“Hijas de la resistencia”, de Judy Batalion

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“Hijas de la resistencia”, de Judy Batalion

primera parte

LAS CHICAS DEL GUETO

Jóvenes heroicas. […] Viajan con valentía por las ciudades y pueblos de Polonia. […] Todos los días se exponen a un peligro mortal. Dependen enteramente de su rostro «ario» o del pañuelo de campesina que llevan en la cabeza. Sin una palabra de queja, sin el más mínimo titubeo, aceptan y llevan a cabo las misiones más peligrosas. ¿Hace falta viajar a Vilna, Białystok, Lemberg,1 Kovel, Lublin, Częstochowa o Radom para llevar algo prohibido como, por ejemplo, publicaciones ilegales, documentos o dinero? Todas lo hacen como si fuera lo más natural del mundo. ¿Hay que salvar a camaradas en Vilna, Lublin o alguna otra ciudad? Ellas se encargan de la tarea. No hay obstáculos en su camino. Nada las detiene. […] ¿Cuántas veces han mirado a los ojos a la muerte? ¿Cuántas veces han sido arrestadas, cacheadas? […] La mujer judía ocupará una hermosa página en la historia de los judíos durante la guerra actual. Y las Chajkas y Frumkas serán las protagonistas de esta historia. Porque estas chicas no conocen el significado de la palabra descanso.


Emanuel Ringelblum,

entrada de diario, mayo de 19422

CAPÍTULO 1

PO-LIN

Renia

Octubre de 1924

El viernes 10 de octubre de 1924,1 mientras los judíos de Jędrzejów se preparaban para la víspera del Sabbat bajando las persianas de las tiendas, cerrando las cajas registradoras e hirviendo, picando y friendo,2 Moshe Kukielka salió con prisa de su almacén. La casa de su familia, en el número 16 de la frondosa calle Klasztorna (Monasterio), era una pequeña estructura de piedra situada a la vuelta de la esquina de una magnífica abadía medieval conocida por su interior turquesa y dorado. Esa noche había más bullicio que de costumbre. A medida que se acercaba la puesta del sol, la luz anaranjada del otoño teñía de rojo los exuberantes valles y las ondulantes colinas de la región de Kielce, el horno de los Kukielka se calentaba, tintineaban las cucharas, silbaba la estufa y, como fondo de las voces en yidis y polaco, se oían las campanas de la iglesia.3 De pronto irrumpió un sonido nuevo: el primer llanto de un bebé.

Moshe y Leah, al igual que sus tres hijos mayores, eran modernos y al mismo tiempo observaban las normas. Cultivaban la cultura polaca y celebraban las tradiciones judías. Moshe solía darse prisa en ir a casa o a una shtiebel (casa de oración) para compartir la comida y las oraciones del Sabbat, recorriendo a paso vivo la plaza abierta de la ciudad, con sus hileras de edificios de colores pastel, y cruzándose con comerciantes judíos y campesinos cristianos que vivían y trabajaban puerta con puerta. Esa semana apretó aún más el paso en el frío aire otoñal. Tradicionalmente se encendían velas y el Sabbat mismo era recibido como una novia en casa, pero aquel día Moshe tenía un invitado nuevo. Uno aún mejor.

La novela.

Y entonces llegó y la vio: su tercera hija, que inmediatamente se convirtió en la niña de sus penetrantes ojos. Rivka, en hebreo, un nombre cuyas raíces tienen varios significados, entre ellos «conexión», «unión» e incluso «cautivador». En la Biblia, Rebeca era una de las cuatro matriarcas del pueblo judío. Por supuesto, en esa familia parcialmente asimilada, el bebé también tenía un nombre polaco: Renia. El apellido Kukielka se parece al polaco Kukielo, el de la familia que durante generaciones había regentado la funeraria del barrio.4 Los judíos a menudo inventaban apellidos añadiendo a uno polaco ya existente un sufijo atractivo como -ka. Kukielka significa «marioneta».

Era 1924, justo un año después de que la comunidad internacional reconociera por fin la nueva Polonia y quedaran establecidos sus límites tras años de ocupación, partición y fronteras en constante cambio. (Según cuenta un viejo chiste judío, un hombre pregunta si su ciudad se encuentra ahora en territorio polaco o soviético. Le contestan: «Este año estamos en Polonia». «¡Gracias a Dios! —exclama el hombre—. No podría soportar otro invierno ruso.») La economía se mantenía a flote y, aunque la mayoría de los judíos de Jędrzejów vivía por debajo del umbral de la pobreza, Moshe había prosperado como pequeño hombre de negocios con una mercería donde vendía botones, telas y artículos de costura. Había sacado adelante a una familia de clase media y la había iniciado en la música y la literatura. En su mesa de Sabbat, puesta esa semana por las dos hijas mayores de los Kukielka y otras parientes mientras Leah se ocupaba en algo distinto,5 se servían los manjares del día que Moshe podía permitirse pagar:6 licor dulce, pastel de jengibre, hígado picado con cebolla, cholent (una sopa de frijoles y carne cocida a fuego lento), kugel de papa y fideos dulces, compota de ciruelas y manzanas, y té. El pescado gefilte de Leah, que se servía la mayoría de los viernes, se convertiría en el plato favorito de Renia. Esa semana la comida fue, sin duda, especialmente festiva.

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