección: Nanda Abella
Ayudante artístico: Pablo Quijano
Ayudante de iluminación: Miguel Agramonte

Un espectáculo producido por Urgente en Residencia en el Quique San Francisco y con el apoyo del Instituto Nacional de las Artes escénicas y la Música (INAEM).

TEATRO GALILEO-QUIQUE SAN FRANCISCO DEL 9 DE OCTUBRE AL 7 DE NOVIEMBRE 2021

FuenteCulturamas

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