Así se borró para siempre la presencia hebrea en los tres lugares. Hoy los pocos sobrevivientes de aquellos luctuosos hechos, junto con sus descendientes, padecen los bombardeos rusos y los ataques indiscriminados contra sus casas y propiedades. Putin, un genocida más a anotar a la larga lista, se comporta como Hitler e incluso destruye el patrimonio judío, tal como hizo la nazi hace 77 años.

Hace apenas unos meses paseaba por el cementerio judío de Leópolis (Lwow), un camposanto devastado, abandonado y destruido por el paso de los años, e intentaba comprender el porqué de tanta desidia, de tanta ruina, de tanto abandono. La respuesta es bien sencilla: ya no quedan apenas judíos en Leópolis, y los pocos que quedan son demasiado mayores para acercarse hasta este lugar para recordar a sus muertos. Lápidas destruidas, abandonadas, apiladas por funcionarios fríos e inertes, restos de un naufragio que dejó a miles de vidas en el camino y a todo un pueblo sumido en el anonimato. Aquello de lo que no se conserva un fósil siquiera, ni un resto apenas, pensarían los nazis, no ha existido, y apagando la existencia de millones de judíos, como pasó en aquella convulsa Europa sin que nada ni nadie hiciera nada por evitarlo, se borraba de un solo golpe la historia de siglos de la judería europea.

En Leópolis había en junio de 1941, cuando la ciudad fue ocupada por los alemanes, unos 220.000 judíos, pero muy pronto toda esa población sería asesinada por las tropas ocupantes. Todos los judíos fueron obligados a trasladarse al gueto. Luego serían trasladados a los campos de la muerte. Fue uno de los primeros guetos donde se llevó a cabo la Operación Reinhard, entre marzo y abril de 1942, en que 15.000 judíos fueron enviados al campo de exterminio de Belzec. En junio de 1942, 2000 más fueron deportados a Janowska para trabajo forzado, donde solo 120 realizaron trabajos forzados y el resto fueron fusilados. En agosto de 1942, 50.000 personas fueron deportadas a Belzec, cuyo destino fatal fue el mismo que el del resto de los deportados: la muerte. Cuando los soviéticos entraron en la ciudad, el 26 de julio de 1944, entre 200 y 900 judíos quedaban con vida; el resto, más del 99%, había sido exterminado. Según la comunidad judía local, sobrevivieron apenas 823, para ser más exactos.

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Antiguo cementerio judío de Lwow o Leópolis
(Foto: Wikimedia Commons)

En Odessa, ocupada por los alemanes y sus colaboradores rumanos, entre el 22 y el 24 de octubre de 1941, entre 25.000 y 34.000 judíos fueron llevados fuera de la ciudad y brutalmente asesinados, fusilados o quemados vivos. El resto, otros miles de judíos, encontrarían la muerte más tarde o, simplemente, serían expulsados de la población hacia los campos de la muerte o un destino incierto en aquellos tiempos tan turbulentos. La vida judía, se puede decir sin mácula de duda, desapareció casi para siempre. La ciudad fue después ocupada por los soviéticos y sufrió los bombardeos alemanes, rumanos y también soviéticos durante la guerra; cuando fue liberada, en 1944, apenas quedaban judíos vivos.

Hoy, sobre las ruinas de ese cementerio y de toda la ciudad convertida en objetivo militar de las fuerzas agresoras rusas, caen las bombas, y los estallidos retumban en toda la urbe. La comunidad judía pretende, como entonces, facilitar la huida de los pocos judíos que todavía quedan en Odessa, y todos temen que muy pronto los rusos, en su estrategia final por ocupar Moldavia o la región de Transnistria, ataquen la ciudad y la dejen reducidas a escombros, tal como han visto en las imágenes ya conocidas de otras ciudades ucranianas destruidas para siempre.

La historia de Mariúpol es muy parecida a la de Leópolis y Odessa. Los alemanes tomaron la ciudad en la Segunda Guerra Mundial y, presas de la ideología asesina que les dominaba, comenzaron a ejecutar los planes para el exterminio masivo de todos los judíos que encontraban a su paso. El 20 de octubre de 1941, casi en la misma fecha en que en Odesa se ejecutaba a miles de hebreos, los nazis asesinaron en una acción colectiva al menos 9000 judíos en Mariúpol.

Ahora Mariúpol se ha convertido en un gran cementerio, en un amasijo de ruinas, edificios destruidos, esperanzas marchitas y vidas condenadas al exterminio. Una de ellas, una sobreviviente del Holocausto, terminó sus días en esta urbe fantasmal y dantesca, sepulcral e infernal. La superviviente del Holocausto fallecida en los salvajes bombardeos rusos fue Vanda Semyonovna, de 91 años, cuya familia ya ha huido a Israel. Vanda, que había dado testimonio en varias entrevistas sobre la brutalidad nazi y lo padecido en aquellos años terribles, ahora no podrá relatarnos la tragedia que ha vivido de nuevo esta ciudad mártir. Sus antiguos libertadores de entonces, los rusos, han sido ahora sus verdugos, por obra y gracia de ese genocida llamado Vladimir Putin. Qué tristeza. La historia se repite siempre trágicamente y los humanos, desgraciadamente, no aprendemos nada de la misma.

*Sociólogo, periodista y analista internacional.
Fuente: Aurora.
Versión NMI.