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Aunque de la Guerra Civil Española se han escrito más libros que de la II Guerra Mundial, una batalla, la de la Merced, es asignatura pendiente de los historiadores y novelistas dedicados al tema inagotable.

En el barrio de la Merced, centro histórico y enorme mercado antiguo de la Ciudad de México, partidarios de la República riñeron combates verbales, sin sangre ni violencia pero con pasión intolerante, contra los dueños de abarrotes, bodegas de semillas y almacenes de chiles secos, defensores, los más de ellos, de los alzados contra el gobierno que en libres sustituyó a la monarquía de Alfonso XIII.

Gobernaba México Lázaro Cárdenas y la mística aún no extinguida de nuestra Revolución se reflejaba en la defensa de los derechos de obreros y campesinos y en una educación de tendencia socialista en libros de texto y ceremonias cívicas, dentro del marco inflexible de la laicidad y el acceso gratuito a primaria y secundaria.

Mi papá y mi hermano mayor, sobre un mapa de El Universal Gráfico, ayudaban a triunfar a los leales y abandonaban trincheras ante el avance de los fascistas, como se nombraba entonces a cada uno de los bandos. El frente, los campos de batalla, las ciudades y los pueblos que cambiaban de manos eran marcados con chinches blancas o rojas, según, que me dejaban clavar en la piel de España. Así supe del Cuartel de la Montaña, de la Ciudad Universitaria, de Teruel, de Aragón, Madrid y Barcelona y conocí los nombres de Miaja, La Pasionaria, Mola, Primo de Rivera y Franco.

La suerte de la República no sólo fue dolorosa sino, también, de pésimos augurios por el triunfo que representaba para la Italia fascista y la Alemania nazi como presagio de lo que podría esperarse de la guerra europea declarada pocos meses después del fin de la española. Abrumados por la derrota no podíamos imaginar a qué grado heredaríamos un caudal incalculable de riqueza humana transportada por los refugiados, esos miles de hombres, mujeres y niños (de mi edad) que se integrarían a la vida de México en una etapa fecunda de beneficios recíprocos: la libertad y un nuevo hogar a cambio de la aportación profesional y la entrega fructífera a la evolución conjunta de la vida cultural, económica y social de la tierra acogedora.

Entre ellos llegó a la Ciudad de México, el 21 de marzo de 1939, Gabino Lombana, de 14 años, nacido el 6 de agosto de 1925 en Arredondo, norte de España. Más fechas: el 6 de diciembre de 1950 casó con Lucía Fierro, asesinada en 1979 al ser asaltados en una calle cualquiera. Tuvieron 6 hijos mexicanos.

En este destierro los trasterrados rehicieron su existencia con dignidad y respondieron agradecidos a la apertura generosa. Nombres y conductas de los llegados colman libros dedicados a las grandes aportaciones, pero quedan muchas obras merecedoras de ser conocidas. Gabino es autor de, por lo menos, una notable.

Rescató del abandono las ruinas del convento de Regina, sobre parte de las cuales filántropos privados adaptaron el hospital Concepción Béistegui, en la calle de Regina, junto a la iglesia de la esquina con Bolívar. No fue fácil: la desidia había causado daños graves. Recogió basura, muros derribados, adobes y piedras, tuberías de barro y fragmentos de puertas y ventanas, hierros de algún barandal extraviado, cacharros y tepalcates, papeles, vidrios y trapos entre papeles, huacales y algún madero podrido. Varias toneladas de ese vertedero fueron removidas y se descubrieron patios insospechados, pinturas murales y ventanas furtivas, como la que permitía a las monjas de clausura asistir, desde su celda, a las misas y oraciones del templo vecino. Se descubrieron nichos, dinteles, frisos, columnas, capiteles y una pared sobre la calle de San Jerónimo que tal vez sea la más antigua conservada del virreinato. Sembró Gabino naranjos en uno de los patios, pero no fueron sus frutos lo único esperado.

La segunda parte de su idea fue habitar el asombroso conjunto con ancianos en la miseria, víctimas, además de su edad, de algún impedimento físico, salvándolos de la soledad, la tristeza y el desprecio. Uno por uno, viejos y viejas, hasta cien, golpearon la aldaba y dejaron de buscar en las bolsas de basura el desayuno diario y de angustiarse en la noche sin techo. Creó un asilo luminoso donde cada anciano recibe atención personal, en la boca la cucharada, vigilados sus pasos, sus medicinas, su limpieza y tranquilidad. Juntos compartimos la comida de los asilados y el gusto, el silencio o el murmullo de un radio, la televisión, una lectura en voz alta.

Gabino Lombana, el refugiado que forjó un refugio, murió el miércoles.

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