Siendo las diez de la mañana de un 21 de diciembre, en cierta notaría de Córdoba se procedía a otorgar la venta de una casa legendaria situada en su Casco Histórico. Tras estampar su firma, el hasta entonces propietario, que respondía a las iniciales E.D.R, con lágrimas en los ojos, comentó al comprador: «A ver si tú tienes más suerte que yo y lo encuentras».

En todas las épocas, los hombres han intentado poner a buen recaudo sus objetos más valiosos. Pero en muchos momentos, tuvieron que buscar a toda prisa un escondite donde ocultar sus monedas y demás objetos de oro y plata. Estos hechos han acecido de manera cíclica en la Ciudadcoincidiendo con las guerras, invasiones o tumultos en distintos momentos de nuestra historia.

Así ocurriría en tiempos de Roma con la llegada de los bárbaros, apareciendo por doquier tesorillos de monedas acuñadas en los últimos años del Imperio. Después serán los visigodos los que enterrarán importantes alhajas tras la invasión musulmana.

Más tarde, los agarenos harán lo mismo y en momentos distintos; primero, cuando la esposa de Alhakén II, Subh, intenta poner a salvo de la codicia de Almanzor el tesoro califal, sacándolo del Alcázar y camuflándolo en el interior de tarros de miel y mermelada.

Pocos años después, con la caída del Califato y el inicio de la ‘fitna’, los cordobeses huyen de sus casas de la periferia ante el acoso de los bereberesMuchos de ellos confiaban en retornar a sus hogares al poco tiempo, como lo demuestra que tapasen sus pozos y dejasen escondidos algunos tesoros que, sin embargo, jamás recuperarán.

Dos siglos más tarde, en 1236, el pueblo musulmán abandona Córdoba tras la conquista cristiana, aunque el rey Fernando III les permitió salir con los bienes que pudiesen transportar. Perdieron pues sus propiedades inmobiliarias, pero llevando consigo sus más preciados objetos. No tuvo tanta suerte el pueblo judío que, hasta en tres momentos distintos, vio peligrar sus vidas bienes. Primero llegó el asalto a la Judería en 1392, donde se produjeron saqueos y una gran mortandad. Pocos judíos pudieron ya retornar a sus casas, las cuales, desde entonces, ingresaron en el nuevo barrio cristiano de San Bartolomé.

En 1473 se produce el incidente de la Cruz de Rastro, en el que los descendientes de aquellos judíos, ahora ‘cristianos nuevos’ o judeoconversos, son asaltados ferozmente. Las muertes, el saqueo y el incendio de sus casas durará varios días, durante los cuales, los conversos intentarían poner a salvo los objetos valiosos. Utilizarían como escondite los pozos de sus casasfalsos muros o ciertas oquedades para despistar a aquellas hordas sedientas del «tesoro de los judíos». Sí, eso se decía, que eran ricos, que su fortuna se había labrado a costa del pueblo.

1500, el origen de una búsqueda

Sea como fuere, aquellos conversos ya tenían experiencia en ser el blanco de la codicia, por lo habían aprendido que era mejor ser inquilino que propietario y utilizar instrumentos de cambio que efectivo. De hecho, muchos de los asaltados eran cambistas y parte de los tumultos se producen en un tramo de la calle Cardenal González conocido precisamente como los «Cambios».

Fueron pues la nobleza y el Cabildo de la Catedral los grandes perjudicados, al ser ellos los grandes propietarios inmobiliarios del momento. Sus casas quedaron muchos años cerradas y tapiadas, sin clientes, mientras que los conversos iniciaban su particular éxodo. Algunos cruzarán el Estrecho y otros muchos se reunirán en Gibraltar, su nueva Tierra prometida, territorio del que pocos conocen fue comparado por aquellos cordobeses al duque de Medina Sidonia. Sin embargo, aquel sueño poco durará y tras ser expulsados del Peñón, algunos conversos, bajo promesa de protección de los Reyes Católicosvolverán Córdoba, alcanzando de nuevo un importante estatus social y económico.

Por desgracia, aquel horizonte esperanzador terminará drásticamente en 1482, al implantarse el Tribunal de la Inquisición, que desde entonces compaginará las penas de fuego, con de la requisa de los bienes y las millonarias multas a los condenados y «reconciliados». es decir, a los perdonados. De momento…

Los rumores y leyendas de tesoros escondidos por los judíos circularán desde aquellas fechas durante muchos siglos en nuestra ciudad. Al parecer, también llegaron a oídos de E.D.R, quien probablemente conocía que la casa había pertenecido a un importante y rico converso, el jurado Juan de Córdoba Membreque.

Aquel propietario convirtió la búsqueda en una auténtica obsesión hasta el punto de llegar a convertir su casa en una ruina

Allá por el 1500, el jurado y casi toda su fue quemado vivo en auto de fe, acusado de tener en su casa una sinagoga. No contento con ello, el inquisidor Lucero mandó oficiales a la vivienda para que buscasen el tesoro que, de seguro, la Membreque habría escondido en algún lugar de la misma.

Meses después, desesperado ante lo infructuoso de la búsqueda, Lucero ordena que la casa sea «derrocada», esto es, demolida, con el pretexto de haber servido de templo para los judíos. Cierto día, 500 años más tarde, E.D.R. decidió emprender él también la búsqueda , convirtiéndose con el tiempo en una verdadera obsesión. Día tras día, a veces incluso noches enteras, excavaba en la casa; primero comenzó en los patios y después le siguieron las salas y los dormitorios. Los vecinos confiesan que escuchaban extraños ruidos y que el olor comenzaba a ser nauseabundo por la acumulación de basura en el interior. Pasaban los años, y el propietario literalmente envejeció con el pico y la pala en la mano. Cuando ya le flaqueaban las fuerzas, proponía a los chavales del barrio que le ayudasen a cambio de veinte duros. Por entonces, la casa era ya un queso de Gruyére; agujeros y túneles recorrían el subsuelo en todas direcciones e, incluso, se adentraban en las propiedades vecinas. Cierta madrugada, debilitados los cimientos y tras varias jornadas de lluvia incesante, un gran estruendo despertó a buena parte del vecindario. La casa, como ocurriera siglos atrás, había vuelto a ser «derrocada» y entre toneladas de escombro y basura, acabó el sueño del propietario. Ya no volvería a excavar, muriendo a los pocos meses sin saber que quizá sí había encontrado el tesoro, pero no el que él esperaba de oro y plata…

En efecto, excavando había llegado a los antiguos sótanos medievales tres metros por debajo. Allí encontró enterrada una misteriosa bañera o pilón de piedra, que seguía llenándose de agua cristalina que afluía por un largo túnel que aún discurre bajo una famosa calleja de Córdoba. ¿Encontró el ‘Miqvé’ de la sinagoga? De ser así, aquel propietario había encontrado un verdadero tesoro arqueológico, como pocos existen en España.

Manuel Ramos es director de la Casa de las Cabezas

VIASevilla

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