Diario Judío México - Fue en Shabat. Hace justo una semana.

Aún me navega esa sensación de sobresalto cada vez que suena el teléfono o el celular. Ocurre, cuando acecha esa noticia, de final traspapelado.

Los relojes sin tiempo desmayaron por fin sus ciclos agotadores y autorizaron la partida de mamá.

No estuve ahí. Qué pena. Tal vez sintió miedo y necesitó de mis ojos para apoyar su última mirada.

Tres días antes-yo- me había ya despedido.

Apoyé entonces mi cabeza toda, sobre la ventana de su pecho con persianas de camisón rosado y botones resignados de pudor. Desprendí apenas uno, para hacerme lugar en esa llanura estrecha de respiración silenciosa. Y le canté. “Mein Shteitele Belz”. Sin pausa, sin pensar, “A Idishe Mame” brotó intensa. Y ella balbuceó conmigo ambas canciones.

Mi voz creció a medida que mis lágrimas la tapizaban.

Los colores de las melodías se mezclaron con los colores de La Creación. Las estrofas ya entrecortadas de “A Idishe Mame”, se lamentaron.

Mamá empezó a respirar con más empeño.

Dejé de cantar. Lloré en silencio desde mi recipiente de hija única.

Ella, se durmió serena.

Un cielo celeste nos escolta.

Kaddish por mamá.

Las mujeres no dicen “Kaddish” en estas ocasiones- me explican.

Dani- mi compañero de vida- lo recita por mí, a la perfección.

Insisto. Quiero decirlo, igual. Leo con dificultad. No importa.

Cuatro primeras paladas de tierra.

Dani las hace sonar contra la madera.

También yo, quiero que los terruños pequeños- que el peso de la pala que mis brazos puedan levantar- transporten la calma que me inunda. La Ceremonia finaliza.

Frente al montículo irregular de tierra, canto apenas la primera estrofa de “A Idishe Mame”. Piedritas poliformes se acomodan delicadas desde esa procesión de manos y ritual.

Regreso por el estrecho sendero junto a mis queridos.

Los altos pinos balancean sus verdes de primavera.

Pájaros de concierto afinado y perenne nos escoltan.

Giro apenas la cabeza. Mi vista recorre la Casa Grande, gigante pincelada de paisaje sin retoques, que crece sus piedras solemnes, cada vez que voy.

Todos iremos un día a La Casa Grande, o quizás no todos; donde el sol juega y entibia los mármoles fríos que guardan algo que un día queremos. Amamos, y abrazamos.

Parque del Cielo, donde ya hay Paz.