La crueldad contra los judíos hecha arte

La muestra El espejo perdido, del Museo del Prado, se adentra en cómo las imágenes contribuyeron a difundir en la sociedad medieval un creciente antijudaísmo Por:
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Esta exposición llevará al visitante a lugares que tal vez no quiera ver. Comisariada por Joan Molina Figueras, jefe del Departamento de Pintura Gótica Española del Museo del Prado y en colaboración con el Museu Nacional d’Art de Catalunya, El espejo perdido. Judíos y conversos en la España medieval reúne un conjunto de 69 obras que pueden ser contempladas hasta el 14 de enero de 2024 en la pinacoteca madrileña. La muestra se adentra en el papel que las imágenes desempeñaron en los intercambios entre cristianos y judíos y en cómo contribuyeron a difundir el creciente antijudaísmo —la exposición evita el término «antisemitismo»— que anidaba en la sociedad cristiana del Occidente medieval. No faltan referencias ni a las conversiones de judíos ni a las sospechas que pesaron sobre ellos, ni a los intentos de justificar la sinceridad de las conversiones.

En la muestra pueden admirarse algunas de las joyas del arte medieval de España; entre ellas, los frontales de Vallbona de les Monges, La fuente de la gracia del taller de Van Eyck o los retablos que realizó Pedro Berruguete para el monasterio de Santo Tomás de Ávila, y bellísimos libros miniados prestados por otras instituciones, como las Cantigas de Alfonso X el Sabio (Patrimonio Nacional), la Hagadá dorada (British Library) o el Fortalitium fidei (Bibliothèque nationale de France). Tal vez sea esta primera parte de la exposición, dedicada a los mutuos intercambios y a los libros, la menos dolorosa. Como indica el propio museo, «a pesar de las diferencias entre ambas comunidades, artistas judíos fueron autores de obras para cristianos y viceversa, maestros cristianos realizaron obras para judíos. Con frecuencia las transferencias e intercambios fueron estimulados por los propios clientes».

A partir de ahí, la exposición lleva al visitante a la alienación de los judíos, a su persecución, a su estigmatización mediante el arte, bellísimo y terrible, que aquí contemplamos. Esta muestra turba, de algún modo, el ánimo de quien se acerca a ella. Estos cuadros, cuya factura nos admira, fueron parte de los dispositivos culturales que llevaron a las quemas de libros y a las hogueras donde ardieron personas, seres humanos, nuestros hermanos. Aquí vemos al judío ciego, al judío sordo, al judío humillado o calumniado. Vemos las acusaciones de profanar la Eucaristía o de asesinar a niños. Los tópicos del antisemitismo medieval prefiguran de algún modo los del antisemitismo moderno. Aquí aparece la «limpieza de sangre», que anticipa el racismo biológico de la modernidad. Santo Domingo de Guzmán preside un auto de fe en una tabla de Berruguete. Los judíos hierven o apuñalan una Sagrada Forma. El arte los representa como el pueblo deicida que mata de nuevo a Cristo cuando profana su Cuerpo.


Tal vez por eso debemos visitar esta exposición. Es una llamada a la memoria y a la humildad. El arte nos hiere, pero de algún modo nos sana porque nos permite ver la magnitud del pecado. El arte, en su turbadora belleza, levanta acta de la crueldad y la violencia que sufrieron los judíos. El catálogo, cuidadísimo y erudito, es prolijo en información acerca de los estereotipos y las imágenes que aquí vemos y que tanto nos entristecen.

Mientras veía estos cuadros recordaba las palabras de san Juan Pablo II en la sinagoga de Roma el 13 de abril de 1986. Citando la Nostra aetate, decía que «la religión judía no nos es “extrínseca” sino que, en cierto modo, es “intrínseca” a nuestra religión. Por tanto, tenemos con ella relaciones que no tenemos con ninguna otra religión». Son, en cierto modo, «nuestros hermanos mayores». Y añadía que «a los judíos como pueblo, no se les puede imputar culpa alguna atávica o colectiva, por lo que “se hizo en la Pasión de Jesús”. Por tanto, resulta inconsistente toda pretendida justificación teológica de medidas discriminatorias o, peor todavía, persecutorias. El Señor juzgará a cada uno “según las propias obras”, a los judíos y a los cristianos». Las palabras del Papa resonaban en mi memoria mientras caminaba por estas salas del Museo del Prado: «No es lícito decir […] que los judíos son “réprobos o malditos”». Terminaba diciendo que «“permanecen muy queridos por Dios”, que los ha llamado con una “vocación irrevocable”».

Ya dije que esta exposición les llevará a lugares a los que tal vez no quieran ir. Esta es la misión del arte. Desvelar lo que permanecía oculto. Sacarlo a la luz. Darle una forma que podamos contemplar y comprender sin perder el juicio. Solo a la sombra de la cruz podemos contemplar el mal del mundo, nuestro propio mal y nuestro propio pecado. Vengan a verla aunque les duela, aunque les hiera, aunque les remueva las entrañas. Vengan precisamente por eso.

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