Diario Judío México - Tenía pensado escribir esta nota, para contar la experiencia de aquellos que deciden casarse en Israel, desde hace mucho tiempo. La idea era trasmitir lo maravilloso que es organizar una fiesta en la Tierra Prometida para arrancar con una nueva vida en pareja. Lo que no sabía era que el mayor obstáculo para salvar era el del rabinato y de los rabinos. No sólo me tocaba escribir la nota, también debía aclarar que el que se casaba era yo y -a partir de mi historia personal- relatar los acontecimientos que me iban sucediendo.

Desde que nací supe que soy judío. Hijo de judíos, nieto de judíos, bisnieto y tataranieto.. Para todos era muy claro, salvo para el rabino que me iba a casar y dudaba de mi origen. Le expliqué que llegué a Israel con mi certificado de judeidad presentado en la Sojnut y verificado por las autoridades israelíes y me dijo que a ellos no les importa lo que haga el Estado, lo único que realmente vale es lo que dice la Rabanut. Me pidió los datos de mis padres, ambos fallecidos, para verificar sus tumbas en la Argentina. Tuve que entregar mi certificado de divorcio judío (guet) a pesar de ya haberlo presentado antes en la Sojnut porque “no se olvide que a nosotros no nos interesa lo que dice el Estado”. Como el rabino es ashkenazi se pasó toda la entrevista mirándome fijo a mi rostro y sugiriéndome que tengo rasgos sefaradíes, como si esta característica fuera un delito que impediría mi boda. En algún momento de la charla perdí la paciencia y le dije: “cómo es posible que ustedes, los rabinos, nos investiguen tanto y duden de todo lo que expresamos, tendrían que estar felices por casar a una nueva pareja judía. En lugar de disfrutar por hacer una mitzvá lo único que les importa es arruinarnos la vida”. En un momento de la charla llegó el ataque para la novia y la requisitoria de documentos se hizo mayor. Mi futura esposa le explicó que ella nació en Israel y que sus padres se casaron acá mismo y con la aprobación del rabinato. Fue el momento culminante en el que el rabino le dijo que, de todas maneras, tenía que averiguar los antecedentes de los abuelos que vivieron en Sudamérica. La calentura, de nuestra parte, iba subiendo a medida que nos ponían más trabas y llegó el instante en que mi futura esposa le dijo al joven rabino que “mientras usted estudiaba en una ieshivá mis padres vinieron a este país para luchar por la independencia y para arriesgar sus vidas por el futuro suyo y el de todos los judíos que quieran vivir en Israel, ¿quién se cree usted que es para dudar de nuestros orígenes que son exactamente iguales a los suyos? Mire, rabino, nosotros no vinimos a engañarlo, sólo hemos llegado para casarnos y la halajá dice que sólo necesitamos que nos case un judío y que tenga un par de testigos, ni siquiera dice que nos tiene que casar un rabino, aunque nosotros queremos cumplir con todo lo que hay que hacer”. El rabino nos explicó que hay razones más poderosas que hacen que preservemos nuestra raza y nuestra clase y a mi, personalmente, me sonaron sus palabras exactamente iguales a las de los nazis que hablaban de la pureza de la raza aria.

En la misma época en que nosotros vivíamos las presiones de los rabinos para celebrar nuestra boda, sucedió en Israel un episodio que levantó a los religiosos de sus lugares para salir a las calles a protestar. Se trató de un acto discriminatorio en un colegio ashkenazi que no quería aceptar alumnos sefaradíes. Para intervenir en esta cuestión hubo que escuchar el fallo de la Corte Suprema de Justicia que prohibió la discriminación en las escuelas. Los ortodoxos que no acordaron con esta medida salieron a protestar y llenaron las calles con 100.000 hombres manifestando. La consigna era que la única justicia que ellos reconocen es la de los rabinos y no hay otra que pueda gobernar sus vidas.

Para finalizar quiero explicar que no tengo nada contra los religiosos, que respeto sus métodos y sus formas, que jamás haría algo que pueda insultarlos o discriminarlos. Pero también aclaro que me tienen podrido, que me manejan la vida aunque no lo quiera, no sólo en el caso en que tengo que recurrir a ellos (como cuando me quiero casar) sino al integrar todas las coaliciones de gobierno e imponernos sus condiciones. Lo mismo que cuando aceptan que la justicia israelí avale que haya que pagarles sus estudios, jubilaciones o pensiones pero en el momento de legislar en contra de ellos lo único que hacen es ignorar a las leyes civiles y reconocer sólo las leyes de los rabinos. Actúan como una mafia gobernados por un padrino, perdón, por un rabino. Es la dictadura de la religión que a todos nos toca sufrir …

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