Diario Judío México -

El Antisemita

-¿Sabés? Nunca me imaginé que vos, justamente vos, fueras a salir con un facho antisemita.

-Yo tampoco me imaginé, Raquel.

-Menos mal que “volviste”…

-Estoy hecha mierda.

-Lea, ¡Lea!, ¿qué otra cosa podrías esperar de un tipo así? Cuando te dijo “no salí nunca con una judía”; ?qué te estaba diciendo? ¡Vos! ¡Que leés perfectamente entre líneas! Te estaba diciendo que nunca se habría imaginado meterse con una judía. ¿Alguien alguna vez te dijo “judía”? ?Alguien que te quiere, claro!

-Tenés razón, Raquel, yo salí con un antisemita.

-Igual no te hagas la cabeza, te enamoraste, Lea, y cuando caemos en ese embobamiento por más que el tipo sea un delincuente no nos damos cuenta, ya sabés que el enamoramiento es una especie de volverte retardada mental… no te culpes, te enamoraste. ¿Quién puede culpar a alguien de haberse enamorado? Pero Abarrategui siempre fue un reverendo antisemita, al menos facho, yo nunca me lo banqué, pero mirá, Lea, solo metiéndote de cabeza en el pozo, te ibas a dar cuenta. Me refiero a que si por vos misma no lo descubrías, digo que Abarrategui es un antisemita, te ibas a quedar con lo que dicen los demás, y sos vos la que tenías que darte cuenta.

-¿Sabés que la madre tenía un prendedor con un águila y una esvástica y me dijo que la esvástica tenía un significado “germano”?

-No me sorprende, Lea.

-¿Cómo uno puede contemplar una esvástica sin recordar la Shoá?

-¿Cómo? Siendo un antisemita, Lea. Tomá, releé a Sartre, Lea.

El Antisemita.pdf

El antisemita reconoce de buena gana que el judío es inteligente y trabajador; hasta se considerará inferior a él bajo este aspecto.

No le cuesta gran cosa confesarlo: ha puesto estas cualidades entre paréntesis.

O mejor dicho, su valor proviene de quien las posee: cuantas más virtudes posea el judío, más peligroso será.

Y el antisemita no se hace ilusiones sobre lo que no es.

Se considera un hombre medio, menos que medio; en el fondo, mediocre; no hay ejemplo de que un antisemita reivindique sobre los judíos una superioridad individual.

Pero no debe creerse que su mediocridad lo avergüence.

Se complace en ella; diré que la ha elegido.

Es un hombre que teme toda especie de soledad, tanto la del genio como la del asesino: es el hombre de las multitudes; por pequeña que sea su talla, aún toma la precaución de agacharse por temor a emerger del rebaño y encontrarse a sí mismo.

Si se hace antisemita es porque no puede serlo solo.

La frase: “Odio a los judíos” es de las que se pronuncian en grupo; al pronunciarla se adhiere a una tradición y a una comunidad: la de los mediocres.

Por eso conviene recordar que no se es necesariamente humilde ni siquiera modesto porque se haya aceptado la mediocridad.

Todo lo contrario: hay un orgullo apasionado de los mediocres, y el antisemitismo es una tentativa para valorizar la mediocridad como tal, para crear la “elite” de los mediocres.

Para el antisemita, la inteligencia es judía; puede, por lo tanto, despreciarla con toda tranquilidad, como a las demás virtudes que posee el judío: son un “Ersatz” que utilizan los judíos para reemplazar esa mediocridad equilibrada que les faltará siempre.

El verdadero francés, enraizado en su provincia, en su país, sostenido por una tradición de veinte siglos, usufructuario de una sabiduría ancestral, guiado por costumbres probadas, no necesita inteligencia.

Su virtud se funda en la asimilación de cualidades depositadas por el trabajo de cien generaciones sobre los objetos que lo rodean, en la propiedad.

Pero claro está que se trata de la propiedad heredada, no de la que se compra.

Hay en ello una incomprensión de principio, por parte del antisemita, de las diversas formas de la propiedad moderna: dinero, acciones, etc.

son abstracciones, seres de razón que se emparientan con la inteligencia abstracta del semita; la acción no pertenece a nadie, ya que puede ser de todos, y es, además, signo de riqueza, no como un bien concreto.

El antisemita sólo concibe un tipo de apropiación primitiva y territorial, fundada en una verdadera relación mágica de posesión y en la cual el objeto poseído y su poseedor están unidos por un vínculo de participación mística; es el poeta de la propiedad inmobiliaria.

Esta transfigura al propietario y le otorga una sensibilidad, claro está, no se dirige a las verdades eternas, a los valores universales.

Lo universal es judío, ya que es objeto de inteligencia.

Lo que lograra aprehender ese sentido sutil es, por el contrario, lo que no logra ver la inteligencia.

Dicho de otro modo: el principio del antisemitismo es que la posesión concreta de un objeto particular otorga mágicamente el sentido de ese objeto.

Maurras nos lo afirma: un judío será siempre incapaz de comprender este verso de Racine: Dans l’Orient désert, quel devint mon ennui.

¿Y por qué yo, el mediocre yo, podría entender lo que la inteligencia más libre, más cultivada, no ha podido asir? Porque poseo a Racine.

Racine es mi lengua y mi suelo.

Quizá el judío habla un francés más puro que yo, quizá conoce mejor la sintaxis, la gramática, quizá hasta sea escritor.

No importa.

Habla esta lengua desde hace veinte años solamente, y yo desde hace mil.

La corrección de su estilo es abstracta, aprendida: las faltas de gramática están de acuerdo con el genio de la lengua.

Reconocemos aquí el argumento que Barrés volvía contra los becarios.

¿Por qué asombrarse de ello? ¿Acaso los judíos no son los becarios de la nación? Se les deja todo lo que puede adquirir la inteligencia, todo lo que puede adquirir el dinero; pero es tan sólo viento.

Sólo cuentan los valores irracionales y son éstos, precisamente, los que nunca podrán tener.

Así el antisemita se adhiere a un irracionalismo de hecho como punto de partida.

Se opone al judío como el sentimiento a la inteligencia, como lo particular a lo universal, como el pasado al presente, como lo concreto a lo abstracto, como el poseedor de bienes inmobiliarios al propietario de valores mobiliarios.

Por otra parte, muchos antisemitas – la mayoría, quizá – pertenecen a la pequeña burguesía urbana; son funcionarios, empleados, pequeños comerciantes que nada poseen.

Pero es justamente irguiéndose contra el judío como adquieren de súbito conciencia de ser propietarios: al representarse al israelita como ladrón, se colocan en la envidiable posición de las personas que podrían ser robadas; puesto que el judío quiere sustraerles Francia, es que Francia les pertenece.

Por eso han escogido el antisemitismo como un medio de realizar su calidad de poseedores.

¿Tiene el judío más dinero que ellos? Tanto mejor: es que el dinero es judío; podrán despreciarlo como desprecian la inteligencia.

¿Tienen menos bienes que el hidalgüelo perigurdino, que el rico granjero de beauce? No importa: les bastará fomentar en éstos una cólera vengativa contra esos ladrones de Israel; sentirán inmediatamente la presencia del país entero.

Los verdaderos franceses, los buenos franceses son todos iguales, pues cada uno de ellos posee la Francia indivisa.

Por eso yo llamaría gustosamente al antisemitismo el esnobismo del pobre.

Me parece, en efecto, que la mayoría de los ricos utilizan esta pasión en vez de abandonarse a ella: tienen otras cosas que hacer.

Por lo común se propaga en las clases medias, precisamente porque éstas no poseen tierras, ni castillos, ni casas; tan sólo dinero líquido y algunas acciones en el banco.

No fue por azar por lo que la pequeña burguesía alemana de 1925 era antisemita.

Este “proletariado de cuello duro” tenía por principal cuidado distinguirse del proletariado verdadero.

Arruinado por la gran industria, befado por los Junker, todo su amor iba a los Junker y a los grandes industriales.

Se entregó al antisemitismo con el mismo ímpetu que puso en usar ropas burguesas: porque los obreros eran internacionalistas, porque los Junker poseían a Alemania y él quería poseerla también.

El antisemitismo no sólo es la alegría de odiar; procura placeres positivos: al tratar al judío como un ser inferior y pernicioso, afirmo al mismo tiempo que pertenezco a una “elite”, la cual, muy diferente en esto de las modernas “elites” que se fundan en el mérito o en el trabajo, se parece en todo a una aristocracia de nacimiento.

Yo nada tengo que hacer para merecer mi superioridad, y tampoco puedo perderla.

Me ha sido dada una vez por todas: es una cosa No confundamos este privilegio de principio con el valor.

El antisemita no tiene gran deseo de poseer valor.

El valor se busca como la verdad, se descubre difícilmente, hay que merecerlo y, una vez adquirido, está perpetuamente en tela de juicio: un paso en falso, un error, y se desvanece; por eso no tenemos descanso de un extremo a otro de nuestra vida; somos responsables de lo que valemos.

El antisemita huye de la responsabilidad como huye de su propia conciencia y, escogiendo para su persona la permanencia mineral, ha escogido para su moral una escala de valores petrificados.

Haga lo que haga, permanecerá en el pináculo de la escala; haga lo que haga el judío, no subirá nunca del primer peldaño.

Empezamos a entrever el sentido de la elección que el antisemita hace por sí mismo: escoge lo irremediable por temor a la soledad, la mediocridad por temor a la soledad, y de esta mediocridad irremediable hace una aristocracia rígida, por orgullo.

Para estas diversas operaciones la existencia del judío le es absolutamente necesaria: ¿a quién, sin ella, sería superior? Más aún: frente al judío y sólo frente al judío el antisemita se realiza como sujeto de derecho.

Si por milagro, y conforme a su deseo, todos los judíos fueran exterminados, se encontraría siendo portero o tendero de una sociedad muy jerarquizada donde la cualidad de “verdadero francés” estaría a vil precio puesto que todo el mundo la poseería; perdería el sentimiento de sus derechos sobre su país, puesto que ya nadie habría de discutírselos y desaparecería de golpe esa igualdad profunda que lo aproxima al noble y al rico, puesto que era sobre todo negativa.

Sus fracasos, que atribuye a la competencia desleal de los judíos, tendría que imputarlos urgentemente a otra causa, o interrogarse a si mismo, corriendo el peligro de caer en la acritud, en un odio melancólico a las clases privilegiadas.

Por eso el antisemita tiene la desgracia de necesitar vitalmente del enemigo que quiere extirpar de la nación.”

(Fuente para este capítulo: Fragmento de “La Cuestión Judía” de Jean Paul Sartre)

Continuará: “Piedad”

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Anna Donner Rybak nace en Montevideo el 21 de setiembre de 1966. Es analista en sistemas, escritora y artista plástica. Escribe diversos géneros: Cuentos históricos, cuentos de humor, Columnas de actualidad, Ensayos, Poesía y Fantástico. En 2007 participa como integrante del coro ACIZ CANTAMOS en el encuentro Interamericano de Coros en la Ciudad de Buenos Aires, abriendo la presentación leyendo un cuento de su autoría: Intermitencias de la Muerte. En 2009 lee Retazos Blancos, Negros y Sepia