Desde la intervención de EEUU y sus aliados a partir del año 2001 en países como e Irak o el desarrollo de la llamada Primavera Árabe desde el año 2010 y los sucesivos movimientos de una u otra índole, se han ido produciendo conflictos que han arrastrado a millones de personas a un ciclo de migraciones casi sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial.

Las guerras de Libia y Siria han generado un drama humano al que la Europa de la unión surgida de la guerra mundial no había tenido que enfrentarse, al menos en las proporciones que llevamos viendo en la última década. Todo un drama con millones de personas que han abandonado su hogar o directamente lo han perdido por las circunstancias vividas en su país, que han buscado un futuro mejor y que en muchos casos han sido penurias y la muerte lo que han encontrado.

Dos momentos

El periodo de paz que se vive en occidente desde 1945 (salvo conflictos europeos como la Guerra de los Balcanes), y la mejora del nivel de vida en general de las sociedades occidentales ha hecho que nos olvidemos un poco que en otras ocasiones fuimos nosotros y nuestros ancestros los que sufrimos los avatares de la historia. Para hablar de este delicado tema y centrarlo en sucesos de índole parecida que han ocurrido en Aragón, me centraré en dos momentos diferentes de la historia.

El primero llega en el año 1492, año icónico por el fin de la Guerra de Granada y su conquista por parte de los Reyes Católicos tras una guerra de casi 10 años de duración con la que se hicieron con el último de los reinos andalusíes que quedaban en la Península Ibérica. También se inició el periplo de Cristóbal Colón que conllevó el descubrimiento para Europa de todo un nuevo continente. Pero hubo un tercer evento que cambió radicalmente la de los reinos hispánicos: la expulsión de los judíos.

La hebrea llevaba siglos viviendo en la península y se había convertido en un pilar clave para las monarquías, el desarrollo del comercio, la artesanía, la medicina y otras disciplinas. No eran pocos los monarcas que buscaban la ayuda económica de las comunidades judías para emprender sus proyectos. Sin embargo, también eran los primeros cabezas de turco cuando la situación venía mal dada y se les culpaba de sequías, epidemias y todo lo que se terciara.

Con el fin de la conquista de Granada el 2 de enero de 1492, toda la península quedó ya políticamente en manos cristianas. Sin embargo, la de los Reyes Católicos iba dirigida a lograr también una misma fe en sus reinos, lo que supuso desarrollar una dirigida a convertir o expulsar tanto a sus nuevos súbditos musulmanes recién conquistados, como los mudéjares que ya había en sus propios territorios así como el caso de la población sefardí.

Deuda ingente
Además, la judía había apoyado generosamente a los Reyes Católicos con dinero tanto en la guerra civil que llevó al trono castellano a Isabel y a Fernando como en la propia guerra granadina. La deuda contraída por parte de la corona era ingente, así que de expulsarles el ahorra iba a suponer un gran respiro para las arcas. Además, a lo largo del siglo XV se había hecho cada vez más fuerte el sentimiento antijudío entre la población a causa de las crisis económicas, los brotes de peste, etc. Todo esto se une para que en ese año de 1492 firmaran el decreto de expulsión. Todos aquellos judíos que no se convirtieran al cristianismo tenían que abandonar prácticamente con lo puesto la tierra de toda su vida y de sus antepasados. Las cifras oscilan, pero los estudios más recientes hablan de entre 70.000 y 100.000 los judíos que tuvieron que marcharse, siendo entre 10.000 y 12.000 los que se marcharon del Reino de Aragón. Un duro golpe demográfico aunque sobre todo fue duro para la economía, las artes o ramas como la medicina, pues algunos de los mejores médicos de la época eran de condición hebrea. La mayoría de estos sefardíes expulsados se fueron por los actuales Marruecos, Argelia, Túnez y sobre todo Egipto y el Imperio Otomano. De hecho, en la actualidad se puede encontrar en Estambul un periódico editado en lengua sefardí.

El otro episodio que fue todavía más dramático si sabe fue la expulsión de los moriscos. Esa misma de unión religiosa de los Reyes Católicos llevó a la conversión forzosa en este caso de toda la población musulmana del reino de Castilla primero, y ya en tiempos del emperador Carlos V de Habsburgo en los Estados de la Corona de Aragón. Siempre existió la sospecha de que aquellos nuevos cristianos llamados moriscos siguieron practicando la fe islámica en secreto e incluso que ayudaran a una hipotética invasión de los reinos hispánicos por parte de los otomanos.

Por ello, en cuando en tiempos de Felipe II de Habsburgo (Felipe III en Castilla) se logró alcanzar la paz en todos los frentes bélicos abiertos hasta entonces por parte de la Monarquía Hispánica, se decidió acometer su expulsión. Se llevó a cabo entre los año 1609 y 1613 y fue especialmente traumática para los reinos de Valencia y Aragón por su gran número. Alrededor de 70.000 personas fueron expulsadas del reino aragonés (unos 300.000 en total entre toda la Corona de Aragón y Castilla), y algunas regiones de Aragón, sobre todo de la cuenca del Ebro, quedaron práctica o totalmente deshabitadas, como es el caso de la localidad de Gelsa. Miles de personas tuvieron que buscarse la vida fuera de lo que siempre habían conocido, de sus casas, sus tierras y del hogar donde estaban enterrados sus ancestros. Y es que a veces la parece que sea como la morcilla: esta hecha de sangre y (a veces) se repite.