Diario Judío México - Los medios de comunicación presentan, evidentemente, apenas fragmentos de un fragmento del mundo, de la realidad. Cuestión de tiempo, espacio, recursos. Pero, amén de esta lógica inevitabilidad, dirigen su atención – y, así, ciertamente la de sus audiencias – a un número aún más reducido de asuntos; aunque en este caso, serían otras las razones – acaso políticas, económicas o ideológicas.

Agenda-setting (establecimiento de la agenda) es el término con que se identifica – como exponían Dietram A. Scheufele y David Tewksbury (Framing, Agenda Setting, and Priming: The Evolution of Three Media Effects Models) – la existencia de una fuerte correlación entre el énfasis que los medios de comunicación ponen en ciertos temas y la importancia que las audiencias masivas atribuyen a los mismos.

En este sentido, el Dr. Maxwell McCombs (Building Consensus: The News Media’s Agenda-Setting Roles) señalaba que la investigación ha revelado que los medios de comunicación “tienen un éxito asombroso en decirnos en qué pensar y a menudo tienen un éxito asombroso en decirnos cómo pensar en ello. Las crónicas hacen mucho más que llamar nuestra atención sobre los temas, también enmarcan esas cuestiones de diversas maneras, influyendo en las perspectivas del público sobre las facetas clave de estos temas”.

El caso de la cobertura en español del conflicto árabe-israelí ilustra bien este concepto; o, más bien, la aplicación hiperbólica del mismo: la insistente, posicionada y sobredimensionada atención prestada a este conflicto (reducido – comparado con otros que han asolado a la región y al resto del mundo en los últimos setenta años), así parecen indicarlo. De esta casi obsesión (en la que el estado judío es presentado en el rol de “opresor”, “colonialista”) resulta, más que un afán informativo (con sus más y sus menos), la imposición de una idea (preconcebida) de una “verdad” a la manera de las verdades reveladas y preñadas de esa “moralidad” de señalamiento; es decir, de elementos que sirven para diferenciar a “rectos” – quienes acatan del dictum – de “inmorales”. La reiteración y la práctica unidireccionalidad del abordaje y encuadre de los temas relacionados con este conflicto produce una falsa sensación de un consenso alrededor del mismo (ergo, de la identificación maniquea de “culpables” y “víctimas”).

McCombs iba más allá al identificar un segundo nivel de la agenda-setting que explica empíricamente la tesis de Walter Lippman sobre la influencia de los medios en las imágenes mentales que nos formamos. Así pues, en el primer nivel se trata de un conjunto de objetos (asuntos públicos, normalmente). Más allá de esta “agenda de objetos” (o de temas, si se quiere), el académico distinguía, pues, un segundo nivel, donde el conjunto está formado por atributos: “cada uno de los objetos [del primer nivel] tiene numerosos atributos, características y propiedades que detallan la imagen de cada uno de ellos. Tanto la selección de objetos [o temas], como la selección de atributos para pensar sobre esos objetos son papeles poderosos del agenda-setting”.

Para vincular esa selección de atributos con la audiencia – y con la imagen que ésta se formará sobre los objetos que pretenden describir -, está la narrativa; como manera en que se incorporan y vinculan esos fragmentos, tratados muchas veces como si fueran en realidad la totalidad, al mundo de imágenes mentales del lector.

Narración

“Para los hechos sociales, la actitud que tomamos hacia el fenómeno es parte constitutiva del propio fenómeno…”, John Searle, The Construction of Social Reality

Michael Schudson (The Politics of Narrative Form: The Emergence of News Conventions in Print and Television) sugería precisamente que “el poder de los medios de comunicación no reside sólo (y ni siquiera principalmente) en su poder de declarar que las cosas son verdaderas, sino en su poder de proporcionar las formas en que aparecen las declaraciones”; es decir, en definitiva, en la forma en que el mundo se incorpora a convenciones narrativas incuestionables e inadvertidas para, posteriormente transfiguradas, ya no ser un tema de discusión sino una premisa.

Mas, lo que puede asir de realidad esta narrativa, esta forma en que el mundo se incorpora a la audiencia, es tan limitado (o acaso más) que aquella que se señalaba al principio de este texto – la de la atención que pone el medio, el periodista en determinadas porciones de existencia, de sucedidos. Y, como en ese caso, la forma en que se cuenta aquello sobre lo que se ha fijado la atención (de la audiencia) también se halla a merced de las condiciones que imponen cuestiones vinculadas con intereses particulares que el periodista pudiera tener.

Muy a la merced, porque las emociones y los posicionamientos ideológicos eligen sin dificultad las palabras y su combinación para darle la forma que conviene a sus dictados.

No en vano, James Ettema y Theodore Glasser apuntaban (Narrative Form and Moral Force: The Realization of Innocence and Guilt Through Investigative Journalism) que, como consecuencia de “la relación entre las narraciones históricas y los hechos históricos (y también, podría aventurarse, periodísticos) que presumiblemente las constituyen, … la coherencia que el relato proporciona a los hechos ‘sólo se logra mediante la adaptación de los ‘hechos’ a los requisitos de la forma de la narración’. Los hechos se seleccionan para que encajen en la historia, pero, más que eso, los hechos y la historia se constituyen mutuamente, aunque no necesariamente de forma consciente”.

Desde el léxico (propio del liderazgo palestino) y el encuadre de los hechos (siguiendo la misma línea), la amplia mayoría de crónicas (formidables y reiteradas omisiones y distorsiones mediante), elaboran una “realidad” muy particular, muy a la medida de cómo los líderes palestinos quieren que el público occidental los perciba, y de cómo desea que sea percibido. Algo así como lo que la llamada diplomacia pública procura – sólo que disfrazada de noticia.

De noticia, sí; y de moral. Porque, como apuntaban Ettema y su colega Glasser, para Hayden White la narrativa es, también, otra cosa: un instrumento para afirmar la autoridad moral. Y explicaban que el historiador (y perfectamente podría decirse también que el periodista) que es requerido a dar un relato autorizado de lo ocurrido, al intentar proporcionarlo, invocará la autoridad de la propia realidad; pero, según White “la realidad no proporciona un relato de tipo narrativo. Lo que sí proporciona tal relato es una visión esencialmente moral de los acontecimientos. De hecho, es la fuerza moral de una historia la que proporciona la apariencia de realidad “.

Y citaban a White, que afirmaba que:

“Los eventos que se registran en la narración parecen ‘reales’ precisamente en la medida en que pertenecen a un orden de existencia moral, de la misma manera que derivan su significado de su colocación en este orden”.

Es, aseguraban los autores, el “impulso moralizador” el que dota a los hechos de relevancia y a las historias, de cierre y coherencia – las mismas características que utilizamos para juzgar el valor y la verdad de las historias que escuchamos y contamos.

Quien lee la crónica, participa así – con estimulada indignación (o con la emoción que toque) -, con ese mero acto, de ese universo moral: confirmado o reafirmado no sólo de su pertenencia a él, sino de la probidad de los valores de este mundo respecto de aquel otro que representa (o, mejor dicho, le hacen representar) (y su culpa notable). Principalmente, porque la narración es, a decir de White, fundamental metafórica; es decir, indica qué imágenes debemos buscar en nuestra experiencia cultural para determinar cómo debemos sentirnos sobre aquello que se representa, narra.

El “impulso moralizante” en las crónicas necesita precisar claramente los roles de los sujetos que participan del suceso (poder y subordinación, virtud y vileza; etcétera), lo que permite identificar (y censurar) conductas. Ello requiere (y, a su vez, faculta para) moldear y delimitar las “verdades”, los hechos que se relatan. La narrativa periodística incorpora así a de forma indiscutible e inamovible, al universo moral configurado: convertido dicho país en una convención que ha de provocar un sentimiento negativo (y, claro está, rechazo).

Rafal Sánchez Ferlosio postulaba en Páginas escogidas que “si se establece que hay un mal supremo…, ese mal se verá abocado, de modo inevitable, a ser temido y reputado como el único mal”. Para que haya un tal mal supremo, parece que un bien igualmente extraordinario ha de postularse como una suerte de referencia, para cotejar. Y, en más de una ocasión, parece que el único o primordial objetivo de presentar positivamente a los palestinos (de manera exagerada casi hasta el ridículo – para lo que las tareas de omisión y cinismo son ciertamente “dignas” -, con perfiles y entrevistas que parecen propias de la hagiografía), es para poder retratar de manera igualmente desmesurada, pero opuesta, a

Cuando los hechos son apenas excusas para otra cosa bien distinta que la dar cuenta de ellos (del contexto en el que suceden, de sus causas, sus actores, etcétera), dejan de ser esos hechos para pasar a ser elementos maleables más emparentados con el engaño, con la desinformación y la propaganda, que con el acto de comunicar, de contar sin otro propósito adherido, escudado.

Lo que queda es apariencia de periodismo, de moral, de solidaridad. Queda la narración (en la que el palestino es “víctima inocente” y los árabes, autóctonos del Tierra Santa – con un Jesucristo de kufiyya) cuyo género preferente es el de la tragedia. De la “tragedia” palestina o “nakba”, con connotaciones bíblicas – vaya ironía -; con los palestinos casi elevados a figuras seráficas, vinculadas a un mundo ideal pretérito (que nunca existió). Y la moraleja del relato parece ser esta, siniestra: “Nunca descreas de tus prejuicios contra los judíos”. Perdón, “israelíes” o “sionistas”.
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