Cuentan los que conocen al que desde que llegó a la ciudad de Migdal Haemek en 1968, el rabino se sentaba con los jóvenes en las calles que no querían ir a las escuelas. No les gritaba, nos los culpaba, no les exigía nada; solo se sentaba a dialogar con ellos, a escucharlos, a comprenderlos y a tenderles una mano para que puedan superar su problemas y salir adelante.

En la actualidad, 53 años después, el sigue sentándose con los niños, sigue escuchándolos, sigue comprendiéndolos y por sobre todas las cosas sigue ayudándolos ofreciéndoles las herramientas necesarias para convertirse en ciudadanos productivos del Estado de Israel.

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El solo acto de ayudar al prójimo, de escucharlo, de comprender sus penas y aflicciones, aunque sepamos que nuestra acción tenga pocas posibiildades de ser exitosa, es un trabajo largo y complejo, pero que al fin y al cabo nos llena de satisfacción y brinda la posibildad de ver milagros aqui y ahora.