Los líderes mundiales, con abrumadora representación de la democracia liberal, se reunieron en Jerusalén para conmemorar el 75 aniversario de la liberación del campo de exterminio nazi en . Ante el rebrote del , en particular en Europa, recordar las lecciones de esta dolorosa historia es un deber y combatirlo es prioritario.

Vivimos tiempos difíciles para la democracia liberal. Las instituciones están bajo presión. Las reglas y normas son desafiadas y, en algunos casos, burladas descaradamente. La sociedad se polariza y se fragmenta. Y reviven “ismos” tóxicos del pasado: etnonacionalismo, populismo, y, en particular, .

Sin embargo, el desinterés, cuando no el hastío, califican las reacciones ante esta desazonadora pujanza. El  es una señal de alerta para cualquier sociedad. Los ataques a la comunidad judía presagian ataques a otros grupos.

La confesión del pastor alemán Martin Niemöller después de la II Guerra Mundial capta elocuentemente esta progresión: “Primero vinieron por los socialistas y yo no dije nada -porque yo no era socialista-. Luego vinieron por los sindicalistas y yo no dije nada -porque yo no era sindicalista-. Luego vinieron por los judíos y yo no dije nada -porque yo no era judío-. Luego vinieron por mí, y no quedaba nadie para hablar por mí”.

Pero los riesgos de un creciente son mucho más profundos. Trascienden a un grupo social concreto. Interpela a la sociedad en su conjunto porque su rechazo está en la raíz del diseño jurídico constitucional de nuestro proyecto europeo. El imperativo del nunca más en Europa ha sido siempre más aspiración que realidad. La masacre de Srebrenica en 1995 , la guerra y la depuración étnica que acompañaron a la división de Yugoslavia, claramente lo desafiaron.

Pero el examen de conciencia que siguió al conflicto de los Balcanes sugiere que los europeos, cuando menos, reconocieron la traición de sus valores fundamentales. Hoy, por el contrario, parecería que nos falta aliento para abordar una reflexión semejante.

El , pecado original paneuropeo, se vulgariza entre nosotros. Demasiado a menudo se minusvaloran actos de , cuando no se racionalizan de manera cínica. Las manifestaciones de indignación o solidaridad frecuentemente carecen de profundidad, y cualquier discusión acaba en argumentaciones sobre políticas israelíes o norteamericanas.

Mientras tanto, la democracia liberal se debilita. Dos razones para esta débil respuesta merecen especial atención: el desvanecimiento de la memoria. La singularidad del Holocausto se desdibuja y su perfil se va fundiendo entre las tragedias de la historia y esta amnesia arrastra consigo el entendimiento de por qué tiene y debe conservar entre nosotros un lugar privilegiado.

Por otra parte, la pujanza del antisemitismo y la tibieza de la respuesta social son manifestaciones sintomáticas de una erosión de los principios fundamentales y las instituciones democráticas que estructuran nuestra convivencia. La instrumentalización de las reglas, normas y principios más básicos para fomentar objetivos personales o partidarios amenaza con quebrar nuestras sociedades.

El retorno del antisemitismo como precursor del debilitamiento del Estado de Derecho y las libertades individuales nos interpela a cada uno. Por ello, al contemplar esta conmemoración del Holocausto, tengamos muy presente la imagen que este espejo arroja de nosotros mismos. Podemos desviar la mirada y permitirnos llegar al punto en que no quede nadie para hablar por nosotros, o podemos reconocer la amenaza a que nos enfrentamos y hacerle frente.

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