A mi amigo Antonio Escudero Rios. Eremita en las Navas del Marqués y macabeo insurrecto, siempre en la resistencia del espiritu.

Accedo gustoso a escribir estas notas en recuerdo de José Belmonte Díaz, por insinuación de Antonio Escudero Ríos, original persona que se autocalifica de “laicus eremita atque machabeus insurrectus”. Ambos, José Belmonte y Antonio Escudero, coincidieron en su apasionada defensa del pueblo y de la cultura judíos. Belmonte con sus investigaciones históricas, y Escudero con su probada pasión por todo lo relacionado con este pueblo. Lástima que no pudieron conocerse.

José Belmonte, Pepe para sus amigos, entre los que tuve el privilegio de contarme, nació en Ávila en 1922, falleciendo en su retiro veraniego de Plencia (Bizkaia) a la edad de 92 años. Mantuvo hasta el último momento una cabeza extraordinariamente clara y ordenada, y una portentosa memoria, lo que le permitió llevar a cabo sus investigaciones históricas, su gran pasión, hasta el último minuto de su vida. Además de abogado ejerciente en Bilbao, su otra patria chica, (la primera era su querida Ávila), sus polifacéticas aficiones le llevaron por el camino de la investigación histórica y artística, la narración, el coleccionismo y los viajes, en compañía siempre de su fiel colaboradora, amiga y esposa Pilar Leseduarte. Si hubiera que comparar su figura, como se hace en un conocido juego, con un animal, yo elegiría el águila real, majestuosa voladora en altura, con penetrante vista que, por encima del plano terrestre, observa el mundo a distancia, lo retiene en su portentosa memoria y lo describe con sencillez y a la vez con precisión de cirujano. Así fue Pepe Belmonte: abogado, historiador, escritor de novelas y cuentos, coleccionista de arte, bibliófilo y también trotamundos. Todo ello coincidió en un hombre ilustrado, crítico y reivindicativo, creyente y contestatario a la vez.

Su ingente obra literaria de investigación histórica, se centró en sus dos grandes pasiones: Ávila y Sefarad. Sobre la primera, la Ávila de los santos y de los caballeros, de los místicos y de la orgullosa nobleza castellana, destacan sus colaboraciones en el Diario de Ávila y sus numerosos ensayos históricos, leyendas y narraciones, tales como “Leyendas de Ávila” (1947), “Los Comuneros de la Santa Junta: La Constitución de Ávila” (1986), “La Ciudad de Ávila. Estudio histórico” (1986), “Ávila contemporánea, 1800-2000” (2001), y más recientemente “Ávila en mis ojos" (2011), “Ávila en la Guerra Civil” (2012), Ávila mágica” (2012) y “Ávila eterna” (2013).

Belmonte, además de ilustre abulense, lo que le valió la nominación de una calle a petición popular, fue un apasionado estudioso de la cultura judía, y su influencia en la sociedad española. Lo certifican sus frecuentes colaboraciones en el Diario de Ávila, su novela “La Calle de la Muerte y de la Vida. Cristianos y judíos en Ávila medieval” (1947),  y especialmente sus obras de investigación histórica, tales como “Judíos e Inquisición en Ávila” (1989), “La expulsión de los Judíos. Auge y ocaso de en Sefarad” (2007), y “Judeoconversos hispanos. La cultura” (2010), dejando inédita a su muerte “La judería de Ávila. Siglos XIV a XVI”.

La expulsión de los judíos por parte de los Reyes Católicos en 1492, sus causas y motivaciones, son estudiadas por nuestro personaje, como un inmenso error político, por sus devastadoras consecuencias para la economía, la cultura y la ciencia, y en definitiva para la prosperidad de nuestra España, que no obstante se salvó en gran parte por la contribución de los judíos conversos, sinceros o insinceros, que permanecieron en nuestro suelo, y contribuyeron en gran medida a la creación de una cultura típicamente hispana, diferenciada de la europea, discriminadora y antisemita. “Estas gentes poseían una superioridad intelectual muy acusada con respecto al cristiano viejo…” sentencia Belmonte.

La curiosidad investigadora de Belmonte le llevó a tratar de emplazar las diversas sinagogas que existieron en Ávila: la del Yuradero que debió estar en las cercanías de la iglesia de san Vicente, las de Belforado y Cal de Andrín, en la judería vieja, la del Lomo, junto a la puerta de la Mala Ventura, Moçon, y la que pudo haber en el extraño templo, conocido como de Mosen Rubí. Sobre este templo han corrido las más insólitas leyendas, que en ocasiones lo identifica con la masonería por las trazas de un escudo labrado en su piedra. Belmonte escribió un documentado artículo en el Diario de Ávila (26 enero 2009), exponiendo la posibilidad de que en parte del templo, o bien antes de su edificación, existiera una gran sinagoga, construida en 1462, siendo quizás la última edificada antes de la expulsión. Cuestión no resuelta que la investigación debería aclarar.

Descanse en paz este hombre polifacético, defensor a ultranza del pueblo judío, y sobre todo gran conversador con una memoria prodigiosa que le permitía citar nombres, lugares y fechas, con pulcra exactitud, del que me siento muy honrado al haberme beneficiado con su amistad.

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