La agricultura es la profesión propia del sabio, la más adecuada al sencillo y la ocupación más digna para todo hombre libre.

Si tienes una biblioteca y un huerto, lo tienes todo y no necesitas nada más para ser feliz.

De la sabiduría de Cicerón, caballero Kadan, para hacer frente al desafío de la nueva misión, de esta nuestra, la rosa, el alma de la Caballería Andante.

Pocos lugares de este mundo son más peligrosos que el hogar.No tengas miedo, entonces de aventurarte en los pasos de las montañas. Matarán las preocupaciones, te salvarán de la apatía moral, te liberarán y despertarán todas tus facultades para emprender una acción vigorosa y entusiasta. Incluso los enfermos deberían probar estos pasos denominados peligrosos, porque por cada desafortunado al que matan, curan a un millar.

John Muir.

***

A Raúl Pérez de Bodegas Álvaro, en Madrid, prudente, generoso y observador, con sumo agradecimiento.

***

CAPÍTULO III.

De cuando la Nueva Caballería andante recuperó la Virgen de Brunete y otras reliquias.

Así, tras la curación de las heridas, el cura les sugirió que se afeitaran las barbas y se cortaran un poco el pelo.

Don Antonio de la Serena, entrando en razón, expuso en la casa del cura: es, amigo Kadan, un acto heroico para caballeros como nosotros, acicalarnos y ataviarnos un poco, según las costumbres oportunas para cada problema y situación.

-No me gusta cortarme el pelo, don Antonio, dijo “el de Brunete”, en tono un poco airoso, y envuelto en cólera porque decía, que había leído en un libro de la antigua caballería andante, que un caballero que quisiera ser experto en el arte de las curaciones no debía cortarse el pelo ni la barba, y que se disgustaría su amada mucho y hasta podría perderla por tal acto.

Pasó un tiempo prudencial, hasta que el extremeño, con mucha audacia, convenció al caballero de tal noble acto. El cura les acompañó hasta el barbero, y allí, don Mauricio, un hombre moderno y un poco o demasiado hablador, empezó a acicalar a los dos caballeros, astuto como un zorro, el extremeño y su compañero, fueron acorralando poco a poco al barbero, a base de preguntas, y otras legítimas argucias, para sonsacar al peluquero, quienes eran los autores de los robos en el pueblo. Así, éste, sintiéndose protagonista de la vida y obra de la caballería andante, por su propia divinidad, e ilustrísima sintonía con tales caballeros, que él de antaño siempre lo fue, caballero andante, de los de real membresía por obra y santo de su propia inteligencia, pero que no pudo recoger su membresía, por atender otros asuntos tan bien de mucha importancia, ser miembro noble y real de la caballería andante le fue propuesto, e incluso dirigirla por obra y arte de su ilustrísima condición, que muchos otros se lo habían insinuado, pero que había rechazado tal encargo, ésta fue su primera y única presentación en la investigación de los dos caballeros andantes.

Así, con esta trama y esta trampa, que se hizo el mismo barbero por su soberbia, continuó su acalorado discurso, tras pincharle un poco el de Quintana de la Serena.

-Es usted un hombre ilustrísimo, y se ve que en el fondo a dirigido usted caballerías andantes enteras, y mucho más. Se le ve a usted que tiene algo de especial, y yo ya hablaré de usted para que le den algún cargo aún más ilustre que el de rey.

No sabía el barbero que de cargos en la caballería andante, nada, que lo que haría el Maestre sería volver a repetir la sabiduría de don Quijote; Todo lo saben los barberos.

-Bueno, don Antonio, ya sabe usted, entre algunos nos entendemos, pero sí, siempre tuve relación con la caballería andante, y por esto mismo les diré algo que sé, pero por favor, no se lo digan a nadie.

Todo esto empezó a contarlo el barbero delante de todos, entre el escándalo y el sincretismo más importante del mundo.

“Pos ayer, queridos caballeros, menuda juerga se cogieron los del robo de la iglesia, estaba un muchacho rezando, cuando entraron dos malvados, todo vestido de negro, dicen que son de Alicante, que se hospedan en el hostal del pueblo, que son gentes muy feas, de espada peligrosa y que quieren vender lo que han robado en Portugal.

Le interrumpió el extremeño preguntándole; dijeron donde escondían lo que robaban.

-Yo así creo, por mi condición de gran caballero, que dijeron que, en el sótano del hostal, que tienen untado al encargao y a to el mundo.

To esto lo sé por mi condición de caballero andante, y porque sé muchas cosas del mundo y de toa la caballería.

Así el barbero, delante de todos sacó su verdadera jerga en justicia, en real entidad e identidad de quien financia ideas con el lenguaje llano, popular y retocado en dialecto de quienes escuchan todos los rumores.

Terminaron estos el acicalamiento, cuando decidieron tenderles la trampa de su vida a los malhechores, pongan ahora mismo la mayor reliquia de la iglesia, le dijeron al cura, a la vista de todos, queremos que se corra la voz, que entren amigos y enemigos, pero que no haya aquí nadie en la vigilancia, mi compañero y yo nos esconderemos aquí y cuando entren…

Así de nervioso y perdido interrumpió el cura al extremeño.

¡Ay, virgencita, madre mía!, tal cosa me conmueve y me da muchos miedos don Antonio, si nos quitan la virgen de la Asunción, con el vestido de bonito, se nos cae Brunete, mire usted que esta Iglesia ya tuvo que ser reconstruida, y que aquí, piedra a piedra, nos volvimos a levantar, y ahora las bombas nos caen por dentro, tenemos una gran pena y esto sin contar con la guerra que Brunete conoció.

Miró un momento el de Quintana de la Serena al enamorado de la hebrea, y lo vio arrodillado, rezando al Cristo, por si su enamorada le esperaría hasta terminar la misión de la caballería andante, y que se sentía muy conmovido, porque había estado enfadado con ella, porque no había querido darle un beso de despedida, y que incluso se le pasó por la cabeza irse con otra, y que allí al pie del Cristo, decía en voz alta, que tal misión para la iglesia de Brunete, se la había mandado el Señor para hacer penitencia, y que si no se la aprobaba el cura, no llegaba limpio al nombramiento de armas, y se quedaba sin vida y sin caballería, en un arrebato mirando al cura, le dijo; me tiro ahora mismo a la lumbre, si usted no pone a la virgen para recuperar todas las reliquias, sujétele, le dijo el extremeño al cura, que éste, como Hércules, se tira a la lumbre que hay en el patio, que esto de las mujeres y enamoradas, en la caballería andante es cosa muy seria. Tuvieron que amarrarlo entre el cura, el extremeño, y otros dos parroquianos vecinos del cura, porque comenzó a caminar por la lumbre, tiró su capa, y allí se echaba a dormir y a morir, sino es por la rapidez del Maestre que supo rescatarlo de su propia locura.

El cura, el pobre hombre, desarmado por tanta locura y roto de dolor por ver al chico tan enamorado de la hebrea de Toledo, preparó a la virgen y la expuso tal y como había previsto don Antonio de Quintana de la Serena.

Ya recuperado, el antiguo maestro de escuela, y mientras preparaban a la virgen, fue a visitar a su madre y a reconciliarse con ella. La madre, viendo que ya su primera hazaña como caballero andante, había llegado hasta sus oídos, y que ya eran amados en toda Castilla la Mancha por salvar a una muchacha, decidió por fin animar a su hijo en su nuevo camino, el que él quería, que no es que la docencia no le gustara y allí habría servido desde que terminara sus estudios, en la universidad de Alcalá de Henares, pero que su corazón desde siempre había estado en ser un verdadero caballero andante, y en el amor por hebrea.

La madre, recuperando también un hijo, le regaló una bolsa de piel de toro, y un pañuelo con su nombre bordado, y le dio su más alta bendición, te hemos echado mucho de menos en Brunete, pero por ser fiel a tu corazón, Dios te honre y os colme de bendiciones a los caballeros andantes.

Marchó el caballero Alberto, más contento que unas castañuelas, a casa de cura, cuando éste y el Maestre ya lo tenían todo preparado.

Se escondieron durante dos días en la Iglesia, y cuando, hasta el cura había perdido la paciencia, éstos aguantaros escondidos en la antigua sala, que había quedado de la guerra civil, sin comer y casi sin beber agua, con una paciencia que hubiera derrumbado a cualquiera, hasta que a altar horas de la noche y tras descartar a todos los fieles que habían estado antes, entró primero una mujer, muy morena, muy rellena, bajita y de aspecto brujescos, se quedó junto a la virgen estratégicamente expuesta, mientras decía por lo bajo todo tipo de alegrías para ella misma, y se le abrían los ojos como platos, y se le caía la baba. A los pocos minutos se marchó, cuando entraron dos personajes que jamás querría encontrarme, y que coincidían con la descripción que el barbero había dado de ellos, uno joven y otro mayor, tirándose ventosidades y aclamando; aquí está, ya es para nosotros.

La verdad que daban miedo aquellos horribles hombres con sus garrotas, su pelo canoso y grasiento, sus barbas sucias y su jerga de malhechores.

Cuando sacaron el saco y empezaron a meter a la virgen en él, dio órdenes el Maestre de atacar sin piedad a los enemigos del Señor. No sé de dónde sacaron el valor, para aguantar lo que les dijeron segundos previos, los dos malvados antes de apalearse con ellos; vusotros no metáis, estáis muertos, sus vamos a degollar como cochinos, os maldecimos.

Ya candados de tonterías y palabrerías, sacaron las toledanas, el extremeño y su compañero, y les dieron tal zurra, a la voz de; a golpes con la toledona hasta vuestro hostal, a ellos y a otros compinches que había descrito el barbero, y que ingenuos salieron a ver qué les pasaba a sus con padres, que no solo es que devolvieron todo lo robado, sino que además estuvieron trabajando para el cura nueve meses enteros.

Que este asunto quede en discreción, dijo el de la Serena, el enemigo siempre debe tener una salida honrosa.

El cura, con la mayor alegría que había conocido, presidió la ceremonia en la que el caballero Alberto, quedaba como príncipe de la caballería andante, y jefe de los ejércitos del Maestre, el de Quintana de la Serena.

Qué contenta estaba la madre cuando vio a su hijo todo vestido de blanco.

Así quedó recogida la hazaña, días después, en los periódicos de toda . Caminaban ya los dos Caballeros con la Compostela empezada oficialmente en Brunete.

Atardecía por los caminos de los labradores y de los Caballeros Andantes.

Mañana recibirían los dos Caballeros Andantes una carta, un reto, un despropósito.

 

Don Antonio, de Quintana de la Serena, y Kadan Navarro Yale, son Caballeros Andantes.

ANNO TEMPLI CMII
BRUNETE-MADRID.
Noviembre de 2020-Tishri 5781

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