Una oscura calle de tierra de San Fernando, en el norte de la provincia de Buenos Aires. Sin iluminación, ni los mínimos servicios, vivían allí vecinos humildes,  desperdigados en casuchas. Nada era diferente esa noche de miércoles salvo un par de autos estacionados, uno sobre la ruta 202, frente un escuálido kiosco, y otro en la esquina de misma ruta y Garibaldi. Habían pasado dos colectivos 203 dejando atrás una estela de polvo, nomás. Los hombres de los autos empezaban a impacientarse porque esperaban ansiosos a un obrero de la calle Garibaldi, Ricardo Klement. Este discreto señor con aires teutones trabajaba a 30 kilómetros de su hogar,  y viajaba cuatro horas por día, en diferentes transportes, para llegar a la planta de Mercedes Benz en González Catán. Al fin baja Klement encorvado y arrastrando los pies, y detrás se apresura a descender otro pasajero gris,  con una gorra que tapa la cara. 20.20. Noche cerrada en Bancalari.  Seguido por el pasajero misterioso, Klement pasa al lado de un Dogde, que apenas divisa con su linterna,  y aparece un hombre alto delante “Momentito, señor”, se escucha en pobre castellano de la voz del agente de inteligencia del Mossad israelí, Eli Yural. La Operación Garibaldi estaba en marcha. Rápidamente se abalanzan varios agentes casi sin resistencia del hombre de raído gabán, lo encapuchan, y lo suben en uno de los autos con destino desconocido. Doce días después llegaría a Israel. Quienes describen esa noche afirman que Klement lanzó un grito gutural de animal encerrado.  El electricista Ricardo Klement era Adolf Eichmann, encargado de Asuntos Judíos de Hitler, la mente siniestra que ejecutó la matanza conocida como “Solución Final”, y asesinó seis millones de personas durante la barbarie nazi.    

Aquella captura de uno de los hombres más siniestros de la historia, aunque poco conocido por los cazadores de nazis hasta el secuestro en Argentina, ya que se trataba de un burócrata, tuvo un largo preparativo que se inició hacia 1958 cuando el fiscal criminal alemán Fritz Bauer convenció a las autoridades judías que Eichmann estaba viviendo discretamente en el conurbano bonaerense. Y este abogado alemán, con fuertes contactos con el célebre perseguidor de nazis Simón Wiesenthal e Isser Harel, el número uno del Mossad, la inteligencia exterior israelí, llegó al dato por las innumerables denuncias de un sobreviviente del campo de concentración de Duchau que juraba, y perjuraba, que Ricardo Klement era Adolf Eichmann. Ese héroe, que queda muchas veces en segundo plano en la historia oficial del caso, se llamaba Lothar Hermann   “Va a la Embajada de y a la DAIA. Pero lo desoyen. En el ‘57 le escribe a Fritz Bauer (fiscal alemán que contribuyó a realizar el proceso contra los asesinos de Auschwitz) y tampoco pasó nada”, decía su sobrina Liliana Hermann a www.clarín.com, y agrega la familiar de este abogado socialista que escapó con su familia de Europa en 1938,  “En el ‘59, llega a una solicitada del Centro de Documentación de Haifa que dice que se dará recompensa por todo dato certero sobre Eichmann. Empieza a escribir cartas sin parar. Se cansaba de decirles: ‘Señores, Eichmann está acá, ¿no piensan venir a buscarlo?’. Hasta que pasó lo que pasó”, remata Liliana, que Coronel Suárez tiene un espacio destinado a la memoria de Lothar, que ató cabos luego de que su hija Sylvia le presentará en 1954  a un joven pretendiente, admirador del III Reich, que entre películas del cine York de Olivos, admitió su nombre y apellido: Nicolás Eichmann. Y fue la ruina final de su padre. Pero la historia del secuaz del SS Himmler no terminaba para Lothar, ciego desde los castigos de Dauchau,  quien a mediados de los cincuenta, en una barriada con sobrevivientes judíos en La Lucila,  tenía a diez cuadras de vecino a Eichmann,  y a tres, a Joseph Mengele, el siniestro médico de aberrantes experimentos con los cautivos en Auschwitz. En los mismos días que el verdugo de oficina nazi era secuestrado en 1960, fue también capturado Hermann en un confuso operativo confundido con Mengele, otro criminal de las SS que pasó por la y Bolivia, estuvo en Paraguay, y falleció impune en Brasil en 1979. 

En el completo “Eichmann en la Argentina” (Editorial Edhasa) del escritor Álvaro Abós, en donde se basan muchas de las investigaciones como las recientes “Operación Final” de Netflix o el documental “El vecino alemán” de Rosario Cervio y Martín Liji, se detallan los preparativos de la arriesgada misión secreta que se iniciaron casi dos años antes en Tel Aviv,  entre Harel, Ben Gurión, primer ministro, y Golda Meir, futura primer ministra.  Fue una operación compleja, inédita además porque sería la primera vez que se juzgaría a un nazi en Medio Oriente,  y que poco sabían debido al previsible escándalo internacional que ocasionaría: no solamente peleaba con sus vecinos árabes sino que necesitaba del crédito internacional, especialmente de los millones de Alemania que se pagaban en términos de reparación por el genocidio –el primer ministro alemán Konrad Adenauer fue uno de los pocos que supieron el plan que se concretaría en el lejano Bancalari.  Harel dispuso al sagaz Zvi Aharoni como jefe del terreno en Argentina, y más de veinte agentes ingresaron con documentación fraguada, con el apoyo de más de sesenta personas, entre ellos una agencia de detective nacional, y un médico D., que permanece en el anonimato para preservar su honor profesional. Este médico mantuvo en buenas condiciones de salud a Eichmann en una quinta de San Miguel, hasta que el 21 de mayo el criminal partió en un avión Britania,  camuflado entre las delegaciones por el 150 aniversario de la Revolución de Mayo. Iniciada oficialmente el 1 de abril de 1960, la Operación Garibaldí concluiría exitosamente el 23 de mayo cuando Gurión anunciaba a un azorado mundo que Eichmann estaba en una cárcel de Jaffa, en Israel. Esa mañana muchos argentinos se desayunaron que el organizador de los trenes hacia los hornos de millones era el buen vecino alemán.      

Días argentinos para Adolf

Adolf Eichmann, “el arquitecto del Holocausto”; Josef Mengele, “el Ángel de la Muerte”; Eric Priebke, “el Verdugo de las Fosas Ardeatinas”; Eduard Roschmann, “el Carnicero de Riga”; y Ante Pavelic, “el Hitler croata”, entre otros, llegaron al país después del fin de la Segunda Guerra Mundial, en parte,  amparados por el gobierno argentino que buscaba participar de la fuga de cerebros que estaba proveyendo a los laboratorios norteamericanos y rusos. La red de apoyo a la huída masiva de los nazis, criminales y científicos sin distinciones, tenía conexiones incluso en la mismo Vaticano, y en Sudamérica, contaba con las simpatías de los círculos militares y nacionalistas de derecha. Eichmann, organizador de la infame conferencia de Wannsse en Berlín, que decide la exterminación final de los judíos en 1942, sobrevive cinco largos años bajo la identidad de Otto Eckmann en el norte de Alemania, burlando repetidamente a las autoridades norteamericanas. Recién en 1950 accede a la denominada “ruta de las ratas” debido a que su nombre empieza a sonar seguido en los procesados de la segunda línea hitlerista, en continuidad a los juicios de Nuremberg, y que el flamante Estado de erige como la caza de nazis. Esta situación nueva hace que con un documento de la Cruz Roja, a nombre de Riccardo Klement,  embarque en un buque desde Génova, en compañía del capitán de la SS  Herbert Kuhlmann (Pedro Geller para nosotros), y arriba a Buenos Aires un 15 de julio. Vive algunos meses en Barracas y, dos años después, se reúne con su esposa Vera y sus hijos –Nicolás- Klaus, Horst y Dieter. Ya trabajaba para la compañía CAPRI, una empresa de Carlos Fuldner (un argentino nazi, que combatió en el frente ruso, mimado del Generalísimo Franco, y  clave en la diáspora del nazismo a toda América Latina), que contrataba a varios alemanes y austríacos de dudoso pasado, y es destinado a San Miguel de Tucumán,  realizando relevamientos hidrográficos. Sin embargo en 1953, año de nacimiento de su hijo argentino Ricardo, la situación de los Eichmann se complica por el cierre de la compañía y sobreviven en una modesta casa de La Lucila, en la calle Chacabuco 4261, que alquilan a un judío, Federico Schmid.  Fracasa sucesivamente en la venta de jugos, cría de conejos y un lavadero, y se gana de la vida modestamente de mecánico de la zona norte porteña, y capataz de plantaciones de hortalizas; una realidad penosa en de uno de los pocos cercanos al círculo duro de Hitler, y que inspiraría la novela de Ariel Magnus, nieto de sobrevivientes del Holocausto, “El desafortunado” (Editorial Seix Barral) Las persistentes denuncias de  Hermann movilizan a los servicios secretos israelíes finalmente en 1958 aunque los espías dudan que Klement sea Eichmann, por las paupérrima condiciones de vida del alemán.  Hasta que compran un desapacible lote en la calle Garibaldi, en el límite  de San Fernando y Bancalari, y su esposa firma papeles con el “Señora de Liebl de Eichmann” Nuevamente se activan las alarmas de los colaboradores de Wiesenthal, que descubren en febrero de 1960 entre quienes participan en las necrológicas del funeral Adolf Eichmann (padre) en Linz, Austria,  un mensaje de un tal Adolf desde Buenos Aires.  Eso fue el principio del fin para Eichmann, que sería juzgado entre el 11 de abril y el 14 de agosto de 1961 por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en Jerusalén, y sentenciado a la horca el 15 de diciembre; en un proceso célebre que originó uno de los ensayos fundantes a la hora de juzgar responsabilidades de los crímenes de lesa humanidad de todas las épocas, “La banalidad del mal” de Hannah Arendt.  Entre la noche del 31 de mayo al 1 de junio de 1962 se hizo efectiva la condena,  y sus restos incinerados,  por lo que hubo que improvisar un horno para Eichmann debido a que la religión judía prohíbe la cremación, se arrojaron al Mediterráneo.

“Una tarde de 1957, Mengele y Eichmann se reúnen en el Adam, cervecería que estaba en el último tramo de Maipú”, narra Abós de los encuentros entre ambos jerarcas nazis en Buenos Aires, que se habían iniciado en 1951, y que eran más frecuentes en el ABC de Lavalle y Reconquista, “Muy cerca de allí, en Maipú 994, vivió durante cuarenta años Jorge Luis Borges…El Adam le quedaba mejor a Eichmann para encontrarse con Mengele, ya que además de rememorar la cervecerías bávaras que tanto recuerdan el uno y el otro, estaba cerca de la estación Retiro, donde Eichmann tomaba el tren para volver a la casa de la calle Chacabuco”, en su triste existencia de hombre suburbano, y  que difería del desahogado  pasar de Mengele, que vivía en una zona residencial de Florida hasta que se escapó al Paraguay, quizá, después del último café entre ambos en el Ópera de Callao y Corrientes, habitual bar en 1959 de conspiradores políticos de cualquier laya. Sobre ambos asesinos ya había caído la espada de la Justicia Internacional.  

¿ e enfrentadas?

Mucha agua corrió bajo el puente desde que los argentinos recién el 27 de mayo de 1960, por medio del ministro Diógenes Taborda,  enviaron a la Embajada de una protesta formal por el secuestro de Eichmann. En ese sentido  quedará para la posteridad el relato certero de los hechos, que ha sido posible en parte por entrevistas en este milenio, y la reciente desclasificación de papeles del juicio de Eichmann. A la distancia parece que los tironeos entre la presidencia de Frondizi, debilitada en el frente interno por los reclamos militares y una tambaleante, y el primer ministro Gurión,  fueron más que nada una formalidad para mantener las relaciones. Frondizi había sido orador en el Congreso Argentino contra el Racismo y el Antisemitismo en 1938, y compartía cabalmente las argumentaciones de su par sobre el nazismo y sus ejecutores,  en una carta reservada, “nunca hemos conocido horror semejante”  Sin embargo a nivel local no solamente se juzgaba severamente la intromisión de un Estado sobre otro, que llevó a la cancillería a equiparar con los métodos del nacionalsocialismo,  en una nota diplomática del 8 de junio, sino que la prensa mundial  favorecía a nuestro país en el reclamo ante las Naciones Unidas, “ningún acto inmoral o ilegal justifica otro de igual naturaleza, porque la norma jurídica  debe proteger al más depravado de los criminales si es que ha de afirmarse como un baluarte contra la inmolación del inocente”, cerraba un editorial del influyente diario New York Times.  peticionaba en el papel que se devolviera al reo Eichmann/Klement para que se haga el reclamo internacional usual de la extradición –con el antecedente de rechazo de este tipo de solicitudes desde la presidencia de Perón hasta el Procurador de la Nación en 1959.

Mientras en las Naciones Unidas la posición era defendida por Mario Amadeo, alguien que entendía muy bien lo que era trabajar de abogado del diablo, en 1955 había acompañado como canciller del golpista presidente Lonardi a Juan Perón hacia el hidroavión que le depositaría en Paraguay, en Buenos Aires se sucedieron atentados contra la comunidad judía, muchos impulsados por los violentos ultraderechistas del Grupo Tacuara –que tenía como miembro a uno de los hijos de Eichmann, Horst. Alberto Ezcurra, uno de sus líderes, descendiente del golpista Uriburu, y que se calificaba directamente como nazi, realizó una conferencia de prensa, con el pantalla de la policía, “-Tacuara- habría de defender los valores católicos en contra del imperialismo marxista judío-liberal-masónico y capitalista. Nosotros no somos antisemitas por razones raciales, pero somos enemigos del judaísmo. En la Argentina, los judíos son sirvientes del imperialismo israelí (que violó) nuestra soberanía nacional cuando secuestraron a Adolf Eichmann. En esa lucha, tenemos mucho en común con Nasser”, cierra en referencia al nacionalista egipcio.

Tacuara, cuyas facciones se irían infiltrando en el peronismo de la resistencia, y fueron la seguridad de una de las visitas de Isabel Perón, unos días después del ajusticiamiento de Eichmann en 1962 quedaron en medio de las sospechas, en la caso del secuestro y tortura de Graciela Narcisa Sirota, una judeoargentina  estudiante de medicina del barrio de Mataderos “Por culpa de ustedes mataron a (Adolf) Eichmann”, la acusan, al tiempo que dibujan un esvástica en su pecho, y la queman con cigarrillos –como harían los torturadores militares de la última dictadura con los detenidos-desaparecidos, especialmente de ascendencia judía. Hubo una masiva huelga de la colectividad por este hecho que quedó impune.  Ya para ese entonces la familia de Eichmann había desaparecido en la neblina de la Historia, y salvo Ricardo, un egiptólogo en Alemania que dio algunas notas en 1995, “pregunten ahora todo lo que quieran, porque hablaré ahora y no lo haré más”, dijo, del resto de la familia directa poco, y nada, se sabe. Algo más de los lazos argentinos. Carmen Beatriz Bretín Lindemann vive en Carupá, Misiones, y fue la segunda pareja de Horst, y en 2015 aceptó que se la reconozca como la “nuera de Eichmann”, a la par que negaba el Holocausto.  Tuvo una efímera notoriedad cuando intenta presentarse como candidata del Frente Renovador de Sergio Massa.

“Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga vida a Argentina. Estos son los países con los que más me identifico y nunca los olvidaré. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo" fueron las últimas palabras de en el cadalso.  En sus últimos momentos se mezclaban el norte de Tirol y el monte tucumano,  Berlín y Buenos Aires. Y se apagaba la vida del obrero ejemplar de Orbis, del vecino amable de La Lucila, del Arquitecto del Horror.   


Fuentes:  Abós, A. Eichmann en Argentina. Buenos Aires: Edhasa. 2007; Goñi, U. La auténtica Odessa. Buenos Aires. Paidós. 2002; Gambini, H. Frondizi. Estadista acorralado. Buenos Aires: Vergara. 2006

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