El viejo, el anciano, el sabio

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El dicho respecto del cual la realidad es según el cristal con que se mira parece ser más y más cierto a medida que el observador envejece. No hay más que constatar aquello que dijo el Buda: eres y serás lo que pienses. He leído con una mezcla de curiosidad y creciente desazón el libro del psiquiatra francés Claude Olivenstein que lleva por título El nacimiento de la vejez y durante días he observado en mí los síntomas que describe, sintiéndome, por momentos, una bomba de relojería, un organismo a punto de desmoronarse. Es bien cierto que si uno se juzga a sí mismo y a los otros únicamente en términos biológicos, no hará más que ir de decepción en decepción, de presbicie en flaccidez, de pérdida de memoria en torpeza manual. Por fortuna existen otros puntos de vista que llegan a nuestras manos para compensar la teoría de Olivenstein, quien se propuso registrar el ´´proceso ´´ de envejecer sin poder evitar un rencor estudiado y una indignación muy propia de la clase médica racionalista. En el otro extremo, y en su ensayo sobre los desiertos interiores y exteriores dice Jean-Yves Leloup algo así como que el viejo deja de ser un estorbo para sí mismo y para otro cuando adquiere el aspecto venerable de un anciano, es decir cuando, habiendo buscado la sabiduría, su rostro resplandece por haber encontrado algo en la edad en que se acentúan las pérdidas.

De un lado tenemos al científico, al que se observa como un rata de laboratorio y no levanta la vista a un cielo en que, por otra parte, no cree; y por la otra a quien, tras las huellas del Maestro de Nazaret, o de cualquier maestro espiritual, edifica tras su propia apariencia un mundo, un saber, un arte de consolarse y consolar, si se quiere, lo bastante hermoso como para servir a otros de ejemplo. Precisamente lo que el cristianismo agregó a la visión pagana del mundo es su contemplación del sufrimiento, la vejez y la muerte, rompiendo así y con compasión el círculo narcisista de lo griegos y oponiendo la piedad de un alma crédula al típico cinismo de la vejez. Estado que, librado a su propio azar, se sabe, no presagia nada bueno a menos que uno se proponga compensar lo que se marcha-la vitalidad, el vigor, ¡la belleza física!-con el cultivo de algo trascendente. Olievenstein está aterrado por envejecer y da cuenta de sus miedos y del pavor de los otros. Concluyendo con un capítulo en el que habla de cómo son las relaciones de pareja cuando existen a esas provectas edades, y cuánto amor y cuánta paciencia se necesitan para soportarse mutuamente los achaques. Su esfuerzo, su claridad, su estilo son meritorios pero siempre horizontales, siempre-como diría Nietzsche-demasiado humanos.¡Y qué poca cosa son un hombre o una mujer sin dioses o creencias! Nos hacen pensar en un sistema de parches y horarios de ingesta de medicamentos. Parecen objetos frágiles antes que almas sensibles.


Mejor es cultivar la ilusión, acrecentar la fe, llenarse de parábolas de sabiduría que acudir al cirujano plástico y aparentar ser lo que no se es. ´´Ante algunos relevantes enfermos o ancianos-escribe por su parte Leloup-encontramos a veces el frescor del oasis, pues si bien es cierto que observamos claridad en la mirada del niño, también hay luz en la del anciano, una luz que ya ha visto la noche, una inocencia que ha realizado la travesía del desierto, una inocencia que nada ignora de la dureza y de los resplandores de la existencia. ´´ La vida humana no tendría sentido si en el momento de las canas no pudiéramos relacionar su blancura con algún tipo de luz, adquirida, descubierta o revelada. Decía uno de mis maestros, llamado precisamente y por sus amigos igual que el magno personaje del libro de Daniel, el Anciano de los Días:´´La verdad es una vieja desdentada, pero la sabiduría es su dentadura postiza.´´ Frase que si no es cierta está, al menos, bien hallada. Pues el buen Creador no nos quita nada sin ofrecernos nada a cambio. Incluso el sufrimiento es una lección que hay que estudiar llegada la hora de crujir los huesos y arribado el momento de inclinarse a la tierra de la que, después de todo, provenimos.

Acerca de Mario Satz

Poeta, narrador, ensayista y traductor, nació en Coronel Pringles, Buenos Aires, en el seno de una familia de origen hebreo. En 1970 se trasladó a Jerusalén para estudiar Cábala y en 1978 se estableció en Barcelona, donde se licenció en Filología Hispánica. Hoy combina la realización de seminarios sobre Cábala con su profesión de escritor.Incansable viajero, ha recorrido Estados Unidos, buena parte de Sudamérica, Europa e Israel.Publicó su primer libro de poemas, Los cuatro elementos, en la década de los sesenta, obra a la que siguieron Las frutas (1970), Los peces, los pájaros, las flores (1975), Canon de polen (1976) y Sámaras (1981).En 1976 inició la publicación de Planetarium, serie de novelas que por el momento consta de cinco volúmenes: Sol, Luna, Tierra, Marte y Mercurio, intento de obra cosmológica que, a la manera de La divina comedia, capture el espíritu de nuestra época en un vasto friso poético.Sus ensayos más conocidos son El arte de la naturaleza, Umbría lumbre y El ábaco de las especies. Su último libro, Azahar, es una novela-ensayo acerca de la Granada del siglo XIV.Escritor especializado en temas de medio ambiente, ecología y antropología cultural, ofrece artículos en español para revistas y periódicos en España, Sudamérica y América del Norte.Colaborador de DiarioJudio, Integral, Cuerpomente, Más allá y El faro de Vigo, busca ampliar su red de trabajos profesionales. Autor de una veintena de libros e interesado en kábala y religiones comparadas.