Conforme a su programa de investigaciones, el Instituto Israel para la Democracia publicó en los últimos días un balance exhaustivo sobre la evolución demográfica y socioeconómica de la minoría ortodoxa judía en Israel. El cuadro que presenta y sus implicaciones – especialmente en estos tiempos del covid – facilitan la identificación de los principales problemas y dilemas que exhiben estas agrupaciones, así como el lugar que ocupan en el país.

En términos demográficos estos segmentos - más allá de su interna diferenciación según origen y modalidades en la oración- exhiben un rápido crecimiento. En conjunto constituyen el 13 por ciento de la población del país. Más de la mitad de este conglomerado cuenta con menos de 16 años y consta de familias que cuentan en promedio con cinco a siete hijos. En Jerusalén y Benei Brak residen la mitad de ellas. Así, cabe anticipar que su peso electoral en el país aumentará en los próximos años en favor de los partidos que los representan.

Esta población tiende a contraer matrimonio a una joven edad – entre 18 y 23 años – y su inserción en los estudios universitarios es modesta. Sólo un tercio – particularmente del sexo femenino - cuenta con algún diploma escolar que permite el acceso a ellos. El porcentaje de divorcios respecto a la población en general es considerablemente reducido.

En términos socioeconómicos los segmentos ortodoxos se ubican en un nivel relativamente inferior al de la población en general, y en la mayoría de los casos es la mujer quien trabaja y contribuye al sostenimiento de la familia. Labores que conocen frecuentes interrupciones debido a los repetidos embarazos. En contraste, los hombres prefieren consagrarse a la lectura e interpretación de textos religiosos y sus aportes al mantenimiento del hogar son modestos. Tendencia que revela un ligero cambio en los últimos años: estudios de derecho y de computación parecen atraer a una minoría de ellos

En cuanto a los principales medios de información, estas comunidades cuentan con periódicos y estaciones de radio dirigidos y controlados por instancias religiosas o por elementos leales a ellas.  Pocos hogares cuentan con aparatos de TV, y en tal caso los padres establecen los programas y las horas de acceso a este medio. Debido a la relativa escasez de recursos económicos y de interés personal, las familias se abstienen de hacer viajes de turismo en el extranjero, y la marginalidad socioeconómica que los caracteriza- amén de los valores que respetan- no los motiva a abandonar el país. Bien saben que en el extranjero apenas gozarían de los beneficios y de la relativa estimación que conocen en Israel.

Por otra parte, debido a la abstención masiva del servicio militar y de los estudios académicos- en particular en las ramas de la medicina – la seguridad y la salud de ellos dependen de recursos y servicios que presentan un perfil diferente. Sin embargo, el carácter democrático del país y el importante lugar que los sectores ortodoxos ocupan en la formación de las coaliciones gubernamentales les asegura la efectiva satisfacción de sus necesidades.

Cabe señalar que esta equilibrada convivencia se ve en estos días trastornada por la difusión del covid. Desde su aparición en el país el virus afecta a un alto porcentaje de la población ortodoxa en ciudades como Jerusalén y Benei Brak. En múltiples casos, el conglomerado ortodoxo no se ajusta a las severas medidas que el gobierno ha instituido a fin de contener su expansión. Fiestas matrimoniales, grupos de estudio, aglomeración en los cementerios: marcos que apenas se apegan a las normas impuestas por el gobierno.

Ciertamente, se trata de un comportamiento que suscita filosas críticas en la opinión pública. Sin embargo, se anticipa que no influirán en el torneo electoral de marzo; el apoyo a los partidos ortodoxos se perfila hoy tan firme como en el pasado.

En suma: realidad y tendencias apenas comprensibles en otros contextos.

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Llegué a México desde Israel en 1968 invitado por Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. A partir de 1969 me integré a la CEPAL, Naciones Unidas. Fui investigador en El Colegio de México en los años noventa, asesor de UNESCO, y en la actualidad catedrático en la Universidad Bar Ilán de Israel.